viernes, 26 de septiembre de 2008

MATEO:

CAPÍTULO 2
1-2. La atención se enfoca en el nacimiento de Jesús.-
El Señor influyó en los magos para que fueran a buscar a Jesús, y los guió en su camino mediante una estrella. La estrella, dejándolos cerca de Jerusalén, los indujo a que hicieran averiguaciones en Judá, pues pensaron que no era posible que los principales sacerdotes y escribas ignoraran ese gran acontecimiento. La llegada de los magos hizo que toda la nación se enterara del propósito de su viaje, y llamó la atención de los habitantes a los importantes sucesos que estaban aconteciendo (2SP 26).
16-18. La fidelidad habría hecho que la ira fuera inofensiva.-
Dios permitió toda esa terrible calamidad para humillar el orgullo de la nación judía. Sus crímenes e impiedad habían sido tan grandes, que el Señor permitió que el perverso Herodes los castigara. Si hubiesen sido menos jactanciosos y ambiciosos, si sus vidas hubiesen sido puras y su manera de vivir sencilla y sincera, Dios los hubiera librado de que fueran humillados y afligidos en esa forma por sus enemigos. Si hubiesen sido fieles y perfectos delante del Señor, Dios habría hecho, en forma notable, que la ira del rey fuera inofensiva para su pueblo. Pero no podía obrar especialmente en favor de ellos porque detestaba sus acciones (2SP 28).
CAPÍTULO 3
1-3.
Ver EGW com. Luc. 1: 76-77.
7-8 (Luc. 3: 7-9). ¿Quiénes eran víboras?-
Los fariseos eran muy estrictos en cuanto a la observancia externa de las formas y las costumbres, y estaban llenos de justicia propia altiva, mundana e hipócrita. Los saduceos negaban la resurrección de los muertos y la existencia de los ángeles, y eran escépticos en cuanto a Dios. Esta secta estaba formada mayormente por personajes indignos, muchos de los cuales practicaban hábitos licenciosos. Con la palabra "víboras" Juan se refirió a los que eran perversos y hostiles, acérrimos opositores de la clara voluntad de Dios.
Juan exhortaba a esos hombres a que hicieran "frutos dignos de arrepentimiento"; es decir, que mostraran que se habían convertido y que sus caracteres se habían transformado. . . Ni palabras ni simulaciones; los frutos -el abandono de los pecados y la obediencia a los mandamientos de Dios- son los que demuestran la realidad de un genuino arrepentimiento y una verdadera conversión (MS 112, 1901).
13-17 (Mar. 1: 9-11; Luc. 3: 21-22; Juan 1: 32-33). Ángeles y una paloma áurea.-
Jesús fue nuestro ejemplo en todas las cosas que atañen a la vida y a la piedad. Fue bautizado en el Jordán, así como deben ser bautizados los que van a él. Los ángeles celestiales contemplaban con intenso interés la escena del bautismo del Salvador, y si los ojos de los espectadores hubieran podido ser abiertos, habrían visto a la hueste celestial que rodeaba al Hijo de Dios cuando se inclinó en la orilla del Jordán. El Señor había prometido darle a Juan una señal para que pudiera saber quién era el Mesías, y en ese momento, cuando Jesús salió del agua, fue dada la señal prometida; pues vio los cielos abiertos y al Espíritu de Dios -como una paloma de oro bruñido- que se cernía sobre la cabeza de Cristo, y vino una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (YI 23-6-1892).
(Rom. 8: 26; Heb. 4: 16.) Los cielos se abren ante las peticiones.-
[Sé cita Mat. 3:13-17.] ¿Qué significa esta escena para nosotros? ¡Cuán irreflexivamente hemos leído el relato del bautismo de nuestro Señor, sin comprender que su significado era de la máxima importancia para nosotros, y que Cristo fue aceptado por el Padre en lugar del hombre! Cuando Jesús se inclinó en la orilla del Jordán y elevó su petición, la humanidad fue presentada ante el Padre por Aquel que había revestido su divinidad con humanidad. Jesús se ofreció a sí mismo al Padre en lugar del hombre, para que los que se habían separado de Dios debido al pecado, pudieran regresar a Dios por los méritos del Suplicante divino. La tierra había estado separada del cielo por causa del pecado, pero Cristo rodea a la raza caída con su brazo humano, y con su brazo divino se aferra del trono del Infinito, y la tierra disfruta del favor del cielo y el hombre queda en comunión con su Dios. La oración de Cristo en favor de la humanidad perdida se abrió camino a través de todas las sombras que Satanás había proyectado entre el hombre y Dios, y dejó un claro canal de comunicaciones hasta el mismo trono de la gloria. Las puertas fueron dejadas entreabiertas, los cielos fueron abiertos y el Espíritu de Dios -en forma de una paloma- circundó la cabeza de Cristo y se oyó la voz de Dios que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia".
Se oyó la voz de Dios en respuesta a la petición de Cristo, lo cual le asegura al pecador que su oración hallará cabida en el trono del Padre. Se les dará el Espíritu Santo a los que buscan su poder y su gracia, y él nos ayudará en nuestras debilidades cuando tengamos una audiencia con Dios. El cielo está abierto para nuestras peticiones, y se nos invita a ir "confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro". Debemos ir con fe, creyendo que obtendremos las mismas cosas que pedimos a Dios (ST 18-4-1892).
El sonido de un toque de difuntos.-
Cuando Cristo se presentó a Juan para el bautismo, Satanás estaba entre los que presenciaron ese acontecimiento. Vio el relámpago que salía de los cielos sin nubes. Oyó la majestuosa voz de Jehová que resonaba por el cielo, y retumbaba por la tierra como el estrépito del trueno, anunciando: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". Vio el brillo de la gloria del Padre que se proyectaba sobre la figura de Jesús, destacando con seguridad inconfundible entre la multitud a Aquel a quien reconocía como a su Hijo. Las circunstancias que rodearon esa escena bautismal fueron del máximo interés para Satanás. Entonces se dio cuenta con seguridad que, a menos que pudiera vencer a Cristo, de allí en adelante habría un límite para su poder. Comprendió que ese mensaje del trono de Dios significaba que el hombre podía llegar más directamente al cielo que antes, y en su pecho se despertó un odio intensísimo.
Cuando Satanás indujo al hombre a pecar, esperaba que el odio que Dios tiene por el pecado lo separaría para siempre del hombre y rompería el vínculo que une el cielo y la tierra. Cuando de los cielos abiertos oyó la voz de Dios que se dirigía a su Hijo, para él fue como el sonido de un toque de difuntos. Esto le dijo que ahora Dios estaba por unir consigo al hombre más estrechamente, y que le daría fortaleza moral para vencer la tentación y para escapar de las redes de las trampas satánicas. Satanás sabía muy bien la posición que Cristo había ocupado en el cielo como el Hijo de Dios, el Amado del Padre; y el hecho de que Cristo hubiera dejado el gozo y la honra del cielo para venir a este mundo como hombre, lo llenaba de temor. Sabía que esta condescendencia de parte del Hijo de Dios no presagiaba ningún bien para él. . .
Había llegado ahora el tiempo cuando el dominio sobre el mundo le sería disputado a Satanás, y su derecho impugnado, y temió que su poder fuera quebrantado. Sabía por las profecías que había sido anunciado un Salvador cuyo reino no se establecería con un triunfo terrenal y con honores mundanos y ostentación. Sabía que las profecías predecían un reino que sería establecido por el Príncipe del cielo sobre la tierra que él reclamaba como suya. Ese reino abarcaría a todos los reinos del mundo, y entonces cesarían el poder y la gloria de Satanás, y éste recibiría su merecido por los pecados que había introducido en el mundo y por la desgracia que había traído sobre la raza humana. Sabía que todo lo que atañía a su prosperidad dependía de su éxito o fracaso al procurar vencer a Jesús con sus tentaciones, e hizo que el Salvador soportara todas las artimañas de que disponía para apartarlo de su integridad mediante sus seducciones (ST 4-8-1887).
16-17 (Efe. 1: 6; ver EGW com. Mat. 4: 1-11). Una promesa de amor y luz.-
El Salvador se aferró, en favor nuestro, del poder de la Omnipotencia, y cuando oramos a Dios podemos saber que la oración de Cristo ha ascendido antes, y que Dios la ha oído y la ha contestado. A pesar de nuestros pecados y nuestras debilidades, no somos desechados como indignos. "Nos hizo aceptos en el Amado". La gloria que descansó sobre Cristo es una promesa del amor de Dios para nosotros. Habla del poder de la oración: cómo la voz humana puede llegar al oído de Dios, y cómo nuestras peticiones pueden ser aceptadas en los atrios celestiales. La luz que descendió desde los portales abiertos sobre la cabeza de nuestro Salvador, descenderá sobre nosotros cuando oremos pidiendo ayuda para resistir la tentación. La voz que habló a Jesús dice a cada alma creyente: "Este es mi amado hijo, en quien tengo complacencia" (MS 125, 1902).
Seguridad de aceptación.-
A través de los portales abiertos brillaron refulgentes rayos de gloria procedentes del trono de Jehová, y esa luz brilla aún sobre nosotros. La seguridad que se dio a Cristo es también para cada hijo de Dios arrepentido, creyente y obediente, de que es acepto en el Amado (ST 31-7-1884).
Un camino a través de la oscura sombra.-
La oración de Cristo en la orilla del Jordán incluye a todo el que cree en él. Llega hasta ti la promesa de que eres acepto en el Amado. Dios dijo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". Esto significa que en medio de la tenebrosa sombra que Satanás ha proyectado sobre tu sendero, Cristo ha abierto el camino para ti hasta el trono del Dios infinito. El se ha aferrado del poder omnipotente, y tú eres acepto en el Amado (GCB 4-4-1901).
CAPÍTULO 4
1-2 (Exo. 34: 28; Deut. 9: 9; Luc. 4: 2). El ayuno de Moisés no fue como el de Cristo.-
Cristo pasó cuarenta días sin comer en el desierto de la tentación. Moisés, en ocasiones especiales, había pasado sin alimento ese mismo lapso; pero no sintió la angustia del hambre. No fue tentado y acosado por un vil y poderoso enemigo, como lo fue el Hijo de Dios. Pero fue elevado por encima de lo humano. Fue sostenido especialmente por la gloria de Dios que lo envolvía (ST 11-6-1874).
1-4 (Luc. 4: 1-4). El poder del apetito pervertido.-
Todo se perdió cuando Adán se rindió ante el poder del apetito. El Redentor -en quien se unían tanto lo humano como lo divino- estuvo en el lugar de Adán y soportó un terrible ayuno de casi seis semanas. La duración de ese ayuno es la más poderosa evidencia de los alcances de la pecaminosidad y el poder del apetito depravado sobre la familia humana (RH 4-8-1874).
Una lección para aplicarla a nosotros mismos.-
Cristo fue nuestro ejemplo en todas las cosas. Cuando vemos su humillación en la larga prueba y ayuno del desierto a fin de vencer por nosotros las tentaciones del apetito, debemos aplicar esta lección a nosotros mismos al ser tentados. Si el poder del apetito es tan poderoso sobre la familia humana, y su complacencia es tan terrible que el Hijo de Dios se sometió a sí mismo a una prueba tal, cuán importante es que sintamos la necesidad de tener el apetito bajo el dominio de la razón. Nuestro Salvador ayunó durante casi seis semanas para poder ganar para el hombre la victoria en lo que se refiere al apetito. Los que se llaman cristianos, cuya conciencia es clara y tienen a Cristo delante de ellos como su modelo, ¿cómo pueden rendirse a la complacencia de aquellos apetitos que tienen una influencia debilitante sobre la mente y el corazón? Es un hecho penoso que los hábitos de complacencia propia, a expensas de la salud y del debilitamiento de las facultades morales, mantengan bajo el yugo de la esclavitud, en la actualidad, a una gran parte del mundo cristiano.
Muchos que dicen ser piadosos no investigan la razón del largo período de ayuno y sufrimiento que pasó Cristo en el desierto. Su angustia no dependió tanto de soportar el tormento del hambre como de comprender los terribles resultados de la complacencia del apetito y de la pasión sobre la raza humana. Sabía que el apetito sería el ídolo del hombre y lo induciría a olvidarse de Dios, y que se interpondría directamente en el camino de su salvación (RH 1-9-1874).
Satanás ataca en el momento de mayor debilidad.-
Cristo ayunó mientras estaba en el desierto, pero era indiferente al hambre. Cristo, en constante oración ante su Padre, a fin de prepararse para resistir al adversario, no sintió las angustias del hambre. Pasó el tiempo en ferviente oración, apartado con Dios. Era como si hubiera estado en la presencia de su Padre. Buscaba fortaleza para hacer frente al enemigo, para la seguridad de que recibiría gracia para llevar a cabo todo lo que había emprendido en favor de la humanidad. El pensamiento de la contienda que estaba ante él hizo que se olvidara de todo lo demás, y su alma fue alimentada con el pan de vida, así como serán alimentadas hoy aquellas almas tentadas que van a Dios en busca de ayuda. Comió de la verdad que debía dar al pueblo, como algo que tiene poder para liberarlos de las tentaciones de Satanás. Vio el quebrantamiento del poder de Satanás sobre los caídos y tentados. Se vio a sí mismo curando a los enfermos, consolando a los desesperanzados, reanimando a los abatidos y predicando el Evangelio a los pobres: haciendo la obra que Dios había diseñado para él; y no sintió ningún apremio del hambre hasta que terminaron los cuarenta días de su ayuno.
La visión se terminó, y entonces con anhelo vehemente la naturaleza humana de Cristo pidió alimento. Esa era la oportunidad de Satanás para atacar. Y resolvió aparecerse como uno de los ángeles de luz que se habían aparecido a Cristo en su visión (Carta 159, 1903).
No disminuyó la prueba.-
Cristo sabía que su Padre le daría alimento cuando le placie1ra hacerlo. En esa angustiosa prueba, cuando el hambre lo apremiaba sobremanera, no permitió que el prematuro ejercicio de su poder divino disminuyera en lo más mínimo la prueba que le había sido asignada.
Los seres humanos caídos no podrían, al ser puestos en aprietos, disponer del poder de obrar milagros en su propio beneficio para salvarse del dolor o de la angustia, o para alcanzar victoria sobre sus enemigos. El propósito de Dios era poner a prueba a la raza humana y darle una oportunidad de desarrollar el carácter al encontrarse frecuentemente en situaciones aflictivas que probaran su fe y confianza en el amor y en el poder de Dios. La vida de Cristo fue un modelo perfecto. Enseñaba siempre a los hombres, por precepto y ejemplo, que dependen de Dios, y que su fe y firme confianza debieran estar en Dios (RH 18-8-1874).
1-11 (Mar. 1: 12-13; Luc. 4: 1-13; ver EGW com. Juan 2: 1-2). Se congregan todas las energías de la apostasía.-
Se determinó en los concilios de Satanás que él [Cristo] debía ser vencido. Ningún ser humano había venido a este mundo y había escapado del poder del engañador. Todas las fuerzas de la confederación del mal siguieron a Cristo para combatir contra él y prevalecer si era posible. La más terrible y continua enemistad surgió entre la simiente de la mujer y la serpiente. La serpiente misma convirtió a Cristo en el blanco de todas las armas del infierno. . .
La vida de Cristo fue una lucha perpetua contra los instrumentos satánicos. Satanás congregó a todas las fuerzas de la apostasía contra el Hijo de Dios. El conflicto aumentó en fiereza y perversidad cuando, vez tras vez, la presa fue arrebatada de sus manos. Satanás atacó a Cristo con toda forma concebible de tentaciones (RH 29-10-1895).
Ningún fracaso ni aun en un solo punto.-
Cristo pasó de esta escena de gloria [su bautismo] a la escena de la tentación máxima. Fue al desierto, y allí lo encontró Satanás; y éste lo tentó en los mismos puntos en que el hombre será tentado. Nuestro Sustituto y Garante pasó por el terreno donde Adán tropezó y cayó. La pregunta era: ¿Tropezará en los mandamientos de Dios y caerá como sucedió en el caso de Adán? Vez tras vez hizo frente al ataque de Satanás con un "escrito está", y Satanás se retiró del campo de batalla derrotado. Cristo redimió la desdichada caída de Adán, y ha perfeccionado un carácter de completa obediencia, y ha dejado un ejemplo a la familia humana para que se imite el Modelo. Si hubiera fracasado en un punto, en lo que se refiere a la ley de Dios, no habría sido una ofrenda perfecta pues Adán sólo falló en un punto (RH 10-6-1890).
Satanás mintió a Cristo.-
Satanás le dijo a Cristo que sólo debía poner los pies en la senda teñida de sangre, pero no tenía que recorrerla. Fue probado como Abrahán para que mostrara su perfecta obediencia. También declaró que él era el ángel que había detenido la mano de Abrahán cuando levantó el cuchillo para matar a Isaac, y que ahora había venido para salvarle la vida; pero no era necesario que soportara la penosa hambre y la muerte por inanición; que él le ayudaría a llevar una parte de la obra en el plan de salvación (RH 4-8-1874).
(Cap. 3: 16-17; Mar. 1: 10-11; Luc. 3: 21-22.) Preciosas señales de aprobación.-
Cristo no vino para prestar atención a los oprobiosos sarcasmos de Satanás. No fue inducido a darle pruebas de su poder. Mansamente soportó sus afrentas sin vengarse. Las palabras pronunciadas desde el cielo durante su bautismo fueron muy preciosas; le demostraron que su Padre aprobaba los pasos que daba en el plan de salvación como sustituto y garantía del hombre. La apertura de los cielos y el descenso de la paloma celestial fueron manifestaciones de que su Padre uniría su poder en el cielo con el de su Hijo en la tierra para rescatar al hombre del dominio de Satanás, y que Dios aceptaba el esfuerzo de Cristo por unir la tierra con el cielo y al hombre limitado con el Infinito.
Estas señales, recibidas del Padre celestial, fueron indeciblemente preciosas para el Hijo de Dios a través de todos sus crueles sufrimientos y su terrible conflicto con el caudillo rebelde (RH 18-8- 1874).
(Gén. 3: 1-6.) Satanás impotente para hipnotizar a Cristo.-
Satanás tentó al primer Adán en el Edén, y Adán argumentó con el enemigo, dándole así una ventaja. Satanás ejerció su poder hipnótico sobre Adán y Eva, y se esforzó por ejercer ese poder sobre Cristo. Pero después de que fueron citadas las palabras de las Escrituras, Satanás supo que no tendría la oportunidad de triunfar (Carta 159, 1903).
(Rom. 5: 12-19; 1 Cor. 15: 22, 45; 2 Cor. 5: 21; Heb. 2: 14-18; 4: 15.) El contraste entre los dos Adanes.-
Cuando Adán fue atacado por el tentador en el Edén, no tenía la mancha del pecado. Estaba en todo el vigor de su perfección ante Dios. Todos los órganos y facultades de su ser estaban desarrollados por igual y equilibrados armoniosamente.
Cristo ocupó el lugar de Adán en el desierto de la tentación, para soportar la prueba en que éste fracasó. Entonces Cristo venció en lugar del pecador, cuatro mil años después de que Adán dio la espalda a la luz de su hogar. La familia humana, separada de la presencia de Dios, se había apartado más y más, generación tras generación, de la pureza original, de la sabiduría y el conocimiento que Adán poseía en el Edén. Cristo llevó los pecados y las debilidades de la raza humana en la condición en que ésta se encontraba cuando él vino a la tierra para socorrer al hombre. En favor de la raza humana y con las debilidades del hombre caído sobre sí, debía resistir las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los cuales sería atacado el hombre. . . ¡En qué contraste se halla el segundo Adán cuando entra en el sombrío desierto para hacer frente a Satanás sin ayuda alguna! La raza humana había ido disminuyendo en estatura y vigor físico desde la caída, y hundiéndose más y más en la balanza del valor moral, hasta el momento en que Cristo vino a la tierra. Y Cristo debía llegar hasta donde estaba el hombre caído, para levantarlo. Tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración de la raza. El que no conoció pecado se convirtió en pecado por nosotros. Se humilló hasta las mayores profundidades de la miseria humana a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que lo había sumido el pecado (RH 28-7-1874).
La disciplina más severa.-
Como hijo de una raza caída, tenía que mantener su gloria velada. Esta fue la más severa disciplina a la que podía someterse el Príncipe de la vida. En esa condición midió sus fuerzas con Satanás. El que había sido expulsado del cielo luchó desesperadamente para dominar a Aquel de quien había estado celoso en los atrios celestiales ¡Qué batalla fue ésta! Ningún lenguaje es adecuado para describirla. Pero en el futuro cercano será comprendida por los que venzan por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio (Carta 19, 1901).
(Heb. 2: 14-18; 4: 15; 2 Ped. 1: 4.) El poder del cual el hombre puede disponer.-
El Hijo de Dios fue atacado a cada paso por las potestades de las tinieblas. Después de su bautismo fue llevado por el Espíritu al desierto, y soportó la tentación durante cuarenta días. Me han llegado cartas en las que se afirma que Cristo no pudo haber tenido la misma naturaleza del hombre, pues si la hubiera tenido habría caído ante tentaciones similares. Si Cristo no hubiera tenido la naturaleza del hombre, no podría ser nuestro ejemplo. Si no participó de nuestra naturaleza, no podría haber sido tentado como lo ha sido el hombre. Si no hubiera sido posible que se rindiera a la tentación, no podría ser nuestro ayudador. Fue una solemne realidad que Cristo viniera a reñir las batallas como hombre, en lugar del hombre. Su tentación y su victoria nos dicen que la humanidad debe copiar al Modelo; el hombre debe llegar a participar de la naturaleza divina.
En Cristo se combinaban la divinidad y la humanidad. La divinidad no se degradó ante la humanidad; la divinidad retuvo su lugar, pero la humanidad, estando unida con la divinidad, resistió la más terrible prueba de la tentación en el desierto. Después de su largo ayuno, el príncipe de este mundo vino a Cristo cuando estaba hambriento, y le sugirió que ordenara que las piedras se convirtieran en pan. Pero el plan de Dios, ideado para la salvación del hombre, disponía que Cristo sintiera el hambre, la pobreza y todos los otros aspectos de la vida humana. Resistió la tentación mediante el poder del cual el hombre puede disponer. Se aferró del trono de Dios, y no hay hombre o mujer que no pueda disponer de la misma ayuda mediante la fe en Dios. El hombre puede llegar a convertirse en participante de la naturaleza divina. No hay una sola alma que no pueda pedir la ayuda del cielo en la tentación y en la prueba. Cristo vino para revelar la fuente de su poder, a fin de que el hombre no dependiera nunca de sus capacidades humanas sin ayuda.
Los que venzan deben emplear al máximo cada facultad de su ser. Deben luchar afanosamente sobre sus rodillas pidiendo poder divino delante de Dios. Cristo vino para ser nuestro ejemplo y para que sepamos que podemos ser participantes de la naturaleza divina. ¿Cómo? Habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. Satanás no ganó la victoria sobre Cristo. No puso su pie sobre el alma del Redentor. No tocó la cabeza aunque hirió el calcañar. Mediante su propio ejemplo, Cristo demostró que el hombre puede mantenerse en su integridad. Los hombres pueden tener poder para resistir el mal: un poder que ni la tierra, ni la muerte, ni el infierno pueden vencer; un poder que los colocará donde puedan vencer como Cristo venció. En ellos pueden combinarse la divinidad y la humanidad (RH 18-2-1890).
(Isa. 53: 6; 2 Cor. 5: 21.) Las terribles consecuencias de la transgresión.-
La tentación no es tentación a menos que haya una posibilidad de rendirse. Se resiste la tentación cuando se influye poderosamente sobre el hombre para que haga una mala acción, y éste sabiendo que puede ceder, por fe se resiste a cometerla, aferrándose firmemente del poder divino. Esta fue la angustiosa prueba por la que pasó Cristo. Si no hubiera habido la posibilidad de su caída, no podría haber sido tentado en todo como el hombre es tentado. Era un ser libre, puesto a prueba como lo fue Adán y como lo es cada hombre. En sus horas finales, mientras colgaba de la cruz, experimentó en toda su plenitud lo que el hombre experimenta cuando lucha contra el pecado. Comprendió cuán malo puede llegar a ser un hombre cuando se rinde al pecado. Se dio cuenta de las terribles consecuencias de la transgresión de la ley de Dios, pues pesaba sobre él la iniquidad de todo el mundo (YI 20-7-1899).
Cristo, un ser moral libre.-
Las tentaciones a las que fue sometido Cristo fueron una terrible realidad. Como ser libre, fue puesto a prueba con la libertad de rendirse ante las tentaciones de Satanás poniéndose en pugna contra Dios. Si no hubiese sido así, no hubiera sido posible que cayera. No hubiera sido tentado en todo como es tentada la familia humana (YI 26-10-1899).
Cristo puesto a prueba.-
Cristo fue puesto a prueba durante cierto tiempo. Se revistió de la humanidad para soportar la tentación y la prueba que no pudo resistir el primer Adán. Si hubiese fracasado en su prueba y tentación, hubiera sido desobediente a la voz de Dios, y el mundo se habría perdido (ST 10-5-1899).
3-4. Una discusión con Satanás.-
Recordad que nadie excepto Dios puede discutir con Satanás (Carta 206, 1906).
4 (ver EGW com. Gén. 3: 24). Una desviación más atroz que la muerte.-
[Se cita Mat. 4: 4.] Cristo le dijo a Satanás que a fin de prolongar la vida, la obediencia a los requerimientos de Dios era más esencial que el alimento material. Seguir un sendero desviado de los propósitos de Dios, en el más mínimo grado, sería más atroz que el hambre o la muerte (Redemption: or The First Advent of Christ [Redención, o El primer advenimiento de Cristo], p. 48).
5-6. ¿Quién puede resistir un reto?-
Jesús no se iba a colocar en peligro para complacer al diablo. ¿Pero cuántos hoy día pueden 1059 resistir un reto? (MS 17, 1893).
8-10 (Luc. 4: 5-8). Un panorama de condiciones verdaderas.-
El [Satanás] le pidió al Salvador que se rindiera ante su autoridad, prometiéndole que si lo hacía los reinos del mundo serían suyos. Presentó ante Cristo el éxito que él [Satanás] había alcanzado en el mundo, y le enumeró los principados y las potestades que estaban sometidos a él. Declaró que él había hecho lo que no había podido hacer la ley de Jehová.
Pero Jesús le dijo: "Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás". Esto fue para Cristo exactamente lo que la Biblia declara que es: una tentación. El tentador presentó delante de sus ojos los reinos de este mundo. Tal como Satanás los veía, tenían mucha grandeza exterior; pero Cristo los veía desde un aspecto diferente, como eran: dominios terrenales bajo el poder de un tirano. Vio a la humanidad llena de dolor y sufrimiento bajo el poder opresivo de Satanás. Contempló la tierra contaminada por el odio, la venganza, la maldad, la concupiscencia y el asesinato. Vio espíritus de demonios posesionados de los cuerpos y las almas de los hombres (MS 33, 1911).
10 (Luc. 4: 8). La orden obligó a Satanás.-
Jesús dijo al astuto enemigo: "Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás". Satanás le había pedido a Cristo que demostrara que era el Hijo de Dios, y en este caso le había dado la prueba que pedía. Ante la orden divina de Cristo, se vio obligado a obedecer. Fue rechazado y silenciado. No tenía poder que lo capacitara para resistir el indiscutible rechazo. Fue obligado, sin más palabras, a desistir instantáneamente y dejar al Redentor del mundo (RH 1-9-1874).
11 (Luc. 4: 13). Un concilio de estrategia.-
Aunque Satanás había fracasado en sus tentaciones más poderosas, sin embargo no había renunciado a todas sus esperanzas de que, en algún futuro, pudiera tener éxito en sus esfuerzos. Anticipaba el momento, durante el ministerio de Cristo, cuando tuviera las oportunidades de probar sus artificios contra él. No acababa de retirarse, frustrado y derrotado, del escenario del conflicto, cuando comenzó a trazar planes para cegar el entendimiento de los judíos, el pueblo escogido de Dios, para que no discernieran en Cristo al Redentor del mundo. Se propuso llenar el corazón de ellos de envidia, celos y odio contra el Hijo de Dios, para que no lo recibieran sino que le amargaran su vida terrenal todo lo posible.
Satanás celebró un concilio con sus ángeles en cuanto al proceder que debían seguir para impedir que el pueblo tuviera fe en Cristo como el Mesías, a quien por tanto tiempo los judíos habían esperado con ansiedad. Estaba chasqueado y enfurecido porque no había vencido en nada a Jesús con sus múltiples tentaciones. Pero ahora pensaba que si podía fomentar en los corazones del propio pueblo de Cristo un sentimiento de incredulidad para que no reconocieran a Jesús como prometido, podría desanimar al Salvador en su misión y conseguir que los judíos fueran sus instrumentos para llevar a cabo sus propósitos diabólicos. De modo que comenzó a obrar en su manera sutil, esforzándose para lograr mediante una estrategia lo que no había podido por medio de un esfuerzo directo y personal (2SP 97-98).
CAPÍTULO 5
1-12. Suficiente para evitar la perplejidad.-
Un estudio del maravilloso Sermón del Monte, de Cristo, enseñará al creyente cuáles deben ser las características de aquellos a quienes el Señor llama "Bienaventurados". [Se cita Mat. 5: 1-12.]. . .
Agradezco al Señor porque se dan instrucciones tan claras a los creyentes. Si no tuviéramos otras instrucciones fuera de las que están contenidas en estas pocas palabras, sería suficiente para que nadie quedara confundido. Pero tenemos toda la Biblia llena de instrucciones preciosas. Nadie necesita quedar en la penumbra y la incertidumbre. Los que mediante la fe, la oración y el ferviente estudio de las Escrituras procuren obtener las virtudes que aquí se destacan, fácilmente se distinguirán de los que no caminan en la luz. Los que se niegan a seguir un "Así dice Jehová", no tendrán excusa que presentar por su persistente resistencia contra la Palabra de Dios (Carta 258, 1907).
Palabras de un carácter diferente.-
Cristo pronunció sus bendiciones desde el monte de las bienaventuranzas como si hubiese estado cubierto por una nube de brillo celestial. Las palabras pronunciadas por él fueron de un carácter enteramente diferente de las que habían salido de los labios de los escribas y fariseos. Aquellos a quienes él calificó como bienaventurados eran precisamente los que ellos habían presentado como malditos por Dios. Declaró a esa multitud de personas que podía entregar los tesoros de la eternidad a cualesquiera que él deseara. Aunque su divinidad estaba revestida con humanidad, no pensó que era usurpación ser igual a Dios. De esa manera públicamente describió los atributos de los que habían de compartir las recompensas eternas. Destacó en forma particular a los que sufrirían persecuciones por causa de su nombre. Serían ricamente bendecidos convirtiéndose en herederos de Dios y coherederos con Jesucristo. Grande sería su recompensa en el cielo (MS 72, 1901).
Un tesoro de bondad.-
Cristo anhelaba llenar el mundo con una paz y un gozo que serán similares a los que existen en el mundo celestial. [Se cita Mat. 5: 1-12.]. . .
Pronunció con claridad y poder las palabras que debían llegar hasta nuestro tiempo como un tesoro de bondad. Cuán preciosas fueron esas palabras, y cuán animadoras. De sus labios divinos emanaron, con plena y abundante seguridad, las bendiciones que lo señalaban como la fuente de toda bondad, y que tenía la prerrogativa de bendecir a todos los presentes e influir en su mente. Estaba ocupado en la misión sagrada que le incumbía y le era peculiar, y los tesoros de la eternidad estaban a su disposición. Nada le impediría repartirlos. No era una usurpación que actuara como Dios. Abarcó en sus bendiciones a los que habían de constituir su reino en este mundo. Había llevado hasta el mundo todas las bendiciones esenciales para la felicidad y el gozo de cada alma, y ante esa vasta asamblea presentó las riquezas de la gracia del cielo, los tesoros acumulados del Padre eterno.
En ese momento especificó quiénes serían los súbditos de su reino celestial. No pronunció una palabra que halagara a los hombres de mayor autoridad, a los dignatorios mundanales; pero presentó ante todos los rasgos de carácter que debe poseer el pueblo peculiar que constituya la familia real en el reino del cielo. Especificó quiénes se convertirán en herederos de Dios y coherederos con él. Proclamó públicamente la elección de sus súbditos y les asignó su lugar en su servicio como unidos con él mismo. Los que posean el carácter especificado, compartirán con él la bendición y la gloria y el honor que él siempre recibirá.
Los que son distinguidos y bendecidos de esta manera, serán un pueblo peculiar que hará fructificar los talentos del Señor. Habló de los que sufrirán por causa de su nombre como los que recibirán una gran recompensa en el reino del cielo. Habló con la dignidad de Aquel que tiene autoridad ilimitada; como quien tenía todas las riquezas celestiales para entregarlas a los que lo recibieran como su Salvador.
Los hombres pueden usurpar la autoridad de la grandeza en este mundo; pero Cristo no los reconoce; son usurpadores.
Hubo ocasiones cuando Cristo habló con una autoridad que hacía que sus palabras penetraran con fuerza irresistible, con un sentimiento abrumador de la grandeza del que hablaba, y los instrumentos humanos se redujeron a la nada en comparación con Aquel que estaba ante ellos. Fueron profundamente conmovidos; quedaron convencidos de que estaba repitiendo la orden proveniente de la gloria más excelsa. Mientras él invitaba al mundo para que escuchara, quedaron maravillados y extasiados, y la convicción llegó a su mente. Cada palabra se abrió lugar, y los oyentes creyeron y recibieron palabras que no pudieron resistir. Cada palabra que Cristo pronunció les pareció a los oyentes como la vida de Dios. Estaba demostrando que era la luz del mundo y la autoridad de la iglesia, que demandaba tener preeminencia sobre todos ellos (MS 118, 1905).
13-14 (cap. 15: 9; 22: 29). Los humildes son la sal de la tierra.-
Cristo comparaba a sus discípulos en sus enseñanzas con los objetos que les eran más familiares. Los comparó con la sal y con la luz. "Vosotros sois la sal de la tierra -dijo-. Vosotros sois la luz del mundo". Estas palabras fueron pronunciadas a unos pocos pescadores pobres y humildes. Sacerdotes y rabinos se hallaban entre el auditorio, pero no se dirigió a ellos. Con todo su conocimiento, con toda su pretendida instrucción en los misterios de la ley, con todas sus pretensiones de conocer a Dios, revelaban que no lo conocían. A esos dirigentes habían sido confiados los oráculos de Dios, pero Cristo los definió como maestros peligrosos. Les dijo: Enseñáis "como doctrina mandamientos de hombres... Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios". Apartándose de esos hombres y volviéndose a los humildes pescadores, les dijo: "Vosotros sois la sal de la tierra" (RH 22-8-1899).
No es una luz que se origina en sí misma.-
La luz que brilla de los que reciben a Jesucristo no se origina por sí misma. Toda ella proviene de la Luz y la Vida del mundo. El enciende esa luz, así como enciende el fuego que todos deben emplear al cumplir su servicio. Cristo es la luz, la vida, la santidad, la santificación de todos los que creen, y su luz debe ser recibida e impartida en toda buena obra. Su gracia también actúa en muy diversas maneras como la sal de la tierra. Adondequiera que logre llegar esta sal -a los hogares o a las comunidades- se convierte en un poder que preserva para salvar todo lo que es bueno y para destruir todo lo que es malo (RH 22-8-1899).
17-19. Infimos entre los seres humanos.-
[Se cita Mat. 5: 17-19.] Este es el fallo pronunciado en el reino de los cielos. Algunos han pensado que estará allí el que quebranta los mandamientos, pero que ocupará el último lugar. Esto es un error. Los pecadores nunca entrarán en las moradas de la bienaventuranza. El que quebranta los mandamientos, y todos los que se unen con él para enseñar que no hay diferencia entre violar la ley divina u observarla, serán calificados por el universo del cielo como ínfimos entre los seres humanos, pues no sólo ellos mismos han sido desleales, sino que han enseñado a otros a quebrantar la ley de Dios. Cristo pronuncia una sentencia sobre los que pretenden tener un conocimiento de la ley pero que -por precepto y ejemplo- conducen las almas a la confusión y a las tinieblas (RH 15-11-1898).
21-22, 27-28 (Apoc. 20: 12). Rasgos del carácter en los libros del cielo.-
La ley de Dios llega hasta los sentimientos y los motivos, tanto como a los actos externos. Revela los secretos del corazón proyectando luz sobre cosas que antes estaban sepultadas en tinieblas. Dios conoce cada pensamiento, cada propósito, cada plan, cada motivo. Los libros del cielo registran los pecados que se hubieran cometido si hubiese habido oportunidad. Dios traerá a juicio toda obra, con toda cosa encubierta. Con su ley mide el carácter de cada hombre. Así como el artista transfiere al lienzo los rasgos del rostro, así también los rasgos del carácter de cada individuo son transferidos a los libros del cielo. Dios tiene una fotografía perfecta del carácter de cada hombre, y compara esa fotografía con su ley. El revela al hombre los defectos que echan a perder su vida, y lo exhorta a que se arrepienta y se aparte del pecado (ST 31-7-1901).
48. Perfección en la edificación del carácter.-
El Señor exige perfección de su familia redimida. Demanda perfección en la edificación del carácter. Los padres y las madres necesitan especialmente comprender los mejores métodos para educar a los hijos a fin de que puedan cooperar con Dios. Hombres y mujeres, niños y jóvenes, son medidos en las balanzas del cielo de acuerdo con lo que revelan en su vida hogareña. Un cristiano en el hogar, es un cristiano por doquiera. La religión practicada en el hogar ejerce una influencia inconmensurable (MS 34, 1899).
La vida de un hombre perfecto.-
Nuestro Salvador, como Hijo de Dios, llevó al cielo la verdadera relación de un ser humano. Somos hijos e hijas de Dios. Para saber cómo comportarnos debidamente, debemos seguir las pisadas de Cristo. El vivió la vida de un hombre perfecto durante treinta años, cumpliendo con la más excelsa norma de perfección (Carta 69, 1897).
CAPÍTULO 6
16 (cap. 9: 16). La religión inventada no es vida y luz.-
Delante de nosotros hay tiempos que probarán el alma de los hombres, y habrá necesidad de velar, de [practicar] la correcta clase de ayuno. Este no será como el ayuno de los fariseos. Sus ayunos consistían en ceremonias externas. No humillaban el corazón ante Dios. Estaban llenos de amargura, envidia, malicia, contienda, egoísmo y justicia propia. Inclinaban la cabeza simulando humildad, pero eran codiciosos, llenos de estima y de importancia propias. En espíritu eran opresores, exigentes y orgullosos.
Todo el servicio judío había sido mal interpretado y mal aplicado. Se había pervertido el propósito de los sacrificios. Eran un símbolo de Cristo y de su misión, para que cuando viniera en la carne, el mundo pudiera reconocer a Dios en él y lo aceptara como su Redentor. Pero la falta de un verdadero servicio de corazón había hecho que los judíos fueran ciegos al conocimiento de Dios. Su religión se componía de exigencias, ceremonias y tradiciones.
Los fariseos aún tenían que aprender que la justicia ensalza a una nación, y que las formas y las ceremonias no pueden ocupar el lugar de la rectitud. Cristo enseñaba al pueblo tan ciertamente cuando estuvo envuelto en la columna de nube como cuando estuvo sentado en el monte. Aquí enseñó la misma compasiva consideración para con los pobres como en las lecciones que dio a los discípulos. Pero la responsabilidad de cada individuo delante de Dios, la misericordia, el amor y la compasión de Dios, no se incluían en las enseñanzas dadas al pueblo por los gobernantes de Israel. Dijo Cristo: "Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura". La verdad, la luz, la vida, que debieran caracterizar la verdadera piedad no podían unirse con la religión inventada por los fariseos (MS 3, 1898).
24 (Luc. 16: 13; Sant. 4: 4). Los vacilantes son aliados de Satanás.-
[Se cita Mat. 6: 24.] Los que comienzan a medias su vida cristiana, al final se encontrarán enteramente del lado del enemigo, no importa cuáles hayan sido sus primeras intenciones. Y el ser apóstata, traidor a la causa de Dios, es más grave que la muerte, pues significa la pérdida de la vida eterna.
Los hombres y mujeres vacilantes son los mejores aliados de Satanás. Son hipócritas, no importa cuán favorable sea la opinión que tengan de sí mismos. Todos los que son leales a Dios y a la verdad deben mantenerse firmemente de parte de lo correcto porque es correcto. Juntarse con los que no son consagrados, y aún ser leales a la verdad, es sencillamente imposible. No podemos unirnos con los que se complacen a sí mismos, que se ocupan de planes mundanales, sin perder nuestra relación con el Consejero celestial. Podemos recuperarnos de la trampa del enemigo, pero quedamos lastimados y heridos, y se ha empequeñecido nuestra vida espiritual (RH 19-4-1898).
28-29. El esfuerzo no puede igualar a la sencillez.-
Cristo muestra aquí que aunque las personas se esfuercen hasta el cansancio para convertirse en objetos de admiración, aquellas cosas a las cuales dan tanto valor no se pueden comparar con las flores del campo. Esas sencillas flores, con el adorno de Dios, aun sobrepujarían en belleza a las hermosas vestiduras de Salomón (MS 153, 1903).
Una idea de la consideración de Dios.-
Si los lirios del campo son objetos sobre los cuales el supremo Artífice ha impartido cuidado, haciéndolos tan bellos que sobrepujan la gloria de Salomón, el más grande rey que jamás haya empuñado un cetro; si la hierba del campo ha sido hecha de modo que constituya una bella alfombra para la tierra, ¿podemos formarnos una idea de la consideración que Dios dispensa al hombre que ha formado a su imagen? (Carta 4, 1896).
Cada flor expresa amor.-
El supremo Artífice llama nuestra atención a las flores inanimadas del campo, destacando los bellos tonos y la maravillosa variedad de matices que puede poseer una flor. De ese modo Dios ha revelado su habilidad y cuidado. Así quería mostrar el gran amor que tiene por cada ser humano. Cada flor es una expresión del amor de Dios (Carta 24, 1899).
Las flores del campo, en su infinita variedad, siempre cumplen la función de deleitar a los hijos de los hombres. Dios alimenta cada raíz para expresar su amor a todos los que son enternecidos y subyugados por las obras de sus manos. No necesitamos ninguna exhibición artificial. El amor de Dios se representa con las bellas obras de su creación. Estas cosas significan más de lo que muchos suponen (Carta 84, 1900).
28-30. Una lección de fe.-
A pesar de que sobre la tierra fue pronunciada la maldición de que produciría espinas y cardos, hay una flor en el cardo. En el mundo no todo es tristeza y desgracia. El gran libro de la naturaleza de Dios está abierto para nuestro estudio, y de él debemos obtener más excelsas ideas de su grandeza y amor y gloria insuperables. Aquel que estableció los fundamentos de la tierra, que adornó los cielos y colocó las estrellas en su orden; Aquel que ha revestido la tierra con una alfombra viviente y la ha embellecido con preciosas flores de toda tonalidad y variedad, quiere que sus hijos aprecien sus obras y se deleiten en la sencilla y serena belleza con la cual ha adornado el hogar terrenal de ellos.
Cristo procuró desviar la atención de sus discípulos de lo artificial hacia lo natural: "Si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?" ¿Por qué nuestro Padre celestial no alfombró la tierra de marrón o de gris? Escogió el color que da más descanso, el que es mejor para los sentidos. ¡Cómo alegra el corazón y vivifica al cansado espíritu contemplar la tierra vestida con su atavío de viviente verdor! El aire estaría lleno de polvo sin esa cobertura, y la tierra parecería un desierto. Cada brizna de hierba, cada capullo que se abre y cada lozana flor es una prueba del amor de Dios, y debiera enseñarnos una lección de fe y confianza en él. Cristo llama nuestra atención a su belleza natural, y nos asegura que el vestido más hermoso del rey más grande que jamás haya empuñado un cetro, no fue igual al ropaje de la flor más humilde. Quienes suspiran por el esplendor artificial que sólo puede comprar la riqueza, o por pinturas costosas, muebles y vestidos, escuchen la voz del divino Maestro. El les muestra las flores del campo, cuya sencilla estructura no puede ser igualada por la habilidad humana (RH 27-10-1885).
CAPÍTULO 7
1-2 (Luc. 6: 37; Rom. 2: 1; ver EGW com. 1 Sam. 14: 44). Satanás juzgado por sus propias ideas de justicia.-
Satanás será juzgado de acuerdo con sus propias ideas de justicia. El reclamaba que cada pecado debía ser castigado. Si Dios perdonaba el castigo -decía él- no era un Dios de verdad y de justicia. Satanás sufrirá el castigo que dijo que Dios debería aplicar (MS 111, 1897).
13-14.
Ver EGW com. cap. 16:24.
15.
Ver EGW com. 2 Cor. 11: 14.
20-21.
Ver EGW com. cap. 24:23-24.
21-23 (cap. 24: 24; 2 Cor. 11: 14-15; 2 Tes. 2: 9-10; Apoc. 13: 13-14). Profesar no es suficiente.-
Los que hoy afirman que son santos, jactanciosamente se habrían adelantado diciendo: "Señor, Señor, ¿no nos conoces? ¿No hemos profetizado en tu nombre? ¿Y en tu nombre no hemos echado demonios? ¿Y en tu nombre no hemos hecho muchas maravillas?" La gente que aquí se describe, que se jacta de esa manera, aparentando que entretejen a Jesús en todas sus acciones, adecuadamente representa a los que hoy dicen que son santos, pero que están en contra de la ley de Dios. Cristo los llama hacedores de maldad porque son engañadores que se revisten de justicia para ocultar las deformidades de sus caracteres, la maldad interior de sus corazones impíos. Satanás ha descendido en estos últimos días para obrar con todo engaño de maldad en los que se pierden. Su majestad satánica obra milagros a la vista de los falsos profetas, delante de los hombres, afirmando que ciertamente es el mismo Cristo. Satanás imparte su poder a los que le están ayudando en sus engaños. Por lo tanto, los que declaran que tienen el gran poder de Dios, sólo pueden ser descubiertos mediante el gran detector: la ley de Jehová. El Señor nos dice que, si fuera posible, engañarían a los mismos escogidos. El vestido de ovejas parece tan real, tan genuino, que sólo se puede percibir al lobo cuando acudimos a la gran norma moral de Dios, y allí encontramos que son transgresores de la ley de Jehová (RH 25-8-1885).
29.
Ver EGW com. Luc. 4:18-19.
CAPÍTULO 9
9-10.
Ver EGW com. Luc. 5:29.
11 (Isa. 58: 4; Luc. 5: 30). Ayunar con orgullo y comer con humildad.-
Los fariseos veían cómo Cristo participaba en comidas con publicanos y pecadores. El era tranquilo y tenía dominio propio, era bondadoso, cortés y amigable; y a pesar de que no podían menos que admirar el cuadro que se presentaba, tan diferente de su propio proceder, no podían soportar el espectáculo. Los altivos fariseos se ensalzaban a sí mismos y menospreciaban a los que no habían sido favorecidos con los privilegios y la luz que ellos habían recibido. Aborrecían y despreciaban a los publicanos y pecadores. Sin embargo, delante de Dios su culpa era mayor. La luz del cielo brillaba en su senda diciéndoles: "Este es el camino, andad por él". Pero habían menospreciado la dádiva. Dirigiéndose a los discípulos de Cristo, les dijeron: "¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?" Con esta pregunta esperaban despertar el prejuicio que sabían que había existido en la mente de los discípulos, para hacer temblar su débil fe. Apuntaron sus dardos donde les parecía que lastimarían y herirían.
¡Orgullosos aunque necios fariseos, que ayunáis para contiendas y discusiones y para herir con el puño de impiedad! Cristo come con los publicanos y pecadores para atraerlos a sí mismo. El Redentor del mundo no puede aceptar los ayunos observados por la nación judía. Ayunan con orgullo y justicia propia, mientras Cristo come humildemente con publicanos y pecadores.
Desde su caída, la obra de Satanás ha sido la de acusar, y los que rechazan la luz que Dios envía proceden de la misma manera hoy día. Revelan a otros las cosas que consideran que son una falta. Así actuaban los fariseos. Cuando encontraban algo para poder acusar a los discípulos, no hablaban con los que pensaban que estaban en error, sino que presentaban a Cristo las cosas que pensaban que 1064 eran muy malas en sus discípulos; y cuando pensaban que Cristo se había equivocado, lo acusaban ante sus discípulos. Su obra era la de enemistar los corazones (MS 3, 1898).
12-13 (cap. 20: 28; Mar. 2: 17; 10: 45; Luc. 5: 31-32). Alivio en cada caso.-
Cristo era médico tanto del cuerpo como del alma. Era ministro, misionero y médico. Desde su niñez se interesó en cada aspecto del sufrimiento humano que observó. Podía decir con seguridad: No vine para ser servido, sino para servir. En cada calamidad proporcionaba alivio. Sus palabras bondadosas eran un bálsamo curativo. Aunque aparentemente no hubiera un claro milagro, sin embargo no había duda de que había impartido su virtud a quienes veía en sufrimiento y necesidad. Durante todos los treinta años de su vida privada fue humilde, manso y modesto. Tenía una relación viviente con Dios, pues el Espíritu de Dios estaba sobre él y demostraba a todos los que lo conocían que vivía para agradar, honrar y glorificar a su Padre en las cosas comunes de la vida (RH 24-10-1899).
13 (Mar. 2: 17; Luc. 5: 32). Renunciaba a lo agradable para atender la necesidad.-
El [Cristo] podría haber ido a los agradables hogares de los mundos no caídos, a la atmósfera pura donde nunca se habían introducido la deslealtad y la rebelión; y allí habría sido recibido con aclamaciones de alabanza y amor; pero era un mundo caído el que necesitaba al Redentor. "No he venido a llamar a justos -dijo-, sino a pecadores, al arrepentimiento" (RH 15-2-1898).
16.
Ver EGW com. cap. 6:16.
17 (Mar. 2: 22; Luc. 5: 37-38). Odres nuevos para vino nuevo.-
La obra de Jesús fue revelar el carácter del Padre y desplegar la verdad que él mismo había pronunciado mediante los profetas y los apóstoles; pero no había cabida para la verdad en esos hombres sabios y cautelosos. Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, tuvo que pasar por alto a los fariseos con su justicia propia, y tomar a sus discípulos de entre los pescadores ignorantes y hombres de condición humilde. Los que nunca habían estado con los rabinos, que nunca se habían sentado en las escuelas de los profetas, que no habían sido miembros del sanedrín, y cuyos corazones no estaban trabados con sus propias ideas, a esos los tomó y los educó para su propia misión. Podía hacerlos como odres nuevos para el vino nuevo de su reino. Estos eran los pequeños a quienes el Padre podía revelar cosas espirituales; pero los sacerdotes y gobernantes, los escribas y fariseos, que declaraban que eran los depositarios del conocimiento, no podían albergar los principios del cristianismo, posteriormente enseñados por los apóstoles de Cristo. La cadena de la verdad fue dada, eslabón tras eslabón, a aquellos que comprendían su propia ignorancia, pero estaban dispuestos a aprender del gran Maestro.
Jesús sabía que no podía hacer ningún bien a los escribas y fariseos a menos que se vaciaran de su suficiencia propia. Escogió odres nuevos para su vino nuevo de doctrina, e hizo de pescadores y creyentes ignorantes los heraldos de su verdad al mundo. Y sin embargo, aunque su doctrina parecía nueva al pueblo, en realidad no era una nueva doctrina, sino la revelación del significado de lo que había sido enseñado desde el principio. El propósito de Cristo era que sus discípulos tomaran la verdad sencilla y sin adulteraciones como la guía de su vida. No debían añadir a sus palabras ni dar un sentido forzado a sus declaraciones. No debían interpretar en forma mística las sencillas enseñanzas de las Escrituras ni depender de recursos teológicos para construir alguna teoría de origen humano. Las verdades vitales y sagradas fueron debilitadas en su significado cuando se le dio un sentido místico a las sencillas palabras de Dios, entre tanto que se le daba importancia a las teorías humanas. En esta forma los hombres fueron inducidos a enseñar como doctrinas los mandamientos de origen humano, y así rechazaron los mandamientos de Dios para observar sus propias tradiciones (RH 2-6-1896).
34.
Ver EGW com. cap. 12:24-32.
CAPÍTULO 10
32.
Ver com. EGW Luc. 22:70.
34 (Luc. 12: 51). No hay paz debido al rechazo de los mensajes.-
Jesús declaró: "No he venido para traer paz, sino espada". ¿Por qué? Porque los hombres no recibirían la palabra de vida; porque combatirían contra el mensaje que les era enviado para proporcionarles gozo, esperanza y vida.
Consideramos que los judíos no tienen excusa porque rechazaron y crucificaron a Cristo. Pero los mensajes que el Señor envía hoy con frecuencia son recibidos de una manera similar a la forma en que los judíos recibieron el mensaje de Cristo. Si la enseñanza del Señor no armoniza con las opiniones de los hombres, la ira domina a la razón y los hombres le facilitan el juego al enemigo oponiéndose a los mensajes que envía el Señor. Satanás los usa como afilados instrumentos para oponerse al progreso de la verdad (MS 33, 1911).
CAPÍTULO 11
12 (Gén. 32: 26). La violencia espiritual trae recompensa.-
Con la gran verdad que hemos tenido el privilegio de recibir, debiéramos convertirnos en canales vivientes de luz, y podríamos hacer esto con el poder del Espíritu Santo. Entonces podríamos allegarnos al propiciatorio; y al ver el arco de la promesa podríamos arrodillarnos con corazón contrito para así buscar el reino de los cielos con una violencia (lucha) espiritual que de suyo daría su recompensa. Lo tomaríamos por la fuerza como lo hizo Jacob. Entonces nuestro mensaje sería el poder de Dios para salvación. Nuestras súplicas estarían llenas de fervor, plenas de la comprensión de nuestra gran necesidad, y no serían rechazadas. La verdad se expresaría mediante la vida y el carácter y con labios tocados con el carbón viviente que procede del altar de Dios. Cuando experimentemos esto, seremos elevados por sobre nuestro pobre y mezquino yo que hemos acariciado tan tiernamente. Vaciaremos nuestro corazón del poder corrosivo del egoísmo y estaremos llenos de alabanza y gratitud a Dios. Magnificaremos al Señor, al Dios de toda gracia, que ha magnificado a Cristo. Y revelaremos su poder por medio de nosotros, convirtiéndonos en hoces afiladas en el campo de la cosecha (RH 14-2-1899).
14 (Mal. 4: 5; Luc. 1: 17). El espíritu y el poder de Elías.-
Juan censuró las corrupciones de los judíos con el espíritu y poder de Elías, y elevó su voz para reprochar los pecados que prevalecían. Sus discursos eran sencillos, al punto, y convincentes. Muchos fueron impulsados al arrepentimiento de sus pecados y, como una evidencia de su arrepentimiento, fueron bautizados por él en el Jordán. Esta fue la obra preparatoria para el ministerio de Cristo. Muchos fueron convencidos de pecado debido a las sencillas verdades pronunciadas por este fiel profeta; pero por rechazar la luz fueron envueltos por una oscuridad más densa, de modo que quedaron completamente preparados para apartarse de las evidencias que acompañaban a Jesús de que él era el verdadero Mesías (2SP 48-49).
20-24 (Luc. 10: 13-15). Testimonio rechazado.-
Los actos de amor y compasión hechos por Jesús en las ciudades de Judea fueron considerados con asombro por los ángeles del cielo; y sin embargo, multitudes de Corazín, Betsaida y Capernaúm los juzgaron con indiferencia y, debido a la dureza de su corazón, procedieron como si el tiempo o la eternidad apenas fueran dignos de su atención. La mayoría de los habitantes de esas ciudades pasaban su tiempo ocupados en temas de pequeña importancia, y sólo unos pocos aceptaron que el Salvador de la humanidad era el Cristo.
Las profecías de las Escrituras eran claras, y predecían con nitidez la vida, el carácter y la obra de Cristo; y por el testimonio de hombres que habían hablado al ser movidos por el Espíritu Santo, había suficiente evidencia para probar que Jesús era todo lo que afirmaba ser: el Hijo de Dios, el Mesías de quien escribieron Moisés y los profetas, la Luz para alumbrar a los gentiles y la gloria de Israel. Pero fue en vano que él procurara convencer a los sacerdotes y gobernantes e intentara atraer el corazón del pueblo a su luz. Los sacerdotes y gobernantes, escribas y fariseos, se aferraron a sus tradiciones, sus ceremonias, sus costumbres y teorías, y no permitieron que sus corazones fueran conmovidos, limpiados y santificados por la gracia divina. Los pocos que siguieron a Cristo procedían de los humildes e ignorantes (RH 2-6-1896).
28-30. El yugo de la restricción y la obediencia.-
Cristo dice: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo -el yugo de la sujeción y la obediencia- sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas". Debemos sentir descanso llevando su yugo y sus cargas. Siendo colaboradores con Cristo en la gran obra por la cual dio su vida, encontraremos el verdadero descanso. Cuando éramos pecadores, él dio su vida por nosotros. Quiere que vayamos a él y aprendamos de él. Así debemos encontrar descanso. El dice que nos dará descanso: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". Al hacer esto, encontraréis en vuestras propias experiencias el descanso que da Cristo, el descanso que se deriva de llevar su 1066 yugo y levantar sus cargas (GCB 4-4-1901).
Al aceptar el yugo de restricción y obediencia de Cristo, usted hallará que le es de la más grande ayuda. Al llevar ese yugo se mantendrá cerca del costado de Cristo, y él llevará la parte más pesada de la carga.
"Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". Aprender las lecciones que enseña Cristo es el más grande tesoro que pueden descubrir los estudiantes. Reciben el descanso cuando comprenden que están tratando de agradar al Señor (Carta 144, 1901).
Ayuda para llevar toda carga.-
Hay una condición para el descanso y la paz que aquí nos ofrece Cristo: es la de unirnos al yugo de él. Todos los que acepten esta condición encontrarán que el yugo de Cristo los ayudará a llevar cada carga que necesitan llevar. Si Cristo no está a nuestro lado para llevar la parte más pesada de la carga, ciertamente diremos que es pesada. Pero unidos con él al carro del deber, todas las cargas de la vida pueden ser fácilmente llevadas. Y en la proporción en que una persona procede con obediencia voluntaria ante los requerimientos de Dios, recibirá paz en su mente...
La mansedumbre y la humildad caracterizarán a todos los que son obedientes a la ley de Dios, a todos los que lleven el yugo de Cristo con mansedumbre. Y esas gracias proporcionarán el deseable resultado de la paz en el servicio de Cristo (ST 16-4-1912).
(Cap. 16: 24; Luc. 9: 23.) Símbolo de sumisión a la voluntad de Dios.-
Debemos llevar el yugo de Cristo para que nos coloquemos en completa unión con él. "Llevad mi yugo sobre vosotros", dice él. Obedeced mis requerimientos; pero estos requerimientos quizá sean diametralmente opuestos a la voluntad y propósitos de una persona en particular. ¿Qué se debe hacer entonces? Oíd lo que dice Dios: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame". El yugo y la cruz son símbolos que representan una misma cosa: la entrega de la voluntad a Dios. Cuando el hombre limitado lleva el yugo, se une en compañerismo con el amado Hijo de Dios. Cuando toma la cruz, el egoísmo se elimina del alma, y el hombre queda en condiciones de aprender a llevar las cargas de Cristo. No podemos seguir a Cristo sin llevar su yugo, sin llevar su cruz y seguirlo. Si nuestra voluntad no está de acuerdo con los requerimientos divinos, debemos renunciar a nuestras inclinaciones, abandonar nuestros deseos acariciados y seguir en las pisadas de Cristo...
Los hombres preparan yugos para su propio cuello, yugos que parecen fáciles y agradables de llevar, pero resultan ser extremadamente pesados. Jesús lo ve y dice: "Tomad mi yugo sobre vosotros. El yugo que vosotros colocaréis sobre vuestro cuello, pensando que es muy adecuado, no conviene en lo más mínimo. Colocad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí las lecciones esenciales que debéis aprender; pues soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Mi yugo es fácil y ligera mi carga". El Señor nunca se equivoca en el avalúo que hace de su heredad. El mide a los hombres con quienes trabaja. Cuando se sometan a su yugo, cuando renuncien a la lucha que ha sido estéril para ellos y para la causa de Dios, encontrarán paz y descanso. Cuando sientan sus propias debilidades y deficiencias, se deleitarán en cumplir con la voluntad de Dios. Se someterán al yugo de Cristo. Entonces Dios podrá obrar en ellos tanto el querer como el hacer por su buena voluntad, que con frecuencia es diametralmente opuesta a los planes de la mente humana. Cuando la unción celestial nos sobrevenga, aprenderemos la lección de humildad y mansedumbre que siempre proporciona descanso al alma (RH 23-10-1900).
El yugo de Cristo nunca lastima.-
Vuestra obra no es la de amontonar cargas por vuestra cuenta. Cuando llevéis las cargas que Cristo quiere que llevéis, entonces podréis comprender las cargas que él llevó. Estudiemos la Biblia y busquemos qué clase de cargas llevó él. El ayudaba a los que lo rodeaban. Dice: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas". Como veis, hay un yugo que llevar. Esta es precisamente la fe que necesitamos: una fe que se aferre de las promesas de Dios, que lleve el yugo de Cristo y las cargas que él quiere que llevemos. Con frecuencia pensamos que sufrimos penalidades al llevar cargas, y así sucede muy a menudo porque Dios no ha hecho provisión para que llevemos esas cargas; pero cuando llevamos su yugo y sus cargas, podemos testificar que el yugo de Cristo es fácil y ligera su carga, porque él ha hecho provisión para ello. Pero cuando os sintáis deprimidos y desanimados, no os rindáis en la batalla. Tenéis un Salvador viviente que os ayudará y descansaréis en él. No debéis colocar vuestro cuello bajo el yugo de la moda ni de yugos que Dios nunca tuvo el propósito que llevarais. No es nuestra misión la de estudiar cómo hacer frente a las normas del mundo, sino la gran pregunta de cada uno debiera ser: ¿Cómo puedo hacer frente a la norma de Dios? Así es como hallaréis descanso para vuestra alma, pues Cristo ha dicho: "Mi yugo es fácil, y ligera mi carga".
Cuando lleváis un yugo que mortifica el cuello, podéis saber que no es el yugo de Cristo, pues él dice que su yugo es fácil. Lo que Dios desea de nosotros es que nos ocupemos cada día de nuestra vida en aprender cómo edificar nuestro carácter para el tiempo y la eternidad. El no desea que emprendamos un curso de acción y que nunca salgamos de él; que tengamos ideas fijas y nos aferremos a ellas, ya sean correctas o erróneas. El nos colocará en medio de pruebas y dificultades, y cuando hayamos aprendido a vencer los obstáculos con el debido espíritu, con excelsos y santos propósitos, nos dará otra lección. Y si no tenemos la mansedumbre de Cristo para aprender constantemente de Jesús en su escuela, entonces debemos saber que no tenemos el yugo de Cristo (RH 10-5-1887).
29 (Juan 15: 4-5). Es difícil renunciar a nuestra propia voluntad y nuestros propios caminos.-
Si estáis dispuestos a aprender humildad y mansedumbre de corazón en la escuela de Cristo, ciertamente él os dará descanso y paz. La lucha para renunciar a vuestra propia voluntad y a vuestros propios caminos, es terriblemente difícil. Pero una vez que se ha aprendido esa lección, encontraréis descanso y paz. El orgullo, el egoísmo y la ambición deben ser vencidos; vuestra voluntad debe ser absorbida por la voluntad de Cristo. Toda la vida puede llegar a convertirse en un constante sacrificio de amor, cada acción en una manifestación de amor y cada palabra en una expresión de amor. Así como la vida de la vid circula por el tallo y los racimos, desciende hasta las fibras más bajas y llega hasta las hojas más altas, así también la gracia y el amor de Cristo arderán y abundarán en el alma, enviando sus virtudes a cada parte del ser, e impregnarán cada acción del cuerpo y de la mente (Carta 14, 1887).
Cómo llevar el yugo.-
Aferraos del brazo de Dios y decid: "Yo soy nada y tú eres todo. Tú has dicho: 'Separados de mí nada podéis hacer'. Ahora bien, Señor, debo tenerte a ti morando en mí, para que yo pueda morar en ti". Luego avanzad paso tras paso mediante una fe viviente, morando en Jesucristo. Esto es llevar su yugo, el yugo de la obediencia (MS 85, 1901).
Llevar el yugo con Cristo significa trabajar de acuerdo con sus directivas, ser copartícipe con él en sus sufrimientos y esfuerzos en favor de la humanidad perdida. Significa ser sabio instructor de almas. Seremos lo que permitamos que Cristo nos haga en estas preciosas horas del tiempo de gracia. La clase de vasija que lleguemos a ser dependerá de nuestra docilidad para ser modelados. Debemos unirnos con Dios en la obra de modelar y adaptar, sometiendo nuestra voluntad a la voluntad divina (Carta 71, 1895).
30. Un yugo fácil no proporciona una vida fácil.-
El Señor dice que su yugo es fácil y ligera su carga. Sin embargo, ese yugo no resultará en una vida de ocio y licencia y complacencia egoísta. La vida de Cristo fue de sacrificio propio y abnegación a cada paso. El verdadero seguidor de Cristo irá en pos de las pisadas de su Maestro con amor y ternura permanentes, semejantes a los de él; y a medida que avance en esta vida, se inspirará más y más con el espíritu y la vida de Cristo (ST 16-4-1912).
CAPÍTULO 12
24-32 (cap. 9: 34; Mar. 3: 22; Luc. 11: 15). Ojos cerrados ante la evidencia.-
Ellos [los fariseos] atribuían a influencias satánicas el santo poder de Dios, manifestado en las obras de Cristo. De ese modo, pecaron contra el Espíritu Santo. Obstinados, sombríos y duros de corazón, decidieron cerrar los ojos a toda evidencia, y así cometieron el pecado imperdonable (RH 18-1-1898).
29-30 (Luc. 11: 21-23). Más fuerte que el hombre fuerte.-
"El que no es conmigo contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama". El que está con Cristo y mantiene la unidad de Cristo, lo entroniza en el corazón y obedece sus órdenes, está a salvo de las trampas del maligno. El que se une con Cristo, recogerá para sí mismo las gracias de Cristo, y dará fortaleza, eficiencia y poder al Señor ganando almas para Cristo. Cuando Cristo se posesiona de la ciudadela del alma, el instrumento humano se convierte en uno con él. Cooperando con el Salvador, llega a ser el instrumento mediante el cual obra Dios. Entonces cuando venga Satanás y se esfuerce por tomar posesión del alma, encontrará que Cristo la ha hecho más fuerte que el hombre fuerte armado (MS 78, 1890).
30.
Ver EGW com. cap. 16: 24.
31-32 (Mar. 3: 28-29; Luc. 12: 10; ver EGW com. Exo. 4: 21). Firme y determinada resistencia contra la verdad.-
Cristo no luchaba contra hombres limitados, sino contra principados y potestades, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. El dice a sus oyentes que toda clase de pecados y blasfemias pueden ser perdonados si se deben a ignorancia. En su gran ceguera podrían proferir insultos y burlas contra el Hijo del hombre, y sin embargo, quedar dentro de los alcances de la misericordia. Pero cuando el poder y el Espíritu de Dios descansaron sobre los mensajeros de Cristo, estaban en terreno santo. Ignorar al Espíritu de Dios, acusarlo de que era el espíritu del diablo, los colocaba en una posición en donde Dios no tenía poder para llegar a su alma. Ningún poder en cualquiera de las provisiones de Dios para corregir a los que yerran [en tales circunstancias], puede alcanzarlos...
Hablar contra Cristo, atribuyendo su obra a influencias satánicas, y las manifestaciones del Espíritu, a fanatismo, no es en sí mismo un pecado para condenación; pero el espíritu que induce a los hombres a que hagan esas afirmaciones los coloca en una condición de obstinada resistencia, donde no pueden ver la luz espiritual...
Piensan que están siguiendo un sano juicio, pero están siguiendo a otro guía. Se han colocado bajo el dominio de un poder del que están completamente ignorantes debido a su ceguera. Han rechazado al único Espíritu que podría guiarlos, iluminarlos, salvarlos. Están siguiendo la senda de la culpabilidad para la cual no puede haber perdón ni en esta vida ni en la venidera. No es que cualquier grado de culpabilidad agote la misericordia de Dios, sino porque el orgullo y la continua obstinación los induce a despreciar al Espíritu de Dios, a ocupar un lugar donde ninguna manifestación del Espíritu puede convencerlos de su error. Sus mentes endurecidas no están dispuestas a ceder.
En nuestros días los hombres se han colocado donde son completamente incapacitados para llenar las condiciones del arrepentimiento y la confesión; por lo tanto, no pueden hallar misericordia y perdón. El pecado de la blasfemia contra el Espíritu Santo no radica en cualquier palabra o hecho súbito, sino en la firme y determinada resistencia contra la verdad y la evidencia (MS 30, 1890).
El pecado contra el Espíritu Santo.-
No se debe considerar el pecado contra el Espíritu Santo como algo misterioso o indefinible; consiste en la negación persistente a aceptar la invitación al arrepentimiento (RH 29-6-1897).
34-37.
Ver EGW com. Sal. 19: 14; Isa. 6: 5-7.
37. Se necesita una lengua santificada.-
Dejad de ocuparos de las faltas ajenas. Mantened la lengua santificada para Dios. Refrenaos de decir alguna cosa que pudiera menoscabar la influencia de otro. Al complaceros en esas palabras de crítica, blasfemáis el santo nombre de Dios tan ciertamente como si pronunciarais juramentos...
Necesitamos especialmente precavernos de que nuestra lengua no esté consagrada a Satanás. La lengua que Dios ha dado debe ser usada para glorificarlo con el habla. A menos que hagamos esto, directamente seremos un obstáculo para la obra de Dios en este mundo, y con toda seguridad los castigos del cielo caerán sobre nosotros (MS 95, 1906).
42 (Luc. 11: 31). Uno mayor que Salomón.-
Cristo sabía que los israelitas consideraban a Salomón como el rey más grande que jamás hubiera empuñado un cetro en un reino terrenal. Por orden especial de Dios había construido el magnífico primer templo de Israel, que era una maravilla de belleza, riqueza y gloria, y daba influencia y dignidad a Israel como nación. Salomón estaba dotado de sabiduría, y su nombre había sido glorificado por ellos. Según su concepto, ser superior a Salomón era ser más que humano, era poseer las prerrogativas de Dios [se cita Mat. 12: 42] (YI 23-9-1897).
43-45 (Luc. 11: 24-26). No es posible la neutralidad.-
[Se cita Mat. 12: 43-45.] Cristo muestra que no puede haber nada parecido a neutralidad en su servicio. El alma no debe ser satisfecha con nada que sea menos que con una consagración completa: consagración en pensamiento, palabra y espíritu, y en todo lo que tiene que ver con la mente y el cuerpo. No es suficiente que el vaso sea vaciado: debe estar lleno con la gracia de Cristo (MS 78, 1899).1069
(Isa. 57: 12; 2 Ped. 2: 20-21.) La maldición de la justicia propia.-
La casa adornada representa al alma que tiene justicia propia. Satanás es expulsado por Cristo; pero regresa con la esperanza de hallar entrada. Encuentra la casa vacía, barrida y adornada. Sólo vive allí la justicia propia. "Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero".
La justicia propia es una maldición, un adorno humano que Satanás usa para su gloria. Los que adornan su alma alabándose y elogiándose a sí mismos, preparan el camino para los otros siete espíritus peores que el primero. Estas almas se engañan a sí mismas cuando [en la forma en que] reciben la verdad. Están construyendo sobre un fundamento de justicia propia. Las oraciones de las congregaciones pueden ofrecerse a Dios dentro de una rutina ceremonial, y si se ofrecen con justicia propia Dios no es honrado con ellas. El Señor declara: "Yo publicaré tu justicia y tus obras, que no te aprovecharán". A pesar de toda su ostentación, de sus habitaciones adornadas, Satanás penetra en compañía de malos ángeles y ocupa su lugar en el alma para fomentar el engaño. "Si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo -escribe el apóstol-, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado" (MS 78, 1899).
CAPÍTULO 13
15.
Ver EGW com. Luc. 7: 29-30.
24-30. Las cizañas llaman la atención.-
El crecimiento de la cizaña entre el trigo llamaría la atención de un modo especial. El grano quedaría sujeto a severa crítica. Todo el campo podría sin duda ser censurado como inútil por algún observador superficial, o por alguno que se deleitara en buscar el mal. Podría condenar al sembrador culpándolo de haber sembrado mala semilla mezclada con la buena para satisfacer sus propósitos perversos. De la misma manera, los descarriados e hipócritas que profesan seguir a Jesús atraen reproches sobre la causa del cristianismo y hacen que el mundo dude de las verdades de Cristo. La presencia de la cizaña entre el trigo contrarrestaba en gran medida la obra del sembrador, y así también el pecado entre el pueblo de Dios frustra en cierta medida el plan de Jesús para salvar del poder de Satanás a los seres humanos caídos y para convertir en campo fructífero para buenas obras el árido terreno del corazón humano (2SP 248-249).
52. El Antiguo y el Nuevo Testamento son inseparables.-
[Se cita Mat. 13: 52.] En esta parábola Jesús presentó a sus discípulos la responsabilidad de aquellos cuya obra es dar al mundo la luz que han recibido de él. En ese tiempo sólo existía el Antiguo Testamento; pero no se escribió únicamente para los antiguos, sino que era para todos los siglos y para todas las gentes. Jesús quería que los maestros de su doctrina escudriñaran diligentemente el Antiguo Testamento en busca de aquella luz que establece su identidad como el Mesías predicho en la profecía, y revela la naturaleza de su misión para el mundo. El Antiguo y el Nuevo Testamento son inseparables pues ambos son las enseñanzas de Cristo. La doctrina de los judíos, que sólo aceptan el Antiguo Testamento, no es para salvación, pues rechazan al Salvador cuya vida y ministerio eran un cumplimiento de la ley y las profecías. Y la doctrina de los que descartan el Antiguo Testamento no es para salvación porque rechaza lo que es el testimonio directo de Cristo. Los escépticos comienzan menospreciando el Antiguo Testamento, y no se necesita sino un paso más para negar la validez del Nuevo Testamento, y ambos son rechazados.
Los judíos tienen poca influencia sobre el mundo cristiano cuando le muestran la importancia de los mandamientos, incluso la ley vigente del sábado, porque al poner de manifiesto los antiguos tesoros de verdad, desechan los nuevos de las enseñanzas personales de Jesús. Por otro lado, la principal razón por la cual los cristianos no pueden influir sobre los judíos para que acepten las enseñanzas de Cristo como el lenguaje de la sabiduría divina, es porque -al destacar los tesoros de la palabra de él- menosprecian las riquezas del Antiguo Testamento, que son las primeras enseñanzas del Hijo de Dios mediante Moisés. Rechazan la ley proclamada en el Sinaí y el sábado del cuarto mandamiento, instituido en el jardín del Edén. Pero el ministro del Evangelio, que sigue las enseñanzas de Cristo, obtendrá un conocimiento completo tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento para poder presentarlos en su verdadera luz a la gente: un todo inseparable, el uno dependiendo del otro e iluminando al otro. Al proceder así -como Jesús instruyó a sus discípulos- sacan de su tesoro "cosas nuevas y cosas viejas" (2SP 254-255).
CAPÍTULO 14
9 (Mar. 6: 26; 1 Sam. 25: 32-34). Es un error respetar un voto equivocado.-
David había jurado que Nabal y su casa debían perecer; pero después comprendió que no sólo era un error el haber jurado así, sino que era incorrecto respetar ese juramento. Si Herodes hubiese tenido el valor moral de David, no importa cuán humillante le hubiera resultado, se hubiera retractado del juramento de entregar la cabeza de Juan el Bautista al hacha del verdugo para que se cumpliera la venganza de una vil mujer, y no hubiera pesado sobre su alma la culpabilidad del asesinato del profeta de Dios (ST 26-10-1888).
CAPÍTULO 15
6.
Ver EGW com. Jer. 23: 1.
9 (ver EGW com. cap. 5: 13-14; Jer. 8: 8). El error como parásito del árbol de la verdad.-
Satanás ha obrado con poder engañoso introduciendo una multitud de errores que oscurecen la verdad. El error no podría permanecer solo; pronto se extinguiría si no se aferrara como un parásito del árbol de la verdad. El error extrae su vida de la verdad de Dios. Las tradiciones de los hombres, como gérmenes que circulan, se aferran de la verdad de Dios, y los hombres las consideran como una parte de la verdad. Satanás se afianza y cautiva la mente de los hombres mediante falsas doctrinas, haciendo que sostengan teorías que no tienen fundamento en la verdad. Los hombres atrevidamente enseñan como doctrinas los mandamientos de los hombres, y a medida que las tradiciones se transmiten de un siglo a otro, adquieren poder sobre la mente humana. Pero la antigüedad no convierte el error en verdad ni su agobiante peso hace que la planta de la verdad se convierta en un parásito. El árbol de la verdad da su propio fruto genuino que muestra su verdadero origen y naturaleza. El parásito del error da también su propio fruto, y manifiesta que su carácter difiere de la planta de origen celestial (Carta 43, 1895).
CAPÍTULO 16
6.
Ver EGW com. Luc. 12: 1.
18. El verdadero fundamento.-
[Se cita Mat. 16: 18.] La palabra "Pedro" significa una piedra suelta. Cristo no se refirió a Pedro como que fuera la roca sobre la cual edificaría su iglesia. Su expresión "esta roca" la aplicó a sí mismo como el fundamento de la iglesia cristiana (ST 28-10-1913).
18-19.
Ver EGW com. Juan 20: 23.
22-23 (Luc. 22: 31-32). Satanás entre Pedro y Cristo.-
Ved lo que el Señor dijo a Pedro... Dijo: "Quítate de delante de mí, Satanás". ¿Qué hacía Satanás? Enfrentó a Pedro, y se colocó entre el Señor y Pedro, hasta el punto de que éste pensó que le correspondía reprochar al Señor. Pero el Señor se acercó a Pedro, y Satanás fue puesto detrás de Cristo. El Señor le dijo a Pedro que Satanás lo había pedido para que pudiera zarandearlo como trigo, pero agrega: "He rogado por ti, que tu fe no falte". Si Pedro hubiese aprendido las lecciones que debería haber aprendido, si hubiese estado en armonía con Dios en el momento de su prueba, entonces hubiera resistido. Si no hubiese sido indiferente a las lecciones que Cristo le enseñó, nunca hubiera negado a su Señor (MS 14, 1894).
Satanás habló mediante Pedro.-
Cuando Cristo le reveló a Pedro que el Salvador pronto pasaría por una prueba y sufrimiento, y Pedro replicó: "En ninguna manera esto te acontezca", el Salvador ordenó: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!" Satanás estaba hablando mediante Pedro, haciendo que él representara la parte del tentador. Pedro no se daba cuenta de la presencia de Satanás, pero Cristo podía descubrir la presencia del engañador, y al reprochar a Pedro se dirigió al verdadero enemigo (Carta 244, 1907).
La obra de Satanás era desanimar a Jesús mientras se esforzaba por salvar a la raza depravada, y las palabras de Pedro eran precisamente lo que Satanás deseaba oír. Se oponían al plan divino, y cualquier cosa que llevara ese sello distintivo era una ofensa para Dios. Fueron pronunciadas por instigación de Satanás, pues se oponían a la única medida que Dios podía tomar para mantener su ley y regir a sus súbditos, y al mismo tiempo salvar al hombre caído. Satanás esperaba que esas palabras desanimaran y descorazonaran a Cristo, pero Cristo se dirigió al autor de ese pensamiento diciéndole: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!" (RH 6-4-1897).
24 (Mar. 8: 34; Luc. 9: 23; ver EGW com. Mat. 11: 28-30). Recorred el camino de Cristo.-
Los que son salvados deben recorrer el mismo camino que Cristo recorrió. El dice: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame". El carácter debe formarse a la semejanza de Cristo (MS 105, 1901).
La cruz eleva.-
Debemos elevar la cruz y seguir las pisadas de Cristo. Los que ensalzan la cruz de Cristo encontrarán que cuando hacen eso, la cruz los eleva dándoles fortaleza y valor y les señala al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo (RH 13-7-1905).
(Job 19: 25.) Elevándose por sobre las tierras bajas.-
La cruz os eleva de las partes bajas de la tierra y os hace participar de una dulcísima comunión con Dios. Al llevar la cruz, vuestra experiencia podrá ser tal que podréis decir: " 'Yo sé que mi Redentor vive', y porque él vive, viviré yo también". ¡Qué magnífica seguridad! (MS 85, 1901).
(Cap. 7: 13-14.) En el punto divisorio del camino.-
La cruz se halla en la intersección de dos caminos. Uno es el camino de la obediencia que conduce al cielo. El otro conduce al camino ancho por donde el hombre puede caminar fácilmente con su carga de pecado y maldad, pero lleva a la perdición (MS 50, 1898).
(Cap. 12: 30; Luc. 11: 23.) Vivir egoístamente deshonra al Redentor.-
Los cristianos que viven egoístamente deshonran a su Redentor. Aparentemente quizá sean muy activos en el servicio del Señor, pero entretejen el yo con todo lo que hacen. Como siembran las semillas del egoísmo, finalmente deben recoger una cosecha de corrupción... El servicio egoísta se reviste de una variedad de formas. Algunas de ellas parecen inofensivas. La bondad aparente les da la apariencia de [poseer la] bondad genuina. Pero no traen gloria al Señor. Su servicio estorba la causa de Cristo. Cristo dice: "El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama".
No se puede tener confianza en los que incluyen el yo en su trabajo. Si se entregaran a Cristo olvidándose de sí mismos, sus servicios serían valiosos para la causa de Cristo. Entonces amoldarían su vida con las enseñanzas de Jesús. Harían que sus planes armonizaran con el gran plan del amor de Cristo. El egoísmo sería desterrado de sus esfuerzos... Abnegación, humildad y nobleza de propósitos caracterizaban la vida del Salvador ... [Se cita Mat. 16: 24] (MS 2, 1903).
CAPÍTULO 17
1-3 (Mar. 9: 2-4; Luc. 9: 28-31). Los más adecuados para servir a Cristo.-

El Padre eligió a Moisés y a Elías para que fueran sus mensajeros delante de Cristo, para que lo glorificaran con la luz del cielo y hablaran con él acerca de su próxima agonía, porque ellos habían vivido en la tierra como hombres. Habían experimentado el dolor y el sufrimiento humano y podían simpatizar con las pruebas de Jesús en su vida terrenal. Elías, como profeta de Israel, había representado a Cristo y, en cierto grado, su obra había sido similar a la del Salvador. Y Moisés, como caudillo de Israel, había estado en el lugar de Cristo, había hablado con él y seguido sus instrucciones. Por lo tanto, éstos dos, de entre toda la hueste que se congrega en torno al trono de Dios, eran los más aptos para servir al Hijo de Dios (2SP 329).
CAPÍTULO 18
6. Los niños en Cristo.-
[Se cita Mat. 18: 1-6.] Los pequeños a que se hace referencia aquí, que creen en Cristo, no son sólo los niños en años, sino los niñitos en Cristo. Estas palabras contienen una advertencia implicada para que no descuidemos egoístamente a nuestros hermanos débiles o los despreciemos, para que no seamos implacables y exigentes, y juzguemos y condenemos a otros, y los desanimemos (RH 16-4-1895).
15-17 (Jos. 7: 10-26). Algunos no deben ser retenidos.-
Los nombres de los que pecan y se niegan a arrepentirse no deben ser retenidos en los libros de la iglesia, para que los santos no sean considerados como responsables de sus malas obras. Los que siguen el camino de la transgresión deben ser visitados y trabajar a favor ellos, y si aún rehúsan arrepentirse, deben ser eliminados de la feligresía de la iglesia, de acuerdo con las reglas establecidas en la Palabra de Dios...
No se debe tener en la iglesia a los que insisten en no escuchar las admoniciones y advertencias dadas por los fieles mensajeros de Dios. Deben ser eliminados de la feligresía, porque serán como Acán en el campamento de Israel: engañados y engañadores.
Después de leer el relato del pecado de Acán y su castigo, ¿quién puede pensar que la voluntad de Dios es que los que obran impíamente y se resisten a arrepentirse, deben ser retenidos en la iglesia? Retenerlos sería un insulto al Dios del cielo (Carta 215, 1902).
18.
Ver EGW com. Juan 20: 23.
CAPÍTULO 19
13-15 (Mar. 10: 13-16; Luc. 18: 15-17). El recuerdo impidió que los niños se extraviaran.-
Si pudiéramos contemplar la vida posterior de ese grupito, veríamos a las madres haciendo que sus hijos recordaran la escena de aquel día y repitiéndoles las amantes palabras del Salvador. También observaríamos con cuánta frecuencia el recuerdo de esas palabras impidió en los años siguientes que se desviaran esos hijos de la senda dispuesta para los redimidos del Señor (ST 18 - 12-1907).
CAPÍTULO 20
28.
Ver EGW com. cap. 9: 12-13.
30-34.
Ver EGW com. Mar. 10: 46-52.
CAPÍTULO 21
18-20 (Mar. 11: 12-14). Ramas fructíferas.-

El Señor sentía mucha hambre. Representaba a un pueblo hambriento de la fruta que debería haber obtenido, pero que no recibía de una higuera en apariencia floreciente. Las necesidades espirituales no eran suplidas para satisfacer a un pueblo a quien Cristo había prometido dar su vida para salvarlo por su gracia y su justicia.
Cuando el Señor está con el pueblo que tiene conocimiento y ventajas en esclarecimiento espiritual, y ese pueblo imparte lo que ha recibido de Dios, se convierte en ramas fructíferas. Recibe las bendiciones de Dios y produce fruto. El resultado seguro es que ese pueblo, estando en las manos de Dios y bajo la influencia del Espíritu Santo, es poderoso. Ese pueblo constantemente dará testimonio al mundo de la gran bondad de Dios, no sólo en lo espiritual sino también en lo secular. Prevalecerá porque sin duda Dios está con él (MS 65, 1912).
28-31. Nada que condenar.-
Cristo no condenó al primer hijo por no haber obedecido la orden, pero al mismo tiempo, tampoco lo alabó. Los que proceden como el hijo que respondió: "no quiero", no merecen ser alabados por proceder de esa manera. La franqueza desvergonzada no se debe alabar como si fuera una virtud. Esa sinceridad de carácter, santificada por la verdad y la santidad, permitirá que se dé un valiente testimonio a favor de Cristo; pero cuando la utiliza el pecador, es insultante y desafiante, y está próxima a la blasfemia. El hecho de que un hombre no sea hipócrita no lo hace menos pecador. Cuando las exhortaciones del Espíritu Santo llegan al corazón, nuestra única seguridad radica en que les demos respuesta sin demora (MS 127, 1899).
Se necesita más que una promesa.-
Todos los que desean practicar las enseñanzas de Cristo debieran estudiar la historia de Israel tal como es presentada en esta parábola. La viña representa a la iglesia. Los dos hijos son dos clases de hombres y mujeres que hay en el mundo. El Señor llama a cada miembro de su iglesia para que trabaje en su viña. Debemos comprender nuestra relación con Cristo. Cristo debe habitar en nuestro corazón para que podamos mantener ante nosotros principios puros, motivos elevados y rectitud moral. Nuestra obra no consiste únicamente en prometer, sino en hacer. La honradez y la integridad deben unirnos estrechamente con Dios para que cumplamos con su palabra al pie de la letra. Que los que escuchan el mensaje que Dios envía hoy estén alerta, para que no sigan el ejemplo de los judíos que se ensalzaban a sí mismos. Dios no tiene el propósito de eliminar de nuestro camino todo lo que produzca interrogantes o dudas en cuanto a la obra de sus siervos. El provee base para que haya fe suficiente para convencer la mente sencilla y sincera; pero una evidencia mayor que ésta nunca podría cambiar la íntima determinación de resistir la luz (MS 127, 1899).
CAPÍTULO 22
2-4 (Luc. 14: 16-17). El banquete celestial.-

El banquete espiritual ha sido puesto delante de nosotros con rica abundancia. Los mensajeros de Dios nos han presentado un riquísimo festín: la justicia de Cristo, la justificación por la fe, las promesas de Dios, preciosas y sumamente grandes, dadas en su Palabra, el libre acceso al Padre por medio de Jesucristo, los consuelos del Espíritu Santo y la bien fundada seguridad de la vida eterna en el reino de Dios. Preguntamos, ¿qué podría haber hecho Dios para nosotros que no haya hecho al preparar la gran cena, el banquete celestial? (RH 17-1-1899).
11-12. Comamos abundantemente de la Palabra.-
Se ha preparado un banquete para nosotros. El Señor ha desplegado ante nosotros los tesoros de su Palabra. Pero no debemos presentarnos a la comida con trajes comunes. Debemos estar revestidos con el manto blanco de la justicia de Cristo que ha sido preparado para todos los invitados (MS 70, 1901).
(Apoc. 7: 13-14.) Salido de la tribulación.-
Recordad que todo aquel que sea hallado con el traje de bodas habrá salido de gran tribulación (RH 17-4-1894).
29.
Ver EGW com. cap. 5: 13-14; Jer. 8: 8; Luc. 4: 18-19.
37-39 (Mar. 12: 30-31; Luc. 10: 27; Col. 2: 10). Completos en Cristo.-
La ley de Dios requiere que el hombre ame a Dios por sobre todas las cosas y a su prójimo como a sí mismo. Cuando esto se haga perfectamente, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo estaremos completos en Cristo (Carta 11, 1892).
CAPÍTULO 23
8 (ver EGW com. Juan 13: 14-15). No hay primero ni último en Cristo.-

Los que en el espíritu y el amor de Jesús lleguen a ser uno con él, estarán en estrecho compañerismo mutuo, unidos con las cuerdas de seda del amor. Entonces los vínculos de hermandad humana no estarán siempre en tensión, listos para romperse ante cualquier provocación. "Todos vosotros sois hermanos" será el modo de sentir de cada hijo de la fe. Cuando los seguidores de Cristo sean uno con él, no habrá ni primero ni último, no habrá a quienes se preste menos atención o se les dé menos importancia. Un bendito compañerismo mutuo y hermanable unirá a todos los que verdaderamente reciban al Señor Jesucristo dentro de una firme lealtad que no puede ser rota. Todos serán igualmente uno con Cristo (MS 28, 1897).
Todos vosotros sois hermanos.-
Dios ha creado a los hombres como seres responsables, y los ha colocado en circunstancias favorables para la obediencia a su voluntad. En la dignidad de su virilidad dada por Dios, deben ser gobernados y regidos por Dios mismo, no por inteligencia humana alguna de nuestro mundo. El hombre debe siempre reconocer que Dios vive y reina; los hombres nunca deben enseñorearse de la heredad de Dios. Deben considerar que "todos vosotros sois hermanos". Por el mismo hecho de que los hombres son seres morales libres, Dios nos enseña que no debemos ser forzados u obligados a seguir un determinado proceder; también, que como seres responsables, colaboradores con Dios, debemos representar el carácter de Dios. Debemos interesarnos en nuestros hermanos, en nuestro prójimo, en todos los que nos rodean (Carta 65, 1895).
8-10. No debemos colocar los intereses espirituales bajo dirección ajena.-
La palabra "Rabí", frecuentemente repetida, era muy agradable para el oído, pero Jesús advirtió a sus discípulos contra esto. Les dijo: "Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo".
Con estas palabras Cristo quiso decir que nadie debe colocar sus intereses espirituales bajo la dirección de otro como un niño es guiado y dirigido por su padre terrenal. Esto ha fomentado el espíritu de desear la superioridad eclesiástica, lo cual siempre ha sido dañino para los hombres a quienes se ha confiado y han sido llamados "padre". Esto confunde el sentido de lo sagrado de las prerrogativas de Dios (MS 71, 1897).
12.
Ver EGW com. Gén. 39: 20.
13-33 (Luc. 11: 42-44). La religión legalista es una abominación.-
El reproche de Cristo a los fariseos se aplica a lo que han perdido el primer amor de su corazón. Una religión fría y legalista nunca puede llevar las almas a Cristo, pues es una religión sin amor y sin Cristo. Cuando se ayuna y se ora con un espíritu de justificación propia, es una abominación para Dios. La convocación solemne para el culto, la rutina de ceremonias religiosas, la humillación externa, el sacrificio obligatorio, todo esto da al mundo el testimonio de que el que hace tales cosas se considera justo a sí mismo. Estas cosas atraen la atención del observador de deberes rigurosos, que dice: Este hombre tiene derecho al cielo. Pero todo es un engaño. Las obras no pueden ganar para nosotros la entrada del cielo. La única gran ofrenda que ha sido hecha es enteramente suficiente para todos los que creen (MS 154, 1897).
37-39 (Luc. 13: 34-35; 19: 42). Se iban acumulando las nubes del castigo.-
El corazón de Cristo había dicho: "¿Cómo podré abandonarte?" Había tratado a Israel como un padre amante y perdonador habría tratado a un hijo ingrato y extraviado. Con la mirada del Omnisciente vio que la ciudad de Jerusalén había decidido su propio destino. Durante siglos se habían alejado de Dios. La gracia había sido rechazada, habían abusado de los privilegios, las oportunidades habían sido despreciadas. El pueblo había estado acumulando las nubes del castigo que, sin mezcla de misericordia, estaba por estallar sobre ellos. Con palabras entrecortadas y quebrantadas Cristo exclamó: "¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos". La sentencia irrevocable fue pronunciada (MS 30, 1890).
CAPÍTULO 24
2 (Luc. 19: 44). Ángeles se encargaron de destruir.-
Los hombres continuarán levantando costosos edificios que valen millones; se dará especial atención a su belleza arquitectónica y a la firmeza y solidez con que son construidos. Pero el Señor me ha hecho saber que a pesar de su insólita firmeza y su costosa imponencia, esos edificios correrán la misma suerte del templo de Jerusalén. Esta magnífica construcción cayó. Dios envió a sus ángeles para hacer la obra de destrucción, de modo que no quedó piedra sobre piedra. Todo fue derribado (MS 35, 1906).
23-24 (cap. 7: 20-21; Isa. 8: 20; Mar. 13: 21-22; Luc. 21: 8; Juan 10: 2-5; 15: 10; 1 Juan 2: 4). Cómo conocer a un falso Cristo.-
Necesitamos estar anclados en Cristo, arraigados y edificados en la fe. Satanás obra mediante sus agentes. Escoge a los que no han estado bebiendo de las aguas vivas, cuyas almas están sedientas de algo nuevo y extraño, y que siempre están dispuestos a beber de cualquier fuente que se presente. Se oirán voces que dirán: "He aquí, el Cristo", o "Allá está"; pero no debemos creer en ellas. Tenemos la evidencia inconfundible de la voz del Pastor verdadero, y él nos llama a que lo sigamos. Dice "He guardado los mandamientos de mi Padre". Dirige a sus ovejas por la senda de la humilde obediencia a la ley de Dios, pero nunca las anima a transgredir esa ley.
"La voz de los extraños" es la voz de los que no respetan ni obedecen la ley de Dios: santa, justa y buena. Muchos hacen gran alarde de santidad, y se jactan de las maravillas que realizan curando a los enfermos sin obedecer esta gran norma de justicia. Pero, ¿mediante cuál poder se llevan a cabo esas curaciones? ¿Están abiertos los ojos de los sanadores y de los sanados a sus transgresiones a la ley de Dios? Como hijos humildes y obedientes ¿han decidido estar listos a obedecer todos los requerimientos de Dios? Juan testifica de los que dicen ser hijos de Dios: "El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él".
Nadie debe engañarse. La ley de Dios es tan sagrada como su trono, y por ella será juzgado cada hombre que viene a este mundo. No hay otra norma por la cual se pruebe el carácter. "Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido". Ahora bien, ¿se decidirá el caso de acuerdo con la Palabra de Dios, o se confiará en las pretensiones humanas? Cristo dice: "Por sus frutos los conoceréis". Si aquellos por medio de los cuales se hacen curaciones están dispuestos, a causa de dichas manifestaciones [maravillas], a excusar su descuido de la ley de Dios y continúan en la desobediencia, aunque tengan poder, y éste sea muy amplio, esto no significa que tienen el poder de Dios. Al contrario, es el poder milagroso del gran engañador. El es transgresor de la ley moral, y usa toda artimaña que pueda dominar para que los hombres no reconozcan su verdadero carácter. Se nos advierte que en los últimos días obrará mediante señales y prodigios mentirosos. Y continuará con estos prodigios hasta la terminación del tiempo de gracia para desplegarlos como una evidencia de que es un ángel de luz y no de tinieblas.
Hermanos, debemos estar alerta contra la falsa santidad que permite transgredir la ley de Dios. Los que pisotean esa ley no pueden ser santificados, y se juzgan a sí mismos con una norma de su propia invención (RH 17-11-1885).
24.
Ver EGW com. cap. 7: 21-23; 2 Cor. 11: 14.
30.
Ver EGW com. cap. 28: 24.1075
CAPÍTULO 25
1-10. Los prudentes se despertaron del sueño.-
Todos los que esperan al Esposo celestial están representados en la parábola como dormidos, porque su Señor demoraba su venida; pero los prudentes se despertaron ante el mensaje de su aproximación, respondieron al mensaje, no perdieron todo su discernimiento espiritual, y se pusieron en acción. Su experiencia religiosa se robusteció e incremento al aferrarse de la gracia de Cristo, y pusieron su afecto en las cosas de lo alto. Comprendieron dónde estaba la fuente de sus recursos y apreciaron el amor que Dios les prodigaba. Abrieron su corazón para recibir el Espíritu Santo por el cual el amor de Dios fue derramado en su corazón. Arreglaron y encendieron sus lámparas, las cuales proyectaban constantes rayos de luz a las tinieblas morales del mundo. Glorificaron a Dios porque tenían el aceite de la gracia en su corazón, e hicieron la misma obra que su Maestro había hecho antes que ellos: fueron a buscar y salvar a los que estaban perdidos (ST 28-10-1910).
7 (Luc. 12: 35). Una lámpara preparada y brillante.-
El amor mutuo es el mejor título que podemos exhibir. Debe cesar toda contienda, toda disensión. Dios no aceptará los talentos de los hombres más inteligentes y más elocuentes si la lámpara interior del alma no está preparada y brillando. Debe haber un corazón consagrado y una entrega consagrada del alma (Carta 119, 1899).
14-15 (Luc. 19: 12-13; ver EGW com. Juan 17: 20-21). Los talentos no se limitan a unos pocos.-
A cada persona se le han confiado dones individuales, llamados talentos. Algunos consideran que estos talentos están limitados a ciertas personas que poseen dotes mentales superiores y genio. Pero Dios no ha restringido la dádiva de sus talentos a unos pocos favorecidos. A cada uno se le ha confiado algún don especial por el cual debe dar cuenta al Señor. El tiempo, la razón, los recursos, el vigor, las facultades mentales, la ternura de corazón; todos estos son dones de Dios, confiados para que sean usados en la gran obra de bendecir a la humanidad.
No hay duda de que algunos tienen pocos talentos, pero si negocian diligentemente con los bienes de su Señor, estos dones se aumentarán mucho...
El Señor vigila a cada uno para ver si usará sus talentos sabia y desinteresadamente, o si buscará su propio provecho. Cada hombre recibe talentos conforme a sus diversas capacidades, para que pueda aumentarlos haciendo una sabia inversión. Cada uno debe rendir cuentas al Maestro por sus acciones.
El Señor no pedirá de los pobres lo que no tienen para dar. No exigirá de los enfermos las energías activas de las cuales carece la debilidad corporal. Nadie debe quejarse porque no puede glorificar a Dios con talentos que nunca le fueron confiados. Pero si tenéis un talento nada más, usadlo bien y se aumentará. Si los talentos no se entierran, ganarán otros talentos.
Los bienes que recibimos no son nuestros. El capital que se nos ha confiado debe usarse, y las ganancias que se logren siempre son propiedad del Señor. No tenemos derecho a atesorar estos talentos. Cuando el Señor Jesús regrese, espera recibir lo que es suyo y, además, la ganancia (Carta 180, 1907).
21.
Ver EGW com. 1 Cor. 15: 51-55.
CAPÍTULO 26
2 (Mar. 14: 1; Luc. 22: 1-2). Se llama la atención al sacrificio.-
Cristo fue coronado con espinas. Sus manos y sus pies fueron perforados con clavos. Cada paso hacia adelante en la vergonzosa escena, fue de intenso sufrimiento. Pero el propósito de Dios fue que se diera publicidad a todo el proceso, punto tras punto, escena tras escena, a una fase de la humillación eslabonada con otra. Se había determinado que esos acontecimientos sucedieran durante la pascua (MS 111, 1897).
3 (Mar. 14: 53; Luc. 22: 54; Juan 18: 13). Un sacerdocio corrompido.-
El sacerdocio se había corrompido tanto, que los sacerdotes no tenían escrúpulos en entregarse a los actos más fraudulentos y criminales para llevar a cabo sus designios. Los que asumieron el cargo del sumo sacerdocio antes del tiempo del primer advenimiento de Cristo y durante él, no eran hombres divinamente señalados para la sagrada obra. Aspiraban con vehemencia ese cargo por amor al poder y a la ostentación. Deseaban un puesto desde el cual pudieran tener autoridad para practicar sus fraudes bajo un manto de piedad, y así poder escapar de ser descubiertos. El sumo sacerdote ocupaba un puesto de poder e importancia. No sólo era consejero y mediador, sino juez; y sus decisiones eran inapelables. Los sacerdotes estaban limitados por la autoridad de los romanos, y no se les daba el poder de condenar a nadie legalmente a muerte. Ese poder estaba en manos de los que gobernaban a los judíos. Hombres de corazón corrupto procuraban ocupar el importante cargo de sumo sacerdote, y a menudo lo conseguían por medio del soborno y del asesinato. El sumo sacerdote, vestido con sus mantos consagrados y costosos, con el pectoral sobre su pecho, con la luz que brillaba sobre las piedras preciosas engarzadas en el pectoral, presentaba una apariencia sumamente imponente, y causaba admiración, reverencia y espanto en la gente sincera y leal. El sumo sacerdote fue diseñado de manera especial para representar a Cristo, quien llegaría a convertirse en sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec (RH 17-12-1872).
No era sumo sacerdote.-
Con Caifás terminó el sumo sacerdocio judío. El servicio se había vuelto vil y corrupto, y ya no tenía relación alguna con Dios. La verdad y el derecho eran odiosos a los ojos de los sacerdotes. Eran tiranos y engañadores, llenos de planes egoístas y ambiciosos. Un servicio tal no podía perfeccionar nada, pues estaba, en sí mismo, plenamente corrupto. La gracia de Dios no tenía ninguna relación con él.
Caifás era sumo sacerdote sólo aparentemente. Llevaba los vestidos sacerdotales, pero no tenía una relación vital con Dios. Era incircunciso de corazón. Orgulloso y altivo, demostró que por su indignidad nunca debería haber llevado las vestiduras del sumo sacerdote. No tenía autoridad celestial para ocupar ese puesto. No tenía ni un rayo de la luz de Dios que le mostrara lo que era la obra del sacerdote, o para qué se había instituido ese oficio (RH 12-6-1900).
6-13 (Mar. 14: 3-9; Juan 12: 1-8). Una ilustración de los métodos de Dios.-
Hay dádivas que distribuimos correctamente según el carácter y las necesidades de aquellos a quienes las damos. No muchos de los pobres habrían apreciado la ofrenda de María o el sacrificio de sí mismo que hizo nuestro Señor, que fue el más grande que podía haberse dado [hecho]. Aquel ungimiento fue un símbolo del rebosante corazón de la dadora; fue una demostración externa de un amor alimentado por corrientes celestiales, hasta que desbordó. Y ese ungimiento de María -que los discípulos llamaron derroche-, se repite mil veces en los sensitivos corazones de otros.
El Señor Dios es generoso en sus dádivas para nuestro mundo. Puede hacerse la pregunta: ¿Por qué demuestra el Señor tanta generosidad, tanto derroche, en la multitud de sus dádivas que no se pueden enumerar? El Señor anhela ser tan generoso con su familia humana, que no pueda decirse de él que podría haber hecho algo más. Cuando dio a Jesús a nuestro mundo, dio todo el cielo. Su amor es incomparable. No se reservó nada...
Para el razonamiento humano, todo el plan de salvación es un derroche de misericordias y recursos. Pero son dados para lograr la restauración de la imagen moral de Dios en el hombre. La expiación es supremamente capaz para asegurar mansiones celestiales a todos los que la reciben. La supuesta liberalidad de María es una ilustración de los métodos de Dios en el plan de salvación, pues la naturaleza y la gracia manifiestan, cuando se relacionan mutuamente, la ennoblecedora plenitud de la Fuente de la cual fluyen (MS 28, 1897).
14-16 (Mar. 14: 10-11; Luc. 22: 3-5; 1 Tim. 6: 10). Ningún pecado manifiesto.-
El amor al dinero en el corazón de Judas crecía con el ejercicio de sus perspicaces capacidades. Su capacidad financiera práctica habría sido de mucha utilidad para la pequeña iglesia si hubiera estado dirigida, iluminada y modelada por el Espíritu Santo, y mediante la santificación de su espíritu podría haber tenido una clara conciencia, un correcto discernimiento para apreciar las cosas celestiales. Pero Judas fomentaba constantemente planes sagaces, mundanos. No había en él ningún pecado manifiesto, pero sus conceptos astutos, el espíritu egoísta y mezquino que se posesionó de él, finalmente lo indujo a vender a su Señor por una pequeña suma de dinero (MS 28, 1897).
Judas confundió dos clases de experiencias.-
Hay dos clases de experiencias: la ostentación externa y la obra interior. Lo divino y lo humano operaban en el carácter de Judas. Satanás modelaba lo humano; Cristo, lo divino. El Señor Jesús anhelaba ver que Judas se pusiera a la altura de los privilegios que le habían sido dados. Pero la parte humana del carácter de Judas se mezcló con sus sentimientos religiosos, y él los consideró como atributos esenciales. Al considerarlo así, dejó abierta la puerta para que entrara Satanás y se posesionara de todo su ser. Si Judas hubiese practicado las lecciones de Cristo, se hubiera entregado a Cristo y consagrado plenamente su corazón a Dios; pero su confundida experiencia lo estaba descarriando (MS 28, 1897).
Un fraude religioso.-
El caso de Judas me fue presentado como una lección para todos. Judas estuvo con Cristo durante todo el período del ministerio público del Salvador. Tuvo todo lo que Cristo podía darle. Si hubiese usado sus capacidades con ferviente diligencia, podría haber acumulado talentos. Si hubiese procurado ser una bendición en vez de ser un hombre polémico, criticón y egoísta, el Señor lo hubiera usado para promover su reino. Pero Judas era especulador. Pensaba que podía manejar las finanzas de la iglesia y adquirir ganancias mediante su astucia comercial. Su corazón estaba dividido. Amaba la alabanza del mundo. Se resistía a renunciar al mundo por Cristo. Nunca entregó a Cristo sus intereses eternos. Tenía una religión superficial, y por eso especuló con [vendió a] su Maestro y lo traicionó con los sacerdotes, pues estaba plenamente convencido de que Cristo no permitiría que lo apresaran.
Judas fue un fraude en religión. Mantenía una norma elevada para otros, pero él fracasó completamente en alcanzar la norma bíblica. No permitió que la religión de Cristo penetrara en su vida. ¿Cuántos, hoy día, como Judas, están traicionando a su Señor? Los que son fraudulentos en los negocios, sacrifican a Cristo por las ganancias y manifiestan una sabiduría que concuerda con la de Satanás. El que posee la fe que obra por el amor y purifica el alma, tendrá como norma de su vida el no especular para buscar ganancias egoístas (Carta 40, 1901.)
(Mar. 3: 19.) Jesús trató sabiamente a Judas.-
Cuando Cristo permitió que Judas se asociara con él como uno de los doce, sabía que Judas estaba poseído del demonio del egoísmo. Conocía que su falso discípulo lo traicionaría, y sin embargo no lo separó de los otros discípulos alejándolo de él. Estaba preparando la mente de esos hombres para su muerte y ascensión, y previó que si alejaba a Judas, Satanás lo usaría para divulgar informes que serían difíciles de explicar.
Los dirigentes de la nación judía estaban alerta, procurando encontrar algo que pudieran usar para contrarrestar las palabras de Cristo. El Salvador sabía que si alejaba a Judas, éste podía interpretar tan mal y tergiversar de tal modo sus declaraciones que los judíos aceptarían una falsa versión de sus palabras, y usarían esa versión para ocasionar un terrible daño a los discípulos, y para dejar en la mente de los enemigos de Cristo la impresión de que los judíos tenían razón al asumir la actitud que habían tomado contra Jesús y sus discípulos.
Por lo tanto, Cristo no alejó a Judas de su presencia, sino lo mantuvo a su lado para poder contrarrestar la influencia que él pudiera ejercer contra su obra (RH 12-5-1903).
26-29.
Ver EGW com. 1 Cor. 11: 18-34, 23-26.
28 (1 Cor. 11: 25; ver EGW com. Lev. 17: 11). La copa pacificadora.-
El sacrificio expiatorio es pleno y suficiente. Es el nuevo pacto sellado con la sangre de Cristo, que derramó para la remisión de los pecados de muchos. Esto declaró Cristo durante la última cena. Para los que la beben con fe, en esa copa hay eficacia pacificadora y que limpia el alma. Es el bálsamo de Galaad que Dios ha provisto para restaurar la salud y la sanidad al alma herida por el pecado (Carta 108, 1899).
31-35 (Mar. 14: 27-31; Luc. 22: 31-34; Juan 13: 36-38; 1 Cor. 10: 12). El arrogante continúa apoyándose en una supuesta fuerza.-
Muchos están hoy en la condición en que estuvo Pedro cuando con arrogancia declaró que no negaría a su Señor. Y debido a esa arrogancia son fácil víctima de las trampas de Satanás. Los que reconocen su debilidad confían en un poder superior a ellos mismos. Y mientras acudan a Dios, Satanás no tendrá poder sobre ellos. Pero los que confían en sí mismos son fácilmente derrotados. Recordemos que si no prestamos atención a las advertencias que Dios nos da, pronto caeremos. Cristo no evitará las heridas del que entra espontáneamente en el terreno del enemigo. El permite que el arrogante, el que actúa como si supiera más que su Señor, siga adelante con su supuesta fuerza. Después vienen sufrimientos y una vida estropeada, o quizá la derrota y la muerte (MS 115, 1902).
36-46 (Mar. 14: 32-42; Luc. 22: 39-46; ver EGW com. Ecl. 8: 11). Satanás intentó aplastar a Cristo.-
Ante el pensamiento del carácter atroz de la culpabilidad del mundo Cristo sintió que debía apartarse y estar solo. Las huestes de las tinieblas estaban allí para hacer que el pecado pareciera tan difundido, tan profundo y horroroso como fuera posible. Satanás en su odio contra Dios, en la tergiversación del carácter divino, manifestando irreverencia, desprecio y odio para con las leyes del gobierno de Dios, había hecho que la iniquidad llegara hasta el cielo. Tenía el propósito de incrementar la maldad hasta que alcanzara tales proporciones que pareciera imposible la expiación, de modo que el Hijo de Dios, que procuraba salvar al mundo perdido, quedara aplastado bajo la maldición del pecado. La obra del enemigo vigilante, al presentar ante Cristo los vastos alcances de la transgresión, causó a Jesús un dolor tan intenso que sintió que no podría permanecer en la presencia inmediata de ningún ser humano. No pudo soportar que ni aun sus discípulos fueran testigos de su agonía mientras contemplaba el infortunio del mundo. No debían estar en su compañía ni siquiera sus amigos más amados. Se había desenvainado la espada de la justicia, y la ira de Dios contra la iniquidad descansaba sobre el sustituto del hombre: Jesucristo, el unigénito del Padre.
Cristo sufrió en lugar del hombre en el huerto de Getsemaní, y la naturaleza humana del Hijo de Dios vaciló bajo el terrible horror de la culpabilidad del pecado, hasta que de sus pálidos y vacilantes labios brotó el clamor agonizante: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa", pero si no hay otra forma por la cual pueda alcanzarse la salvación del hombre caído, entonces "no sea como yo quiero, sino como tú". La naturaleza humana habría entonces muerto allí bajo el horror de la presión del pecado, si un ángel del cielo no hubiera fortalecido a Cristo para que soportara la agonía.
El poder que infligió la justicia retributiva al Sustituto y Garantía del hombre, fue el poder que mantuvo y sostuvo al Doliente bajo el tremendo peso de la ira que habría caído sobre un mundo pecador. Cristo sufría la muerte que correspondía a los transgresores de la ley de Dios.
Para el pecador impenitente es algo horrendo caer en las manos del Dios vivo. Esto lo comprueba la historia de la destrucción del mundo antiguo mediante un diluvio, y la historia del fuego que cayó del cielo y destruyó a los habitantes de Sodoma. Pero esto nunca quedó tan comprobado como en la agonía de Cristo, el Hijo del Dios infinito, cuando soportó la ira de Dios en lugar de un mundo pecaminoso. Como consecuencia del pecado, de la transgresión de la ley de Dios, el huerto de Getsemaní se ha convertido principalmente en el lugar de sufrimiento para un mundo pecador. Ningún dolor, ninguna agonía pueden compararse con los que soportó el Hijo de Dios. No corresponde al hombre ser portador de pecados, y nunca conocerá el horror de la maldición del pecado que llevó el Salvador. Ningún dolor puede compararse de manera alguna con el dolor de Aquel sobre quien cayó la ira de Dios con fuerza abrumadora. La naturaleza humana sólo puede soportar hasta cierto límite la prueba y la aflicción; el hombre finito sólo puede llevar sobre sí una medida limitada de sufrimientos, y la naturaleza humana sucumbe. Pero la naturaleza de Cristo tenía una capacidad mayor para sufrir, pues lo humano existía dentro de la naturaleza divina, y así se creaba una capacidad para sufrir y soportar el resultado de los pecados de un mundo perdido. La agonía que sufrió Cristo amplía, profundiza y da un concepto más vasto del carácter del pecado y de la naturaleza del castigo que Dios hará descender sobre los que continúan en el pecado. "La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús" para el pecador arrepentido y creyente (MS 35, 1895).
(Gén. 3: 1-24.) Edén y Getsemaní.-
El huerto del Edén con su desobediencia, y el huerto de Getsemaní con su obediencia, se presentan ante nosotros. ¡Qué acción tan costosa fue la del Edén! ¡Cuánto no abarcó el fatal momento de comer el fruto prohibido! Sin embargo, muchos están siguiendo las mismas huellas, desobedeciendo, apartándose de la ley de Dios. Cuando los hombres comienzan egoístamente a desobedecer a Dios, continúan haciéndolo imperceptiblemente. No calculan cuál será el seguro resultado cuando entran en el camino de la tentación, y apenas si hacen débiles esfuerzos para resistir, y algunos no hacen ningún esfuerzo. Pero cuando se despliegue el rollo, y Dios lo examine, encontrará que él ha sido negado en este lugar, deshonrado en otro; y a medida que el rollo se abre más y más, se revelan los resultados de los actos que no fueron cristianos. La Palabra de Dios no sirvió de alimento; por lo tanto, los actos de ellos no fueron el resultado de comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios (Carta 69, 1897).
El huerto del Edén, con su inmundo borrón de desobediencia, debe estudiarse cuidadosamente y compararse con el huerto de Getsemaní, donde el Redentor del mundo 1079 sufrió una agonía sobrehumana cuando los pecados de todo el mundo fueron acumulados sobre él... Adán no se detuvo para calcular los resultados de su desobediencia (MS 1, 1892).
39.
Ver EGW com. Rom. 8: 11.
42 (Mar. 14: 36; Luc. 12: 50; 22: 42, 53; Fil. 2: 7). Más fuerte que el deseo humano.-
La naturaleza humana de Cristo era semejante a la nuestra, y sintió más intensamente los sufrimientos, pues su naturaleza espiritual estaba libre de toda mancha de pecado. Por lo tanto, su deseo de que se eliminara el sufrimiento fue mayor que el que pueden experimentar los seres humanos. Cuán intenso fue el deseo de la humanidad de Cristo de escapar de un Dios disgustado y ofendido, y cuánto anheló su alma un alivio, se revela en las palabras: "Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad".
Sin embargo, Cristo no había sido forzado a dar ese paso. El había tenido en cuenta esta lucha. Había dicho a sus discípulos: "De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!" "Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas". Se había ofrecido voluntariamente a dar su vida para salvar al mundo (ST 9-12-1897).
43 (Mar. 14: 40; Luc. 22: 45). Un cuadro de una iglesia que duerme.-
La naturaleza humana de Cristo anhelaba tener siquiera la simpatía de sus discípulos en esta terrible hora de prueba. Se levantó de la tierra por segunda vez y fue a ellos, y los encontró durmiendo. No era un sueño profundo; estaban amodorrados. Sólo comprendían parcialmente el sufrimiento y la angustia de su Señor. Jesús se inclinó por un momento sobre ellos con ternura, y los miró con sentimientos mezclados de amor y compasión. En esos discípulos dormidos vio una representación de una iglesia que duerme. Estaban dormidos cuando debían estar velando (Sufferings of Christ, pp. 19-20).
57 (Juan 18: 13-14). No tenían por qué ser instrumentos de injusticia.-
Caifás era el que debía ocupar el sacerdocio cuando el símbolo se encontrara con la realidad, cuando comenzara a oficiar el verdadero Sumo Sacerdote. Cada actor de la historia está en su puesto y su lugar, pues la gran obra de Dios, de acuerdo con su propio plan, será hecha por hombres que se han preparado para ocupar puestos para bien o para mal. Cuando los hombres se oponen a la justicia se convierten en instrumentos de injusticia; pero no están obligados a tomar este curso de acción. No tienen por qué convertirse en instrumentos de injusticia, como tampoco Caín estuvo obligado a serlo (RH 12-6-1900).
63-64 (Mar. 14: 61-62; Luc. 22: 70). Un momento maravilloso.-
Esta es una de las ocasiones cuando Cristo confesó públicamente su derecho de ser el Mesías, Aquel a quien los judíos durante tanto tiempo habían anhelado. Este fue uno de los momentos más maravillosos de la vida de Cristo, por estar tan lleno de grandes resultados. Comprendió que debía ponerse a un lado todo disimulo. Debía presentarse abiertamente la declaración de que él era uno con Dios. Sus jueces lo consideraban sólo como un hombre y pensaron que era culpable de una atrevida blasfemia. Pero él se proclamó a sí mismo como el Hijo de Dios. Afirmó totalmente su carácter divino ante los dignatarios que lo habían procesado ante su tribunal terreno. Sus palabras, pronunciadas con calma, pero con poder consciente, demostraban que reclamaba para sí las prerrogativas del Hijo de Dios (MS 111, 1897).
65 (Mar. 14: 63). Los mantos sacerdotales no debían ser rasgados.-
En el monte se le dio a conocer a Moisés el modelo de los mantos sacerdotales. Se le especificó cada prenda que debía llevar el sumo sacerdote y la forma en que debía ser hecha. Esa vestidura estaba consagrada a un propósito solemnísimo. Esa vestidura representaba el carácter de la gran realidad [antitipo], Jesucristo. Los mantos cubrían al sacerdote con gloria y belleza, y hacían destacar la dignidad de su oficio. Cuando el sumo sacerdote se vestía con ellos, se presentaba como un representante de Israel, que mostraba con su atavío la gloria que Israel debería revelar al mundo como el pueblo escogido de Dios. Nada que no fuera la perfección en vestidura y comportamiento, en espíritu y en palabra, sería aceptable para Dios. El es santo, y su gloria y perfección debían representarse en el servicio terrenal. Nada que no fuera la perfección podía representar adecuadamente el carácter sagrado del servicio celestial. El hombre limitado podía rasgar su propio corazón mostrando un espíritu contrito y humilde, pero no debía rasgar los mantos sacerdotales (YI 7-6-1900).
Una apariencia externa.-
El sacerdocio se había pervertido de tal manera, que cuando Cristo declaró que era el Hijo de Dios, Caifás con fingido horror rasgó su manto y acusó de blasfemia al Santo de Israel.
Muchos que afirman hoy que son cristianos están en peligro de rasgar sus vestiduras haciendo una demostración de arrepentimiento, aun cuando su corazón no se ha enternecido ni subyugado. Por eso hay tantos que continúan fracasando en la vida cristiana. Se manifiesta un aparente dolor por el mal, pero su arrepentimiento no es aquel del cual uno no necesita arrepentirse (RH 12-6-1900).
Se rasgó el corazón de Cristo.-
Cuán diferente era el verdadero Sumo Sacerdote del falso y corrupto Caifás. Cristo, puro e incontaminado, sin una mancha de pecado, estaba de pie frente al falso sumo sacerdote.
Cristo lloró por la transgresión de cada ser humano. Llevó inclusive la culpabilidad de Caifás, aunque conocía la hipocresía que había en su alma mientras rasgaba su manto en un alarde externo. Cristo no rasgó su manto, pero su alma fue rasgada. Su vestidura de carne humana fue rasgada mientras colgaba de la cruz el que llevó los pecados de la raza humana. Mediante sus sufrimientos y su muerte se abrió un camino nuevo y viviente (RH 12-6-1900).
(Lev. 10: 6.) Una prohibición positiva.-
La costumbre general era que las vestiduras se rasgaban cuando morían los amigos. Sólo el sumo sacerdote era una excepción a esta costumbre. Aun a Aarón se le prohibió que demostrara su dolor y duelo rasgando sus vestiduras cuando perdió a sus dos hijos porque no glorificaron a Dios como se les había especificado. La prohibición era positiva [se cita Lev. 10: 6] (MS 102, 1897).
El culpable pronunció sentencia contra el inocente.-
Por haber rasgado así su vestidura, con un fingido celo, el sumo sacerdote podría haber sido procesado ante el sanedrín. Había hecho precisamente lo que el Señor había ordenado que no se hiciera. Estaba bajo la condenación de Dios, pero pronunció sentencia contra Cristo como blasfemo. Hizo todas sus acciones en relación con Cristo como un juez sacerdotal, como un sumo sacerdote en el ejercicio de sus funciones; pero no lo era por designación de Dios. El manto sacerdotal que rasgó para impresionar al pueblo con su horror por el pecado de blasfemia, cubría un corazón lleno de impiedad. Actuaba inspirado por Satanás. Bajo una suntuosa vestidura sacerdotal estaba cumpliendo la obra del enemigo de Dios. Esto ha sido hecho vez tras vez por sacerdotes y gobernantes.
La vestidura rasgada puso fin al sacerdocio de Caifás. Con su propia acción se descalificó para el oficio sacerdotal. Después de la condenación de Cristo no pudo actuar sin mostrar la ira más irrazonable. Lo castigaba su conciencia torturada, pero no sentía ese dolor que induce al arrepentimiento.
La religión de los que crucificaron a Cristo era un fingimiento. Las vestiduras sacerdotales, que deberían haber sido santas, cubrían corazones que estaban llenos de corrupción, malignidad y crímenes. Interpretaban que la piedad era una fuente de ganancias. Los sacerdotes no eran nombrados por Dios sino por un gobierno incrédulo. El cargo del sacerdocio era comprado y vendido como bienes comerciales. Caifás obtuvo el cargo de ese modo. No era un sacerdote nombrado por Dios según el orden de Melquisedec. Se dejó comprar y vender para obrar iniquidad. Nunca supo lo que era ser obediente a Dios. Tenía apariencia de piedad, y eso le daba poder para oprimir (MS 102, 1897).
CAPÍTULO 27
15-26 (Mar. 15: 6-15; Luc. 23: 18-25; Juan 18: 39-40). Un símbolo de los últimos días.-
La escena del recinto del tribunal de Jerusalén es un símbolo de lo que sucederá en las escenas finales de la historia de la tierra. El mundo aceptará a Cristo, la Verdad, o aceptará a Satanás, el primer gran rebelde, ladrón, apóstata y asesino. Rechazará el mensaje de misericordia relacionado con los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, o aceptará la verdad tal como es en Jesús. Si acepta a Satanás y sus falsedades, se identificará con el padre de todos los mentirosos y con todos los que son desleales, mientras tanto se alejará de un personaje que es nada menos que el Hijo del Dios infinito (RH 30-1-1900).
Un asunto de elección.-
Cuando Jesús estuvo en la tierra, Satanás indujo a la gente para que rechazara al Hijo de Dios y eligiera a Barrabás, que en carácter representaba a Satanás, el dios de este mundo. El Señor Jesucristo vino para luchar con Satanás por haber usurpado los reinos del mundo. El conflicto no ha terminado todavía; y a medida que nos acercamos a la terminación del tiempo, la batalla crece en intensidad. A medida que se acerca la segunda aparición de nuestro Señor Jesucristo, instrumentos satánicos son impulsados desde abajo. Satanás no sólo aparecerá como un ser humano, sino que personificará a Jesucristo; y el mundo que ha rechazado la verdad lo recibirá como el Señor de señores y Rey de reyes. Ejercerá su poder e influirá sobre la imaginación humana. Corromperá tanto las mentes como los cuerpos de los hombres, y obrará mediante los hijos de desobediencia, fascinando y hechizando como lo hace una serpiente. ¡Qué espectáculo será el mundo para las inteligencias celestiales! ¡Qué espectáculo contemplará Dios, el Creador del mundo!
La forma que tomó Satanás en el Edén cuando indujo a nuestros primeros padres para que desobedecieran fue de un carácter como para dejar perpleja y confundida la mente. A medida que nos acerquemos al fin de la historia, procederá de una manera igualmente sutil. Empleará todo su poder engañador sobre los seres humanos para completar la obra de engañar a la familia humana. Tan engañoso será en su obra, que los hombres procederán en la misma forma en que lo hicieron en los días de Cristo. Y cuando se les pregunte: "¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús?", el clamor casi universal será: "¡A Barrabás! ¡A Barrabás!" Y cuando se les presente la pregunta: "¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos?", el clamor de nuevo será: "¡Crucifícale!"
Cristo será representado en la persona de los que acepten la verdad y que identifiquen sus intereses con los de su Señor. El mundo se airará contra ellos en la misma forma en que se airó contra Cristo, y los discípulos de Cristo sabrán que no serán tratados mejor que su Señor. Sin embargo, Cristo ciertamente identificará sus intereses con los de aquellos que lo acepten como su Salvador personal. Cada insulto, cada reproche, cada calumnia hecha contra ellos por los que han apartado sus oídos de la verdad y han hecho caso de fábulas, se cargará contra los culpables como si lo hubieran hecho a Cristo en la persona de sus santos (RH 14-4-1896).
Cuando Cristo estuvo en esta tierra, el mundo prefirió a Barrabás. Y hoy día el mundo y la iglesia están haciendo la misma elección. Las escenas de la traición, el rechazo y la crucifixión de Cristo se han repetido y otra vez se repetirán en inmensa escala. Habrá personas llenas de las características del enemigo, y mediante aquellas sus engaños tendrán un gran poder. En el mismo grado en que se rechace la luz habrá conceptos erróneos e incomprensiones. Los que rechazan a Cristo y eligen a Barrabás proceden de acuerdo con un funesto engaño. Las tergiversaciones y los falsos testimonios aumentarán hasta convertirse en una franca rebelión. Si el ojo es malo, todo el cuerpo será tenebroso. Los que entregan su afecto a cualquier dirigente que no sea Cristo, encontrarán que su cuerpo, alma y espíritu estarán bajo el dominio de un apasionamiento irrazonable que será tan fascinador que bajo su poder el alma se aparta de escuchar la verdad para creer en una mentira. Están entrampados y cautivados, y con cada acto claman: "Suéltanos a Barrabás, pero crucifica a Cristo".
Ahora mismo se está haciendo esta decisión. Se están repitiendo las escenas que se desarrollaron cerca de la cruz. En las iglesias que se han apartado de la verdad y de la rectitud se está revelando lo que la naturaleza humana puede hacer y hará cuando el amor de Dios no es un principio estable en el alma. No debemos sorprendernos de cosa alguna que suceda ahora. No debemos maravillarnos del desarrollo que pueda alcanzar el horror. Los que pisotean con sus profanos pies la ley de Dios tienen el mismo espíritu de los que insultaron y traicionaron a Jesús. Sin ningún remordimiento de conciencia ejecutarán los actos de su padre, el diablo. Harán la misma pregunta que salió de los traidores labios de Judas: "¿Qué me queréis dar si os entrego a Jesús, el Cristo?" Cristo está siendo traicionado ahora mismo en la persona de sus santos.
En vista de la historia de la vida y muerte de Cristo, ¿podemos sorprendernos porque el mundo es falso e insincero? En nuestros días, ¿podemos confiar en hombre o poner carne por nuestro brazo? ¿No escogeremos a Cristo como nuestro Caudillo? Sólo él puede salvarnos del pecado.
Cuando el mundo sea finalmente llamado a juicio ante el gran trono blanco para rendir cuentas por haber rechazado a Jesucristo, el legítimo mensajero de Dios para nuestro mundo, ¡cuán solemne será esa escena! ¡Qué ajuste de cuentas tendrá que hacerse por haber clavado en la cruz a Aquel que vino a nuestro mundo como una carta viviente de la ley! Dios hará a cada uno la pregunta: ¿Qué has hecho con mi Hijo unigénito? ¿Qué contestarán los que se han negado a aceptar la verdad? Serán obligados a decir: Aborrecimos a Jesús y lo echamos fuera. Clamamos: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! En lugar de él, elegimos a Barrabás. Si aquellos a quienes les es presentada la luz del cielo la rechazan, rechazan a Cristo. Rechazan el único medio por el cual podrían haber sido limpiados de la contaminación, Crucifican para sí mismos de nuevo al Hijo de Dios y lo exponen a vituperio. A ellos se les dirá: "Nunca os conocí; apartaos de mí". Dios vengará ciertamente la muerte de su Hijo (RH 30-1-1900)
21.
Ver EGW com. Rom. 3: 19.
21-22, 29 (Fil. 2: 9; Heb. 2: 9; Apoc. 6: 16; 14: 10). Dos clases de coronas.-
¿En qué lado estamos? El mundo echó fuera a Cristo; los cielos lo recibieron. El hombre, el hombre finito, rechazó al Príncipe de la vida; Dios, nuestro Gobernante soberano, lo recibió en los cielos. Dios lo ha ensalzado. El hombre lo coronó con una corona de espinas; Dios lo ha coronado con una corona de majestad real. Todos debemos pensar sinceramente. ¿Permitiréis que este hombre Cristo Jesús os rija, o preferiréis a Barrabás? La muerte de Cristo trae sobre el que rechaza su misericordia la ira y los juicios de Dios sin mezcla de misericordia. Esta es la ira del Cordero. Pero la muerte de Cristo es esperanza y vida eterna para todos los que lo reciben y creen en él (Carta 31, 1898).
Bajo la negra bandera de Satanás.-
Cada hijo e hija de Adán elige como su general a Cristo o a Barrabás. Y todos los que se colocan al lado del desleal están bajo la negra bandera de Satanás, y se los acusa de rechazar a Cristo y de proceder malignamente con él. Se los acusa de crucificar deliberadamente al Señor de la vida y de la gloria (RH 30-1-1900).
22-23 (Mar. 15: 12-14; Luc. 23: 20-23; Juan 19: 14-15). Una escena representativa.-
La escena que transcurrió en Jerusalén cuando Cristo fue traicionado y rechazado representa la escena que acontecerá en la futura historia del mundo, cuando Cristo sea finalmente rechazado. El mundo religioso se pondrá de parte del primer gran rebelde y rechazará el mensaje de misericordia que se relaciona con los mandamientos de Dios y la fe de Jesús (MS 40, 1897).
25-26 (Mar. 15: 14-15; Luc. 23: 23-24; Juan 19: 15-16). Los ángeles no pudieron intervenir.-
¡Asombraos, oh cielos! ¡Avergonzaos eternamente, oh habitantes de la tierra! Con dolor e indignación los ángeles oyeron la elección hecha por la gente y la sentencia pronunciada sobre Cristo. Pero no pudieron intervenir, pues en el gran conflicto entre el bien y el mal se debía dar a Satanás toda oportunidad posible para que demostrara su verdadero carácter, a fin de que el universo celestial y la raza por la cual Cristo estaba dando su vida pudieran ver la justicia de los propósitos de Dios. Los que estaban bajo el dominio del enemigo debían poder revelar los principios del gobierno de éste (MS 136, 1899).
32 (Mar. 15: 21; Luc. 23: 26). Un medio de conversión.-
La cruz que él [Simón] fue obligado a llevar se convirtió en el medio de su conversión. Sintió una profunda simpatía por Jesús; y los acontecimientos del Calvario y las palabras pronunciadas por el Salvador lo llevaron a reconocer que era el Hijo de Dios (MS 127, sin fecha).
37 (Sal. 85: 10; Mar. 15: 26; Luc. 23: 38; Juan 19: 19). Un letrero dispuesto.-
Mirad el letrero escrito sobre la cruz. El Señor lo dispuso. Escrito en hebreo, griego y latín, era una invitación para que vinieran todos: judíos y gentiles, bárbaros y escitas, siervos y libres, desesperanzados, desvalidos y desfallecientes. Cristo ha anulado el poder de Satanás. Se aferró de las columnas del reino de Satanás y pasó a través del conflicto destruyendo al que tenía el imperio de la muerte. Entonces se abrió un camino por el cual podían encontrarse la misericordia y la verdad y podían besarse la justicia y la paz (MS 111, 1897).
38 (Mar. 15: 27; Luc. 23: 33; Juan 19: 18). Cristo fue colocado como el criminal más destacado.-
José y Nicodemo observaron cada suceso durante la condenación y crucifixión de Cristo. Nada se les escapó. Esos hombres eran diligentes escudriñadores de las Escrituras, y quedaron profundamente indignados cuando vieron que ese hombre, a quien los jueces habían declarado completamente inocente, era colocado entre dos ladrones, "uno a cada lado, y Jesús en medio" Esta posición fue ordenada por los príncipes de los sacerdotes y los gobernantes para que mediante ella todos pudieran juzgar que Cristo era el más destacado de los tres (MS 103, 1897).
42.
Ver EGW com. Luc. 24: 13-15.
45 (Mar. 15: 33; Luc. 23: 44). En señal de simpatía y confirmación.-
La oscuridad que cubrió el rostro de la naturaleza expresó su simpatía con Cristo durante su agonía. Demostró a la humanidad que el Sol de justicia, la Luz del mundo estaba retirando sus 1083 rayos de la una vez favorecida ciudad de Jerusalén y del mundo. Fue un milagroso testimonio dado por Dios para que pudiera ser confirmada la fe de generaciones posteriores (3SP 167).
Dios y sus ángeles revestidos de oscuridad.-
La oscura nube de transgresión humana se colocó entre el Padre y el Hijo. La interrupción de la comunión entre Dios y su Hijo produjo un estado de cosas en las cortes celestiales que no puede ser descrito con el lenguaje humano. La naturaleza no pudo presenciar una escena tal: la de Cristo que agonizaba llevando el castigo de las transgresiones del hombre. Dios y sus ángeles se revistieron de oscuridad, y ocultaron al Salvador de las miradas de la curiosa multitud mientras bebía las últimas heces de la copa de la ira de Dios (Carta 139, 1898).
45 - 46 (vers. 54; Mar. 15: 33- 34, 39; Luc. 23: 46- 47; Juan 19: 30). Las circunstancias sembraron la semilla.-
La convicción que impresionó a muchos durante el juicio de Cristo, en el momento cuando las tres horas de oscuridad envolvieron la cruz sin que hubiera ninguna causa natural, y cuando fueron pronunciadas las últimas frases: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?", "Consumado es" y "En tus manos encomiendo mi espíritu", fueron semilla sembrada que maduró convirtiéndose en una cosecha cuando el Evangelio fue más tarde valientemente proclamado por los discípulos de Cristo. El sacudimiento de la tierra, el grito desgarrador y la muerte súbita que hizo que brotara con fuerza el clamor: "Consumado es", obligaron a muchos a declarar: "Verdaderamente este hombre era justo"; "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Muchos que habían mofado y escarnecido al Hijo de Dios y lo habían vilipendiado, se asustaron muchísimo pensando que la tierra que temblaba y las rocas quebradas y sacudidas pusieran fin a sus vidas. Se alejaron rápidamente de la escena golpeándose el pecho, tropezando y cayendo con tremendo terror, no fuera que la tierra se abriera y se los tragara. El velo del templo que se rasgó tan misteriosamente, hizo cambiar las ideas religiosas de muchos de los sacerdotes, judíos, y un gran grupo cambió su fe. Leemos que, después de los días de Pentecostés, "crecía la palabra del Señor; y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe. Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo" (MS 91, 1897).
El Padre sufrió con el Hijo.-
En las escenas que transcurrieron en la sala del tribunal y en el Calvario, vemos de cuánto es capaz el corazón humano cuando está bajo la influencia de Satanás. Cristo se sometió a la crucifixión, aunque la hueste angélica podría haberlo liberado. Los ángeles sufrieron con Cristo. Dios mismo fue crucificado con Cristo, pues Cristo era uno con el Padre. Los que rechazaron a Cristo, los que no quisieron que ese hombre los gobernara, escogieron colocarse bajo el dominio de Satanás y hacer su obra como esclavos suyos. Sin embargo, Cristo entregó por ellos su vida en el Calvario (BE 6-8-1894).
50 (Mar. 15: 37; Luc. 23: 46; Juan 19: 30; Heb. 2: 14). Satanás fue vencido por la naturaleza humana de Cristo.-
Cuando Cristo inclinó la cabeza y murió, echó por tierra las columnas del reino de Satanás. Derrotó a Satanás con la misma naturaleza sobre la cual él había obtenido la victoria en el Edén. El enemigo fue vencido por Cristo con su naturaleza humana. El poder de la Deidad del Salvador estaba oculto. Venció con la naturaleza humana dependiendo de Dios para su poder. Este es el privilegio de todos. Nuestra victoria será en proporción a nuestra fe (YI 25-4-1901).
51 (Mar. 15: 38; Luc. 23: 45; Efe. 2: 14 - 15; Col. 2: 14; Heb. 10: 19 - 20; ver EGW com. Juan 19: 30). Libre acceso para todos hasta el propiciatorio.-
Cristo estuvo clavado en la cruz entre la hora tercera y la hora sexta, es decir, entre las nueve y las doce. Murió en la tarde. Esta era la hora del sacrificio vespertino. Entonces el velo del templo se rasgó de arriba abajo, el cual ocultaba la gloria de Dios de la congregación de Israel.
La gloria oculta del lugar santísimo debía permanecer revelada mediante Cristo. El había sufrido la muerte por cada hombre, y por medio de esa ofrenda los hijos de los hombres se convertirían en los hijos de Dios. A cara descubierta y mirando como en un espejo la gloria del Señor, los creyentes en Cristo debían ser transformados en la misma imagen, de gloria en gloria. El propiciatorio, sobre el cual descansaba la gloria de Dios en el lugar santísimo, está abierto para todos los que aceptan a Cristo como propiciación por sus pecados; y de esa manera entran en comunión con Dios. El velo está rasgado, el muro de separación está derribado, está cancelada el acta de los decretos. Por virtud de su sangre la enemistad está abolida. Por la fe en Cristo, judíos y gentiles pueden participar del pan viviente (Carta 230, 1907).
(Cap. 26: 65; Dan. 5: 5, 25 - 28; Heb. 10: 19 - 20.) Israel, una nación excomulgada.-
En Cristo la sombra se encontró con su sustancia, el símbolo [tipo] con su realidad [antitipo]. Caifás bien podía rasgar sus vestiduras al sentir horror por sí mismo y por la nación, pues se estaban separando de Dios y rápidamente se estaban convirtiendo en un pueblo excomulgado por Jehová. No hay duda de que el candelabro estaba siendo sacado de su lugar.
La mano del sacerdote no fue la que rasgó de arriba abajo el hermoso velo que dividía el lugar santo del santísimo. Fue la mano de Dios. Cuando Cristo exclamó "Consumado es", el Vigilante Santo que había sido el huésped invisible en el festín de Belsasar dictaminó que la nación judía era una nación excomulgada. La misma mano que trazó sobre la pared los caracteres que registraron la condenación de Belsasar y el fin del reino de Babilonia, fue la que rasgó el velo del templo de arriba abajo abriendo un camino nuevo y viviente para todos, encumbrados y humildes, ricos y pobres, judíos y gentiles. Desde ese momento la gente podría ir a Dios sin sacerdote ni gobernante (MS 101, 1897).
(Heb. 6: 19; 8: 6 - 7; 10: 19 - 20.) La presencia de Dios retirada del santuario terrenal.-
Cuando Dios rasgó el velo del templo, dijo: No puedo revelar más mi presencia en el lugar santísimo. Un Camino nuevo y vivo, frente al cual no cuelga ningún velo, se ofrece a todos. La humanidad pecaminosa Y doliente no necesita más esperar la venida del sumo sacerdote.
El símbolo y la realidad [tipo y antitipo] se habían encontrado en la muerte del Hijo de Dios. El Cordero de Dios había sido ofrecido como sacrificio. Era como si una voz hubiera dicho a los adoradores: "Han llegado a su fin todos los sacrificios y las ofrendas" (VI 21-6-1900).
Un nuevo camino abierto para el hombre caído.-
Cuando Cristo exclamó en la cruz "Consumado es", el velo del templo se rasgó en dos. Ese velo significaba mucho para la nación judía. Estaba hecho con un material costosísimo, de púrpura y oro, y era muy largo y ancho. Cuando Cristo exhaló el último suspiro, había testigos en el templo que contemplaron cómo el fuerte y pesado material era rasgado de arriba abajo por manos invisibles. Ese acto significaba para el universo celestial y para un mundo corrompido por el pecado, que un camino nuevo y vivo había sido abierto para la raza caída, que todos los sacrificios ceremoniales habían terminado con el gran sacrificio del Hijo de Dios. El que había morado hasta ese momento en el templo hecho de manos, se había ido para nunca más impartirle gracia con su presencia (ST 8-12-1898).
52 - 53 (ver EGW com. cap. 28: 2 - 4). Los sacerdotes y gobernantes supieron de la resurrección.-
Los cautivos que salieron de las tumbas cuando Jesús resucitó, fueron sus trofeos como Príncipe vencedor. Así confirmó su victoria sobre la muerte y el sepulcro; así dio una garantía y las arras de la resurrección de todos los justos muertos. Los que fueron llamados de sus tumbas llegaron a la ciudad y aparecieron a muchos como resucitados, testificando que ciertamente Jesús había resucitado de los muertos y que ellos habían resucitado con él...
Los sacerdotes y gobernantes supieron muy bien que algunas personas muertas habían resucitado con la resurrección de Jesús. Les fueron presentados informes auténticos por diferentes personas que habían visto a los resucitados y habían conversado con ellos, y habían oído su testimonio de que Jesús, el Príncipe de la vida, a quien habían muerto los sacerdotes y gobernantes, había resucitado de entre los muertos (3SP 223).
54 (Mar. 15: 39; Luc. 23: 47; ver EGW coro. vers. 45 - 46; Juan 1: 13-14). El sermón en acción.-
[Se cita Mat. 27: 54.]... ¿Qué instruía y convencía tanto a esos hombres para que no pudieran evitar de confesar su fe en Jesús? Fue el sermón pronunciado por cada acción de Cristo y por su silencio cuando fue cruelmente maltratado. Mientras era juzgado cada uno parecía competir con el otro en hacer que la humillación de Jesús fuera lo más degradante posible. Pero su silencio fue elocuente. El centurión reconoció la forma del Hijo de Dios en el cuerpo lacerado que colgaba de la cruz (MS 115, 1897).
CAPÍTULO 28
1.
Ver EGW com. Mar. 16: 1-2. 1085
2. Un ángel poderosísimo causó el terremoto.-
Hubo un gran terremoto antes de que alguno llegara al sepulcro. El ángel más poderoso del cielo, el que ocupaba el lugar del cual cayó Satanás, recibió su orden del Padre y, revestido con la panoplia del cielo, quitó las tinieblas de su camino. Su rostro era como un relámpago y sus vestidos blancos como la nieve. Tan pronto como sus pies tocaron la tierra ésta tembló bajo su pisada. Los guardias romanos estaban cumpliendo con su cansadora vigilancia cuando sucedió esta maravillosa escena, y se les dio fuerza para que soportaran el espectáculo, pues tenían que dar un mensaje como testigos de la resurrección de Cristo. El ángel se aproximó a la tumba, apartó la piedra como si hubiera sido un guijarro, y se sentó sobre ella. La luz del cielo rodeó la tumba y todo el cielo fue iluminado con la gloria de los ángeles. Entonces se oyó su voz: "Tu Padre te llama; sal fuera" (MS 115, 1897).
2 - 4 (cap. 24: 30; 27: 52 - 53; Isa. 24: 20; Juan 5: 28 - 29; 1 Tes. 4: 16; Apoc. 6: 14 - 17). Una imagen viviente de la gloria.-
En esta escena de la resurrección del Hijo de Dios se da una imagen viviente de la gloria que será revelada en la resurrección general de los justos, cuando Cristo aparezca por segunda vez en las nubes del cielo. Entonces los muertos que están en sus tumbas oirán su voz y saldrán a resurrección de vida; y no sólo la tierra sino los cielos mismos serán sacudidos. Unas pocas tumbas se abrieron cuando resucitó Cristo, pero en su segunda venida todos los preciosos muertos, desde el justo Abel hasta el último santo que muera, serán despertados a la vida gloriosa e inmortal.
Si los soldados que estaban cerca del sepulcro se llenaron de tanto terror ante la aparición de un ángel revestido de luz y fortaleza celestiales, hasta el punto de que cayeron como muertos, ¿cómo estarán sus enemigos ante el Hijo de Dios cuando venga con poder y gran gloria acompañado por miríadas de miríadas y millares de millares de ángeles procedentes de las cortes celestiales? Entonces la tierra temblará como un ebrio y será removida como una choza. Los elementos arderán y los cielos se enrollarán como un pergamino (ST 22-4-1913).
5 - 6.
Ver EGW coro. Mar. 16: 6.
17. La duda cierra la puerta a las bendiciones.-
Pero algunos dudaban. Siempre será así. A algunos les es difícil ejercer fe, y se unen con los que dudan. Los tales pierden mucho por su incredulidad. Si controlaran sus sentimientos y no permitieran que la duda proyectara una sombra sobre su mente y la mente de otros, ¡cuánto más felices y más útiles serían! Cierran la puerta a muchas bendiciones de las cuales podrían disfrutar si se negaran a colocarse junto con los que dudan, y, por el contrario, hablarían de esperanza y valor (Carta 115, 1904).
18 (Rom. 8: 34; 1 Juan 2: 1; ver EGW com. Juan 20: 16 - 17). Un Amigo en el tribunal.-
¡Qué Amigo tenemos en el tribunal! Cristo habló a sus discípulos después de su resurrección, y les dijo: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra" Estas palabras fueron [son] dichas a todos los que las reciban como una seguridad viviente (MS 13, 1899).
19 (Rom. 6: 4). Se prometen todos los recursos del cielo.-
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, los tres santos dignatorios del cielo, han declarado que darán poder al hombre para que venza a las potestades de las tinieblas. Se prometen todos los recursos del cielo a los que, mediante sus votos bautismales, han hecho un pacto con Dios (MS 92, 1901).
19-20.
Ver EGW com. Rom. 1: 14.
20.
Ver EGW com. Hech. 1: 11. 1086