jueves, 25 de septiembre de 2008

JOSUE:

CAPÍTULO 1
No hay mejor guía que Dios.-
Los que están dispuestos a caminar por la senda que Dios les ha señalado, tendrán un consejero cuya sabiduría está muy por encima de cualquier sabiduría humana. Josué fue un sabio general porque Dios lo guiaba. La primera espada que Josué usaba era la espada del Espíritu, la Palabra de Dios. Los hombres que tienen a su cargo grandes responsabilidades, ¿leerán el primer capítulo de Josué? [Se cita Jos 1: 1, 5, 7.]
¿Creéis que se habrían dado todas estas admoniciones a Josué si no hubiese habido ningún peligro de que fuera sojuzgado por influencias engañosas? Debido a que las influencias más poderosas iban a combatir contra sus principios de justicia, el Señor, en su misericordia, lo amonestó para que no se apartara ni a la diestra ni a la siniestra. Debía conducirse con la más estricta integridad. [Se cita Jos. 1: 8, 9.] Si no hubiese habido ningún peligro delante de Josué, Dios no lo habría exhortado vez tras vez a que fuera valiente. Pero en medio de todas sus inquietudes Josué tenía a su Dios para guiarlo.
No hay un mayor engaño que suponer que en cualquier dificultad uno puede encontrar un guía mejor que Dios, un consejero más sabio en cualquier emergencia, una defensa más poderosa en cualquier circunstancia (MS 66, 1898).
7, 8. El secreto del éxito de Josué.-
El Señor tiene una gran obra que debe hacerse en nuestro mundo. El ha dado a cada hombre su obra para que la haga. Pero el hombre no debe hacer del hombre su guía, para que no se descarríe; esto siempre es inseguro. La religión de la Biblia encarna los principios de actividad en el servicio, pero al mismo tiempo existe la necesidad de pedir sabiduría diariamente de la Fuente de toda sabiduría. ¿Cuál fue la victoria de Josué?: "Meditarás en la Palabra de Dios día y noche". El mensaje del Señor vino a Josué precisamente antes de que cruzara el Jordán... [Se cita Jos. 1: 7, 8.] Este fue el secreto de la victoria de Josué: hizo de Dios su guía (Carta 188, 1901).
Los consejeros deben apreciar todo lo que procede de Dios.-
Los que tienen el puesto de consejeros deben ser abnegados, hombres de fe, hombres de oración, hombres que no se arriesguen a depender de su propia sabiduría humana, sino que busquen diligentemente luz e inteligencia en cuanto a la mejor forma de encauzar sus ocupaciones. Josué, el comandante de Israel, escudriñaba diligentemente 988 los libros en que Moisés había consignado con fidelidad las instrucciones dadas por Dios -sus requerimientos, reproches y restricciones-, para no proceder insensatamente. Josué estaba temeroso de confiar en sus propios impulsos o en su propia sabiduría. Consideraba todo lo que provenía de Cristo -quien estaba oculto por la columna de nube de día y la columna de fuego de noche- como de suficiente importancia para ser sagradamente estimado (Carta 14, 1886).
CAPÍTULO 2
10. Los castigos provocaron temor entre las naciones.-

Los terribles castigos de Dios que cayeron sobre los idólatras en las tierras por las cuales pasaron los hijos de Israel, hicieron que cayeran temor y terror sobre toda la gente que vivía en la tierra (MS 27, 1899).
CAPÍTULOS 3, 4
Estudiad Josué 3 y 4.-
Estudiad cuidadosamente las vicisitudes de Israel durante su viaje a Canaán. Estudiad los capítulos tercero y cuarto de Josué que registran la preparación de ellos para cruzar el Jordán, y el cruce de este río rumbo a la tierra prometida. Necesitamos mantener preparados el corazón y la mente, recordando las lecciones que el Señor enseñó a su pueblo de la antigüedad. En esta forma las enseñanzas de la Palabra de Dios siempre serán atrayentes e impresionantes para nosotros, tal como él quiso que fueran para ellos (Carta 292, 1908).
CAPÍTULO 4
24. Dios quería enseñar al mundo mediante su pueblo
.-
Mediante su pueblo Israel, Dios tenía el propósito de dar al mundo un conocimiento de su voluntad. Sus promesas y amenazas, sus instrucciones y reproches, las maravillosas manifestaciones de su poder entre ellos -en bendiciones por la obediencia y castigos por la transgresión y la apostasía-, todo esto tenía el propósito de educar y desarrollar principios religiosos entre el pueblo de Dios hasta el fin del tiempo. Por lo tanto, es importante que nos familiaricemos con la historia de la hueste hebrea y examinemos con cuidado el trato de Dios con ellos.
Las palabras que Dios habló a Israel mediante su Hijo fueron dirigidas también a nosotros en estos últimos días. El mismo Jesús que enseñó a sus discípulos sobre el monte los abarcantes principios de la ley de Dios, instruyó al antiguo Israel desde la columna de nube y el tabernáculo mediante la boca de Moisés y de Josué... La religión de los días de Moisés y de Josué es la misma que la religión de hoy día (ST 26-5-1881).
CAPÍTULO 5
13, 14 (cap. 6: 16, 20). La parte de Israel en la conquista de Jericó.-
Cuando Josué salió por la mañana antes de la toma de Jericó, apareció delante de él un guerrero plenamente equipado para la batalla. Y Josué le preguntó: "¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?", y él contestó: "Como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora". Si Josué hubiera tenido los ojos abiertos como los tenía el siervo de Eliseo en Dotán, y pudiera haber soportado lo que contemplaba, habría visto a los ángeles del Señor acampados en torno a los hijos de Israel, pues el disciplinado ejército del cielo había venido para luchar por el pueblo de Dios y el Capitán de la hueste del Señor estaba allí para dirigir. Cuando cayó Jericó ninguna mano humana tocó los muros de la ciudad, pues los ángeles del Señor derribaron las fortificaciones y entraron en la fortaleza del enemigo. No fue Israel, sino el Capitán de la hueste del Señor el que tomó Jericó. Pero Israel tuvo que realizar su parte para mostrar su fe en el Capitán de su salvación.
Hay batallas que deben pelearse cada día. Prosigue una gran guerra en cada alma entre el príncipe de las tinieblas y el Príncipe de la vida. Hay una gran batalla que reñir: que los habitantes del mundo puedan ser advertidos del gran día del Señor, que se pueda entrar en los baluartes del enemigo, y que todos los que aman al Señor puedan reunirse bajo el estandarte teñido en sangre del Príncipe Emanuel; pero no debéis realizar lo principal de la lucha aquí. Como instrumentos de Dios, debéis rendiros a él para que pueda planear, dirigir y reñir la batalla por vosotros, pero con vuestra cooperación. El Príncipe de la vida está a la cabeza de su obra. El debe estar con vosotros en vuestra batalla diaria con el yo: para que seáis fieles a los principios, para que las pasiones 989 -cuando luchéis por el dominio- puedan ser subyugadas por la gracia de Cristo, para que podáis salir más que vencedores por medio de Aquel que os ha amado. Jesús ya recorrió este camino. Conoce el poder de cada tentación. Sabe exactamente cómo hacer frente a cada emergencia y cómo guiaros a través de cada senda de peligro. Entonces, ¿por qué no confiar en él? ¿Por qué no confiar la custodia de vuestra alma a Dios como a un fiel Creador? (RH 19-7-1892).
CAPÍTULO 6
2-5.
Ver com. de EGW Juec. 7: 7, 16-18.
Muchos hoy día desearían seguir sus propios planes.-
Los que hoy profesan ser el pueblo de Dios, ¿procederían así en circunstancias similares? Sin duda, muchos desearían seguir sus propios planes, sugerirían formas y medios para lograr el fin deseado. Estarían poco dispuestos a someterse a un arreglo tan sencillo que no reflejara gloria sobre ellos, salvo el mérito de la obediencia. También pondrían en duda la posibilidad de conquistar una ciudad poderosa de esa manera. Pero la ley del deber es suprema; debe tener autoridad sobre la razón. La fe es el poder viviente que se abre camino a través de cada barrera, pasa por encima de todo obstáculo y planta su bandera en el corazón del campamento de su enemigo (ST 14-4-1881).
Cuando el hombre elabora teorías, pierde la sencillez de la fe.-
Hay profundos misterios en la Palabra de Dios, hay misterios en sus providencias, y misterios en el plan de salvación que el hombre no puede sondear. Pero la mente limitada -fuerte en su deseo de satisfacer la curiosidad y resolver los problemas del infinito- descuida seguir el sencillo curso indicado por la voluntad revelada de Dios, y trata de enterarse de los secretos ocultos desde la fundación del mundo. El hombre elabora sus teorías, pierde la sencillez de la fe verdadera, se vuelve demasiado arrogante para creer las declaraciones del Señor, y se circunda con sus propias vanaglorias.
Muchos que profesan ser hijos de Dios están en esta situación. Son débiles porque confían en su propia fuerza. Dios obra poderosamente para la gente fiel que obedece su Palabra sin preguntas ni dudas. La Majestad del cielo, con su ejército de ángeles, arrasó los muros de Jericó delante de su pueblo. Los guerreros armados de Israel no tenían por qué gloriarse en sus proezas. Todo se hizo mediante el poder de Dios. Que la gente abandone todo deseo dc exaltación propia, que se someta humildemente a la voluntad divina, y otra vez Dios manifestará su poder y proporcionará libertad y victoria a sus hijos (ST 14-4-1881).
16, 20.
Ver com. de EGW cap. 5: 13, 14.
Medios sencillos glorifican a Dios.-
En la toma de Jericó, el poderoso General trazó los planes de la batalla con tal sencillez como para que ningún ser humano pudiera apropiarse de la gloria. Ninguna mano humana debía derribar los muros de la ciudad para que el hombre no se atribuyera la gloria de la victoria. Así también hoy día ningún ser humano debe tomar para sí la gloria de la obra que realiza. Sólo el Señor ha de ser magnificado. ¡Ojalá que los hombres vieran la necesidad de acudir a Dios en procura de sus órdenes! (RH 16-10-1900).
Posesión después de cuarenta años de demora.-
El Señor dispuso sus ejércitos en torno a la ciudad condenada; ninguna mano humana se levantó contra ella; las huestes del cielo derribaron sus murallas para que sólo el nombre de Dios pudiera recibir la gloria. Era aquella orgullosa ciudad cuyos poderosos baluartes habían infundido terror a los incrédulos espías. Entonces, en la toma de Jericó, Dios declaró a los hebreos que sus padres podrían haber poseído la ciudad cuarenta años antes, si tan sólo hubieran confiado en él (RH 15-3- 1887).
La debilidad de los hombres debe encontrar fortaleza sobrenatural.-
Nuestro Señor está informado del conflicto de los suyos, en estos últimos días, con los instrumentos satánicos combinados con hombres inicuos que descuidan y rehúsan esta gran salvación. Con la mayor sencillez y franqueza, nuestro Salvador, el poderoso General de los ejércitos del cielo, no oculta el severo conflicto que ellos experimentarán. Señala los peligros, nos muestra el plan de la batalla y la difícil y peligrosa obra que debe hacerse; entonces levanta la voz antes de entrar en el conflicto para contar el costo, al mismo tiempo que anima a todos a tomar las armas de su contienda y a esperar que la hueste celestial integre los ejércitos para guerrear en defensa de la verdad y la rectitud. La debilidad de los 990 hombres encontrará fuerza sobrenatural y, ayuda en cada conflicto severo para realizar las obras de la Omnipotencia, y la perseverancia en la fe y la perfecta confianza en Dios asegurarán el éxito. Aunque la antigua confederación del mal está en orden de batalla contra ellos, él les ordena que sean valientes y fuertes y luchen valerosamente, pues tienen un cielo que ganar y más que un ángel en sus filas: el poderoso General de los ejércitos que conduce las huestes del cielo. En la conquista de Jericó ninguno de los ejércitos de Israel pudo jactarse de haber empleado su limitada fuerza para derribar las murallas de la ciudad, ya que el Capitán de las huestes del Señor hizo los planes de esa batalla con la mayor sencillez, de modo que sólo el Señor recibiera la gloria y no se exaltara al hombre. Dios nos ha prometido todo poder, "porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que estáis lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare" (Carta 51, 1895).
20. La obediencia derribará obstáculos.-
Las poderosas barreras que ha levantado el prejuicio se derribarán tan ciertamente como las murallas de Jericó delante de los ejércitos de Israel. Debe haber fe continua y confianza en el Capitán de nuestra salvación. Debemos obedecer sus órdenes. Cayeron las murallas de Jericó como resultado de obedecer órdenes (RH 12-7-1887).
CAPÍTULO 7
7. La duda e incredulidad de Josué.-
Josué manifestó un verdadero celo por el honor de Dios; sin embargo, sus peticiones estaban mezcladas con duda e incredulidad. El pensamiento de que Dios había hecho que su pueblo cruzara el Jordán para entregarlo al poder de los paganos, era pecaminoso e indigno de un caudillo de Israel. Los sentimientos de desaliento y desconfianza que albergaba, Josué eran inexcusables, en vista de los portentosos milagros que Dios había obrado para la liberación de su pueblo y de la reiterada promesa de que estaría con ellos para expulsar a los impíos habitantes de la tierra.
Pero nuestro misericordioso Dios no castigó a su siervo debido a este error. Bondadosamente aceptó la humillación y las oraciones de Josué, y al mismo tiempo suavemente reprochó su incredulidad, y luego le reveló la causa de la derrota de ellos (ST 21-4-1881).
11-13 (cap. 22: 15-34). Dios abomina la idolatría.-
Aquí expresó el Señor su abominación de la idolatría. Esas naciones paganas se habían apartado del culto del Dios viviente y rendían homenaje a los demonios. Santuarios y templos, bellas estatuas y costosos monumentos, todos, las más ingeniosas y costosas obras de arte, habían mantenido los pensamientos y afectos en la más completa esclavitud a los engaños satánicos.
El corazón humano está inclinado naturalmente hacia la idolatría y la exaltación propia. Los costosos y bellos monumentos del culto pagano halagaban la fantasía y cautivaban los sentidos, y seducirían a los israelitas apartándolos del servicio de Dios. Para eliminar esta tentación de su pueblo, el Señor les ordenó que destruyeran esas reliquias de la idolatría, bajo la pena de ser ellos mismos aborrecidos y maldecidos por Dios (ST 21-41881).
16-26. El pecado debe descubrirse y reprobarse.-
La historia de Acán enseña la solemne lección de que por el pecado de un hombre el desagrado de Dios descansará sobre un pueblo o una nación, hasta que la transgresión se descubra y se castigue. El pecado es corrupto por naturaleza. Un hombre infectado con su mortífera lepra puede comunicar la corrupción a miles. Los que ocupan puestos de responsabilidad como guardianes del pueblo serán desleales a su cometido si fielmente no descubren y reprueban el pecado. Muchos no se atreven a condenar la iniquidad para no sacrificar un puesto o la popularidad. Y algunos consideran que es falta de caridad reprochar el pecado. El siervo de Dios nunca debe permitir que su propio espíritu se mezcle con el reproche que se le exige que dé, pero está bajo la más solemne obligación de presentar la Palabra de Dios sin temor ni favoritismo. Debe llamar al pecado por su verdadero nombre. Los que por su descuido o indiferencia permiten que sea deshonrado el nombre de Dios por su pueblo profeso, son contados con los transgresores, registrados en el libro del cielo como participantes de los malos actos de ellos...
El amor de Dios nunca inducirá a alguien a dar poca importancia al pecado; nunca cubrirá o excusará un error inconfeso. Acán aprendió demasiado tarde que la ley de Dios, 991 como su Autor, es inmutable. Tiene que ver con todos nuestros actos, pensamientos y sentimientos. Nos sigue y llega hasta cada motivo secreto de acción. Por la complacencia en el pecado los hombres son inducidos a considerar livianamente la ley de Dios. Muchos ocultan sus transgresiones del prójimo y se lisonjean a sí mismos suponiendo que Dios no será estricto en señalar la iniquidad. Pero su ley es la gran norma de justicia y cada acto de la vida deberá compararse con ella en aquel día cuando Dios traiga a juicio toda obra con cada cosa secreta, ya sea buena o mala. La pureza de corazón inducirá a la pureza de la vida. Son vanas todas las excusas por el pecado. ¿Quién puede defender al pecador cuando Dios testifica contra él? (ST 21-4-1881).
20, 21. No tiene valor la confesión sin arrepentimiento.-
Hay muchos profesos cristianos cuyas confesiones del pecado son similares a la de Acán. Reconocen su indignidad en forma general, pero rehúsan confesar los pecados cuya culpabilidad descansa sobre su conciencia, y que han provocado el enojo de Dios sobre su pueblo. Muchos ocultan así pecados de egoísmo, engaño, falta de honradez para con Dios y su prójimo, pecados en la familia y muchos otros que es adecuado confesar en público.
El genuino arrepentimiento proviene del reconocirdiento del carácter ofensivo del pecado. Esas confesiones generales no son el fruto de una verdadera humillación del alma delante de Dios. Dejan al pecador con un espíritu de complacencia propia que los hace proseguir como antes, hasta que su conciencia se endurece y las advertencias que una vez lo sacudieron apenas producen un sentimiento de peligro, y después de un tiempo su conducta pecaminosa parece correcta. Descubrirá sus pecados demasiado tarde, en aquel día cuando no puedan ser expiados con sacrificio ni ofrenda. Hay una gran diferencia entre admitir los hechos después de que se prueban, y confesar pecados que sólo son conocidos por Dios y nosotros mismos (ST 5-5-1881).
Acán no sintió aflicción de ánimo.-
Lo que Acán estimó como cosa muy pequeña fue la causa de gran angustia y pesar para los hombres responsables de Israel, y éste es siempre el caso cuando es evidente que el Señor está airado con su pueblo. Los hombres sobre los cuales reposa la responsabilidad de la obra son los que sienten más vivamente el peso de los pecados de la gente, y quienes oran con agonía del alma debido al reproche del Señor. Acán, la parte culpable, no sintió la aflicción. Tomó todo muy fríamente. No encontramos nada en el relato que indique que se sintió perturbado. No hay evidencia de que sintiera remordimiento o razonara de causa a efecto, diciendo: "Es mi pecado lo que ha traído el disgusto del Señor sobre el pueblo". No preguntó: "¿Será por mi robo de ese lingote de oro y del manto babilónico que hemos sido derrotados en la batalla?" No pensaba reparar su falta mediante la confesión del pecado y la humillación del alma (Carta 13, 1893).
El método de Dios vindicado.-
La confesión de Acán, aunque demasiado tardía como para proporcionarle la salvación, vindicó el carácter de Dios en su forma de proceder con él, y cerró la puerta a la tentación, que con tanta frecuencia acosaba a los hijos de Israel, de achacar a los siervos de Dios la obra que Dios mismo había ordenado que se hiciera (Carta 13, 1893).
21. Crecimiento de la codicia de Acán.-
Acán había fomentado la codicia y el engaño en el corazón, hasta que su percepción del pecado había llegado a embotarse y cayó como fácil presa de la tentación. Los que se aventuran a condescender con un pecado conocido serán más fácilmente vencidos la segunda vez. La primera transgresión abre la puerta al tentador, y él gradualmente derriba toda resistencia y toma posesión plena de la ciudadela del alma. Acán había escuchado las amonestaciones, frecuentemente repetidas, contra el pecado de la codicia. La ley de Dios, enfática y positiva, prohibía el robo y todo engaño, pero él continuó abrigando el pecado. Al no ser descubierto y reprochado públicamente, se hizo más osado; las advertencias tuvieron menos y menos efecto sobre él, hasta que su alma quedó atada con cadenas de oscuridad (ST 21-4-1881).
A cambio de su alma.-
Por un manto babilónico y un vil tesoro de oro y plata, Acán consintió en venderse al mal, en traer sobre su alma la maldición de Dios, en renunciar a su título a una rica posesión en Canaán, y perder toda perspectiva de la futura herencia inmortal en la tierra renovada. ¡Ciertamente pagó un precio terrible por su ganancia mal habida! (ST 5-5-1881).
Dios demanda vidas limpias.-
Hay muchos en estos días que conceptuarían el pecado de Acán como de poca importancia, y excusarían su culpabilidad; pero esto se debe a que no comprenden el carácter del pecado y sus consecuencias, no entienden la santidad de Dios y sus requerimientos. Con frecuencia se oye la afirmación de que Dios no es exigente, ya sea que obedezcamos diligentemente su Palabra o no, ya sea que obedezcamos todos los mandamientos de su santa ley o no; pero el registro de la forma en que trató a Acán debiera ser una advertencia para nosotros. En ninguna manera justificará al culpable...
La controversia en favor de la verdad tendrá poco éxito cuando hay pecado en los que la defienden. Hombres y mujeres pueden ser bien versados en el conocimiento de la Biblia, pueden estar tan bien familiarizados con las Escrituras como lo estuvieron los israelitas con el arca, y sin embargo, si sus corazones no son rectos delante de Dios, no lograrán éxito en sus esfuerzos. Dios no estará con ellos. No tienen un concepto elevado de las obligaciones de la ley del cielo ni comprenden el carácter sagrado de la verdad que enseñan. La admonición es: "Purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová".
No es suficiente argüir en defensa de la verdad. La evidencia más eficaz de su valor se ve en una vida piadosa; sin esto las afirmaciones más concluyentes carecerán de peso y de poder persuasivo, pues nuestra fortaleza radica en estar relacionados con Dios por su Espíritu Santo, y la transgresión nos separa de esta sagrada proximidad a la Fuente de poder y sabiduría (RH 20-3-1888).
24-26. El resultado de la influencia de los padres.-
¿Habéis considerado porqué todos los que estuvieron unidos con Acán también fueron objeto del castigo de Dios? Fue porque no habían sido preparados y educados de acuerdo con las instrucciones dadas a ellos en la gran norma de la ley de Dios. Los padres de Acán habían educado a su hijo de tal manera que se sentía libre de desobedecer la Palabra del Señor; los principios inculcados en su vida lo llevaron a tratar a sus hilios de tal manera que también se corrompieron. La mente actúa, y a su vez influye sobre otra mente; y el castigo que incluyó a los que estaban relacionados con Acán revela que todos estaban implicados en la transgresión (MS 67, 1894).
CAPÍTULO 17
13 (cap. 23: 13). Detenerse a la mitad del camino estorba el plan de Dios.-
El Señor les aseguró que debían expulsar de la tierra a los que eran una trampa para ellos, los que serían espinas en sus costados. Este era el mensaje del Señor, y su plan era que, bajo su tutela, su pueblo tuviera un territorio más grande y cada vez más grande. Dondequiera que edificaran casas y cultivaran la tierra, deberían establecer empresas de comercio para que ellos no tuvieran que pedir prestado de sus vecinos, sino sus vecinos de ellos. Debían aumentar sus posesiones y convertirse en un pueblo grande y poderoso. Pero se detuvieron a la mitad del camino. Tuvieron en cuenta su propia conveniencia, y no se hizo la obra única que Dios podría haber hecho para ellos al colocarlos donde se enseñase el conocimiento de Dios y se desterrasen las prácticas abominables de los paganos del país.
Con todas sus ventajas, oportunidades y privilegios, la nación judía fracasó en cumplir los planes de Dios. Dio poco fruto, y cada vez menos, hasta que el Señor usó la higuera estéril y su maldición sobre ella para representar la condición de la nación que una vez había sido escogida. La obra que hacemos debe llevarse a cabo teniendo en cuenta las partes de la viña del Señor que no han sido trabajadas. Pero hoy día sólo se gastan recursos y se proporcionan facilidades en unos pocos lugares. El Señor desea que los recursos y las facilidades se distribuyan más equitativamente. Quiere que se tomen en cuenta muchos lugares donde ahora no se trabaja (MS 126,1899).
CAPÍTULO 18
1. Un testimonio dado por medio del culto.-
En la tierra de Canaán, el pueblo de Dios debía tener un lugar general para sus convocaciones donde, tres veces cada año, todos pudieran reunirse para adorar a Dios. Recibirían las bendiciones divinas en proporción a su obediencia a Dios. El Señor no aniquiló a las naciones idólatras; les dio la oportunidad de llegar a familiarizarse con él por medio de su iglesia. La experiencia de su pueblo durante los cuarenta años de su peregrinación por el desierto debía ser tema de estudio para esas naciones. Las leyes de Dios y de su reino debían extenderse por todo el 993 territorio, y su pueblo debía ser conocido como el pueblo del Dios viviente.
El servicio religioso de ellos era imponente, y testificaba de la verdad de un Dios vivo. Sus sacrificios apuntaban hacia el Salvador venidero que tomaría los reinos de toda la tierra y los poseería para siempre. Se había dado evidencia de su poder para hacer esto, pues como Caudillo invisible de ellos ¿no había acaso sometido a sus enemigos y abierto un camino para su iglesia en el desierto? Su pueblo nunca conocería la derrota si habitaba bajo la sombra del Omnipotente, pues Uno más poderoso que los ángeles lucharía a su lado en cada batalla (MS 134, 1899).
CAPÍTULO 20
3-6. La posición no impedía el castigo.-
No importa cuán distinguida pudiera ser su posición, él [el homicida] debía sufrir el castigo de su crimen. La seguridad y la pureza de la nación demandaban que se castigara severamente el pecado de asesinato. La vida humana, que sólo Dios puede dar, debía protegerse como algo sagrado.
La sangre de la víctima, a semejanza de la sangre de Abel, clamará a Dios venganza sobre el asesino y sobre todos los que lo escudan del castigo de su crimen. Quienquiera que sea -un individuo o una ciudad- que excuse el crimen de un asesino convicto, participa de su pecado, y ciertamente sufrirá la ira de Dios. El Señor quería impresionar en su pueblo la terrible culpabilidad del asesinato, pero al mismo tiempo hizo la más cabal y misericordiosa disposición para la absolución del inocente (ST 20-1-1881).
CAPÍTULO 22
15-34 (cap. 7: 11-13). Necesidad de precaverse contra el relajamiento o la aspereza al tratar con el pecado.-

Todos los cristianos deben proceder con cuidado para evitar los dos extremos: por un lado, la falta de firmeza al tratar con el pecado, y por otra parte, el juicio duro y la sospecha infundada. Los israelitas que manifestaron tanto celo contra los hombres de Gad y de Rubén, recordaban cómo, en el caso de Acán, Dios había reprochado la falta de vigilancia para descubrir los pecados que existían entre ellos. Entonces resolvieron actuar pronta y fervientemente en el futuro; pero al procurar hacer esto fueron al extremo opuesto. En lugar de hacer frente a sus hermanos con censura, primero debieran haber hecho una minuciosa investigación para conocer todos los hechos del caso.
Todavía hay muchos que son llamados a sufrir una falsa acusación. A semejanza de los hombres de Israel, pueden permitirse estar tranquilos y ser considerados, puesto que están en lo correcto. Debieran recordar con gratitud que Dios conoce bien todo lo que es mal comprendido y mal interpretado por los hombres, y que pueden dejar con seguridad todo en las manos de él. Seguramente Dios vindicará la causa de los que depositan su confianza en él, así como puso de manifiesto la culpabilidad oculta de Acán.
Cuánto mal se evitaría si todos, cuando se los acusa falsamente, evitaran las recominaciones y en cambio emplearan palabras suaves y conciliadoras. Y al mismo tiempo, los que en su celo por oponerse al pecado han incurrido en injustas sospechas, siempre deberían procurar tomar el punto de vista más favorable para sus hermanos y regocijarse cuando se descubre que éstos son inocentes (ST 12-5-1881).
CAPÍTULO 23
6. Es inexcusable la rebelión contra Dios.-
El plan de Dios para la salvación de los hombres es perfecto en todo sentido. Si realizamos fielmente los deberes que nos han sido asignados, nos irá bien en todo. Lo que causa la discordia y provoca desdicha y ruina es la apostasía del hombre. Dios nunca usa su poder para oprimir a las criaturas que son obra de sus manos; nunca requiere más de lo que puede realizar el hombre; nunca castiga a sus hijos desobedientes más de lo que es necesario para inducirles al arrepentimiento o para disuadir a otros para que no sigan su ejemplo. Es inexcusable la rebelión contra Dios (ST 19-5-1881).
6-8. Peligro de la relación con la incredulidad.-
Estamos en un peligro tan grande de relacionarnos con la incredulidad como lo estuvieron los israelitas en su trato con los idólatras. Las producciones del genio y del talento con demasiada frecuencia ocultan veneno mortal. Bajo una apariencia atrayente se presentan temas y se expresan pensamientos que atraen, interesan y corrompen la mente y el corazón. De este modo, en nuestro país cristiano decae la piedad y triunfan el escepticismo 994 y la impiedad (ST 19-5-1881).
12, 13. El peligro de unirse en casamiento con los incrédulos.-
El Señor no ha cambiado. Su carácter es el mismo hoy día como en los días de Josué. Es fiel, misericordioso, compasivo, leal en el cumplimiento de su Palabra, tanto en promesas como en amenazas. Uno de los mayores peligros que acosan al pueblo de Dios hoy día es la asociación con los impíos, especialmente al unirse en casamiento con los incrédulos. En el caso de muchos, el amor por lo humano eclipsa el amor por lo divino; dan el primer paso en la apostasía al atreverse a desobedecer la orden expresa del Señor, y con demasiada frecuencia el resultado es una apostasía completa. Siempre ha demostrado ser peligroso que los hombres lleven a cabo su propia voluntad en oposición a los requerimientos de Dios; sin embargo, es una lección que es difícil que los hombres aprendan: que Dios cumple lo que dice.
Por regla general, los que eligen como sus amigos y compañeros a personas que rechazan a Cristo y pisotean la ley de Dios finalmente llegan a participar de la misma mente y del mismo espíritu. Debiéramos sentir siempre un profundo interés en la salvación de los impenitentes y se les debiera manifestar un espíritu de bondad y cortesía; pero sólo estaremos seguros eligiendo como nuestros amigos a los que son los amigos de Dios (ST 19-5-1881).
13.
Ver com. de EGW cap. 17: 13.
CAPÍTULO 24
Un llamamiento a la gratitud, la humildad y la separación.-
Cuando Josué se aproximaba a la terminación de su vida, hizo un repaso del pasado por dos razones: para inducir al Israel de Dios a que agradeciera las evidentes manifestaciones de la presencia de Dios en todos sus viajes, y para hacer que humillara su mente al comprender sus injustas murmuraciones y quejas, y su descuido en seguir la voluntad revelada de Dios. Josué prosigue amonestando a los israelitas en una forma solemnísima contra la idolatría que los circundaba. Fueron amonestados para que no tuvieran ninguna relación con los idólatras, para que no se unieran en casamiento con ellos, y que tampoco, en forma alguna, se pusieran en peligro de ser afectados y corrompidos por sus abominaciones. Se les aconsejó que rehuyeran aun la misma apariencia de mal, que no se aventuraran en los linderos del pecado, pues esa era la forma más segura de ser sumergidos en el pecado y la ruina. Les mostró que la desolación sería el resultado de su separación de Dios, y que así como Dios había sido fiel en sus promesas, también lo sería en cumplir sus amenazas (Carta 3, 1879).
14-16. Es locura moral preferir la alabanza de los hombres.-
Cuando un hombre reflexiona cuerdamente, comienza a meditar en su relación con su Hacedor. Es locura moral preferir la alabanza de los hombres al favor de Dios, las recompensas de la iniquidad a los tesoros del cielo, las cáscaras del pecado al alimento espiritual que Dios da a sus hijos. Sin embargo, cuántos que manifiestan inteligencia y sagacidad en las cosas mundanales demuestran un completo descuido por las cosas que atañen a su interés eterno (ST 19-5-1881).
15.
Ver com. de EGW Deut. 30: 15-19, t. I, pág. 1134.
27. Necesitamos recordar las palabras de Dios.-
Josué declara palmariamente que sus instrucciones y amonestaciones para el pueblo no eran sus propias palabras, sino las palabras de Dios. Esta gran piedra se levantaría para testificar y conmemorar ante las generaciones venideras del acontecimiento por el cual fue erigida, y sería un testigo en contra del pueblo si se degeneraba otra vez cayendo en la idolatría...
Si fue necesario que el antiguo pueblo de Dios recordara con frecuencia la forma en que Dios lo trató en misericordia y juicio, en consejo y reproche, es igualmente importante que nosotros contemplemos las verdades que se nos presentan en su Palabra; verdades que, si son obedecidas, nos guiarán a la humildad, a la sumisión y a la obediencia a Dios. Debemos ser santificados por la verdad. La Palabra de Dios presenta verdades especiales para cada época. El trato de Dios con su pueblo del pasado debiera recibir nuestra cuidadosa atención. Ese trato está destinado a enseñarnos lecciones que debiéramos aprender. Pero no hemos de quedar contentos con esto. Dios guía ahora a su pueblo paso tras paso. La verdad es progresiva. El ferviente escudriñador constantemente estará recibiendo luz del cielo. Nuestra pregunta constante debiera ser: "¿Qué es la verdad?" (ST 26-5-1881). 995