viernes, 26 de septiembre de 2008

JUAN:

CAPÍTULO 1
1-3 (Prov. 8: 22-27; Rom. 9: 5; Fil. 2: 6; Col. 1: 15-17; Heb. 1: 8). La eternidad de Cristo.-
Si Cristo hizo todas las cosas, existió antes que todas las cosas [existieran]. Las palabras que se refieren a este tema son tan concluyentes, que nadie tiene por qué quedar con dudas. Cristo fue Dios esencialmente y en el máximo sentido. Estuvo con Dios desde toda la eternidad; Dios sobre todas las cosas; bendito para siempre.
El Señor Jesucristo, el divino Hijo de Dios, existió desde la eternidad, una persona en sí y, sin embargo, uno con el Padre. Era la gloría máxima del cielo. Era, por derecho propio, el comandante de los seres inteligentes celestiales, y recibía el homenaje de adoración de los ángeles. Con esto en nada usurpaba a Dios [se cita Prov. 8: 22-27].
Hay luz y gloria en la verdad de que Cristo era uno con el Padre antes de que se pusiera el fundamento del mundo. El es la luz que brilla en un lugar oscuro iluminándolo con gloria divina y original. Esta verdad, infinitamente misteriosa en sí misma, explica otras verdades misteriosas que, de otra manera, son inexplicables, mientras que esa verdad está guardada en luz inaccesible e incomprensible (RH 5-4-1906).
1-3, 14 (Fil. 2: 5-8; Col. 2: 9; Heb. 1: 6, 8; 2: 14-17; ver EGW com. Mar. 16: 6). Salvador divino-humano.-
El apóstol quiere que nuestra atención se aparte de nosotros mismos y se enfoque en el Autor de nuestra salvación. Nos presenta las dos naturalezas de Cristo: la divina y la humana. Esta es la descripción de la divina: "El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse". El era "el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia".
Ahora la [naturaleza] humana: "Hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte". Voluntariamente tomó la naturaleza humana. Fue un acto suyo y por su propio consentimiento. Revistió su divinidad con humanidad. El había sido siempre como Dios, pero no apareció como Dios. Veló las manifestaciones de la Deidad que habían producido el homenaje y originado la admiración del universo de Dios. Fue Dios mientras estuvo en la tierra, pero se despojó de la forma de Dios y en su lugar tomó la forma y la figura de un hombre. Anduvo en la tierra como un hombre. Por causa de nosotros se hizo pobre, para que por su pobreza pudiéramos ser enriquecidos. Puso a un lado su gloria y su majestad. Era Dios, pero por un tiempo se despojó de las glorias de la forma de Dios. Aunque anduvo como pobre entre los hombres, repartiendo sus bendiciones por dondequiera que iba, a su orden legiones de ángeles habrían rodeado a su Redentor y le hubieran rendido homenaje. Pero anduvo por la tierra sin ser reconocido, sin ser confesado por sus criaturas, salvo pocas excepciones. La atmósfera estaba contaminada con pecados y maldiciones en lugar de himnos de alabanza. La parte de Cristo fue pobreza y humillación. Mientras iba de un lado a otro cumpliendo su misión de misericordia para aliviar a los enfermos, para reanimar a los deprimidos, apenas si una voz solitaria lo llamó bendito, y los más encumbrados de la nación lo pasaron por alto con desprecio.
Esto contrasta con las riquezas de gloria, con el caudal de alabanza que fluye de lenguas inmortales, con los millones de preciosas voces del universo de Dios en himnos de adoración. Pero Cristo se humilló a sí mismo, y tomó sobre sí la mortalidad. Como miembro de la familia humana, era mortal; pero como Dios era la fuente de vida para el mundo. En su persona divina podría haber resistido siempre los ataques de la muerte y haberse negado a ponerse bajo el dominio de ella. Sin embargo, voluntariamente entregó su vida para poder dar vida y sacar a la luz la inmortalidad. Llevó los pecados del mundo y sufrió el castigo que se acumuló como una montaña sobre su alma divina. Entregó su vida como sacrificio para que el hombre no muriera eternamente. No murió porque estuviese obligado a morir, sino por su propio libre albedrío. Esto era humildad. Todo el tesoro del cielo fue derramado en una dádiva para salvar al hombre caído. Cristo reunió en su naturaleza humana todas las energías vitalizantes que los seres humanos necesitan y deben recibir.
¡Admirable combinación de hombre y Dios! Cristo podría haber ayudado su naturaleza humana para que resistiera a las incursiones de la enfermedad derramando en su naturaleza humana vitalidad y perdurable vigor de su naturaleza divina. Pero se rebajó hasta [el nivel de] la naturaleza humana. Lo hizo para que se pudieran cumplir las Escrituras; y el Hijo de Dios se amoldó a ese plan aunque conocía todos los pasos que había en su humillación, los cuales debía descender para expiar los pecados de un mundo que, condenado, gemía. ¡Qué humildad fue esta! Maravilló a los ángeles. ¡La lengua humana nunca podrá describirla; la imaginación no puede comprenderla! ¡El Verbo eterno consintió en hacerse carne! ¡Dios se hizo hombre! ¡Fue una humildad maravillosa!
Pero aún descendió más. El hombre [Jesús] debía humillarse como un hombre que soporta insultos, reproches, vergonzosas acusaciones y ultrajes. Parecía no haber lugar para él en su propio territorio. Tuvo que huir de un lugar a otro para salvar su vida. Fue traicionado por uno de sus discípulos; fue negado por uno de sus más celosos seguidores; se mofaron de él. Fue coronado con una corona de espinas; fue azotado; fue obligado a llevar la carga de la cruz. No era insensible a este desprecio y a esta ignominia. Se sometió, pero ¡ay! sintió la amargura como ningún otro ser podía sentirla. Era puro, santo e incontaminado, ¡y sin embargo fue procesado criminalmente como un delincuente! El adorable Redentor descendió desde la más elevada exaltación. Paso a paso se humilló hasta la muerte, ¡pero qué muerte! Era la más vergonzosa, la más cruel: la muerte en la 1102 cruz como un malhechor. No murió como un héroe ante los ojos del mundo, lleno de honores como los que mueren en la batalla. ¡Murió como un criminal condenado, suspendido entre los cielos y la tierra; murió tras una lenta agonía de vergüenza, expuesto a los vituperios y afrentas de una multitud relajada, envilecida y cargada de crímenes! "Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza" (Sal. 22: 7). Fue contado entre los transgresores. Expiró en medio de burlas, y renegaron de él sus parientes según la carne. Su madre contempló su humillación, y se vio forzado a ver la espada que atravesaba el corazón de ella. Soportó la cruz menospreciando la vergüenza. Pero lo tuvo en poco pues pensaba en los resultados que buscaba no sólo en favor de los habitantes de este pequeño mundo, sino de todo el universo, de cada mundo que Dios había creado.
Cristo tenía que morir como sustituto del hombre. El hombre era un criminal condenado a muerte por la transgresión de la ley de Dios, un traidor, un rebelde. Por lo tanto, el Sustituto del hombre debía morir como un malhechor, porque Cristo estuvo en el lugar de los traidores, con todos los pecados acumulados por ellos sobre su alma divina. No era suficiente que Jesús muriera para satisfacer completamente las demandas de la ley quebrantada, sino que murió una muerte oprobioso. El profeta presenta al mundo las palabras de Cristo: "No escondí mi rostro de injurias y esputos".
Teniendo en cuenta todo esto, ¿pueden albergar los hombres una partícula de exaltación propia? Mientras reconstruyen la vida, los sufrimientos y la humillación de Cristo, ¿pueden levantar la orgullosa cabeza como si no tuvieran que soportar pruebas, vergüenza o humillación? Digo a los seguidores de Cristo: mirad el Calvario y sonrojaos de vergüenza por vuestras ideas arrogantes. Toda esta humillación de la Majestad del cielo fue por causa del hombre culpable y condenado. Cristo descendió más y más en su humillación, hasta que no hubo profundidades más hondas donde pudiera llegar para elevar al hombre sacándolo de su contaminación moral. Todo esto fue por vosotros que lucháis por la supremacía, por el orgullo, por el ensalzamiento humano; que teméis no recibir toda esa deferencia, ese respeto del concepto de los humanos, que pensáis que os corresponde. ¿Es esto parecerse a Cristo?
"Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús". Murió en expiación y para convertirse en modelo de todo el que desee ser su discípulo. ¿Albergaréis egoísmo en vuestro corazón? ¿Y ensalzarán vuestros méritos los que no tienen delante de ellos a Jesús como modelo? No tenéis mérito alguno, salvo los que recibáis mediante Jesucristo. ¿Albergaréis orgullo después de haber contemplado a la Deidad que se humillaba, y que después se rebajó como hombre hasta que no hubo nada más bajo a lo cual pudiera descender? "Espantaos, cielos", y asombraos, vosotros habitantes de la tierra, ¡porque así se recompensará a nuestro Señor! ¡Qué desprecio! ¡Qué maldad! ¡Qué formalismo! ¡Qué orgullo! ¡Qué esfuerzos hechos para ensalzar al hombre y glorificar al yo, cuando el Señor de la gloria se humilló a sí mismo, y por nosotros agonizó y murió una muerte oprobiosa en la cruz! (RH 4-9-1900).
Cristo no podría haber venido a la tierra con la gloria que tenía en los atrios celestiales. Los seres humanos pecadores no podrían haber soportado el espectáculo. El veló su divinidad con la vestidura de la humanidad; pero no se desprendió de su divinidad. Como Salvador divino-humano vino para estar a la cabeza de la raza caída, a compartir sus experiencias desde su niñez hasta la virilidad (RH 15-6-1905).
Cristo no había cambiado su divinidad por humanidad; sino que revistió su divinidad con humanidad (RH 29-10 1895).
(Cap. 14: 30; Luc. 1: 31-35; 1 Cor. 15: 22, 45; Heb. 4: 15).-
Sed cuidadosos, sumamente cuidadosos en la forma en que os ocupáis de la naturaleza de Cristo. No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado. El es el segundo Adán. El primer Adán fue creado como un ser puro y sin pecado, sin una mancha de pecado sobre él; era la imagen de Dios. Podía caer, y cayó por la transgresión. Por causa del pecado su posteridad nació con tendencias inherentes a la desobediencia. Pero Jesucristo era el unigénito Hijo de Dios. Tomó sobre sí la naturaleza humana, y fue tentado en todo sentido como es tentada la naturaleza humana. Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal. Fue asediado por las tentaciones en el desierto como lo fue Adán por las tentaciones en el Edén.
Evitad toda cuestión que se relacione con la humanidad de Cristo que pueda ser mal interpretada. La verdad y la suposición tienen no pocas similitudes. Al tratar de la humanidad de Cristo necesitáis ser sumamente cuidadosos en cada afirmación, para que vuestras palabras no sean interpretadas haciéndoles decir más de lo que dicen, y así perdáis u oscurezcáis la clara percepción de la humanidad de Cristo combinada con su divinidad. Su nacimiento fue un milagro de Dios, pues el ángel dijo: "Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESUS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios".
Estas palabras no se refieren a ningún ser humano, excepto al Hijo del Dios infinito. Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción. Fue tentado en todo como el hombre es tentado, y sin embargo él es llamado "el Santo Ser". Que Cristo pudiera ser tentado en todo como lo somos nosotros y sin embargo fuera sin pecado, es un misterio que no ha sido explicado a los mortales. La encarnación de Cristo siempre ha sido un misterio, y siempre seguirá siéndolo. Lo que se ha revelado es para nosotros y para nuestros hijos; pero que cada ser humano permanezca en guardia para que no haga a Cristo completamente humano, como uno de nosotros, porque esto no puede ser. No es necesario que sepamos el momento exacto cuando la humanidad se combinó con la divinidad. Debemos mantener nuestros pies sobre la Roca Cristo Jesús, como Dios revelado en humanidad.
Percibo que hay peligro en tratar temas que se refieren a la humanidad del Hijo del Dios infinito. El se humilló cuando vio que estaba en forma de hombre para poder comprender la fuerza de todas las tentaciones que acosan al hombre.
El primer Adán cayó; el segundo Adán se aferró a Dios y a su Palabra bajo las circunstancias más angustiosas, y no vaciló ni por un momento su fe en la bondad, la misericordia y el amor de su Padre. "Escrito está" fue su arma de resistencia, y esta es la espada del Espíritu que debe usar todo ser humano. "No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí": nada que responda a la tentación. En ninguna ocasión hubo una respuesta a las muchas tentaciones de Satanás. Cristo no pisó ni una vez el terreno de Satanás para darle ventaja alguna. Satanás no halló en él nada que lo animara a avanzar (Carta 8, 1895).
(Mat. 27: 54; 1 Tim. 3: 16).-
Pero aunque la gloria divina de Cristo estuvo por un tiempo velada y eclipsada porque él asumió la naturaleza humana, sin embargo no cesó de ser Dios cuando se hizo hombre. Lo humano no tomó el lugar de lo divino, ni lo divino de lo humano. Este es el misterio de la piedad. Las dos expresiones -"humano" y "divino"- eran estrecha e inseparablemente una en Cristo, y sin embargo tenían una individualidad diferente. Aunque Cristo se humilló a sí mismo para hacerse hombre, la Deidad aún le pertenecía. Su Deidad no podía perderse mientras permaneciera fiel y constante en su lealtad. Aunque rodeado de dolor, sufrimiento y corrupción moral, despreciado y rechazado por el pueblo a quien habían sido confiados los oráculos del cielo, Jesús aún podía hablar de sí mismo como el Hijo del hombre en el cielo. Estuvo listo para tomar una vez más su gloria divina cuando terminó su obra en la tierra.
Hubo ocasiones cuando Jesús, estando en carne humana, se manifestó como el Hijo de Dios. La divinidad fulguró a través de la humanidad, y fue vista por los sacerdotes y magistrados que se burlaban. ¿Fue reconocida? Algunos reconocieron que él era el Cristo, pero la mayor parte de aquellos que en esas ocasiones fueron obligados a ver que era el Hijo de Dios, se negaron a recibirlo. Su ceguera correspondió con su firme resolución de no dejarse convencer.
Cuando fulguraba la gloria interna de Cristo, era demasiado intensa para que su humanidad pura y perfecta la ocultara enteramente. Los escribas y los fariseos no reconocían con sus palabras a Cristo, pero su odio y enemistad quedaban frustrados cuando resplandecía la majestad de Jesús. La verdad, oscurecida como estaba por un velo de humillación, hablaba a cada corazón con1104 inconfundible evidencia. Esto produjo las palabras de Cristo: "Vosotros sabéis quién soy". Su refulgente gloria persuadió a los hombres y a los demonios a confesar: "Verdaderamente éste era Hijo de Dios". Así se reveló Dios; así fue glorificado Cristo (ST 10-5-1899).
Cristo dejó su lugar en las cortes celestiales y vino a esta tierra a vivir la vida de los seres humanos. Hizo este sacrificio para mostrar que es falsa la acusación de Satanás contra Dios: esto es, que es posible que el hombre obedezca las leyes del reino de Dios. Cristo, siendo igual con el Padre, honrado y adorado por los ángeles, se humilló por nosotros y vino a esta tierra a vivir una vida de humildad y pobreza: vino a ser un varón de dolores, experimentado en quebranto. Sin embargo, el sello de la divinidad estaba sobre su humanidad. Vino como un Maestro divino para elevar a los seres humanos, para aumentar su eficiencia física, mental y espiritual.
No hay nadie que pueda explicar el misterio de la encarnación de Cristo. Con todo, sabemos que vino a esta tierra y vivió como un hombre entre los hombres. El hombre Cristo Jesús no era el Señor Dios Todopoderoso, sin embargo Cristo y el Padre son uno. La Deidad no desapareció bajo la angustiosa tortura del Calvario, sin embargo no es menos cierto que "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna".
Satanás procuró evitar, en todas las formas posibles, que Jesús se desarrollara dentro de una niñez perfecta, una edad viril intachable, un santo ministerio y un sacrificio inmaculado; pero fue derrotado. No pudo inducir a Cristo a que pecara. No pudo desanimarlo ni apartarlo de la obra que había venido a hacer en esta tierra. La tormenta de la ira de Satanás lo azotó desde el desierto hasta el Calvario; pero cuanto más implacable era tanto más firmemente se aferró el Hijo de Dios de la mano de su Padre, y avanzó por el ensangrentado sendero (MS 140, 1903).
Cuando Jesús tomó la naturaleza humana y se convirtió en semejanza de hombre, poseía el organismo humano completo. Sus necesidades eran las necesidades de un hombre. Tenía necesidades corporales que satisfacer, cansancio físico que aliviar. Por medio de oraciones al Padre se fortalecía para el deber y la prueba (Carta 32, 1899).
4 (cap. 10: 18; 17: 3). La vida de Cristo no era prestada.-
"En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres". Aquí no se especifica la vida física, sino la vida eterna, la vida que es exclusiva propiedad de Dios. El Verbo, que estaba con Dios y que era Dios, poseía esa vida. La vida física es algo que ha recibido cada individuo. No es eterna ni inmortal, pues la toma de nuevo Dios, el Dador de la vida. El hombre no tiene control sobre su vida. Pero la vida de Cristo no era prestada. Nadie puede arrebatarle esa vida. "Yo de mí mismo la pongo", dijo. "En él estaba la vida": original, no prestada, no derivada de otro. Esa vida no es inherente al hombre. Sólo puede poseerla por medio de Cristo. No puede ganarla; le es dada como una dádiva gratuita si quiere creer en Cristo como su Salvador personal. "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Juan 17: 3). Esta es la fuente de vida abierta para el mundo (ST 13-2-1912).
12-13.
Ver EGW com. 2 Cor. 5: 17.
14 (Fil. 2: 6-8; Col. 1: 26-27; 2: 9; Heb. 1: 3; 2: 14-18; ver EGW com. Luc. 2: 40, 52). La encarnación, un misterio insondable.-
Cuando se contempla la encarnación de Cristo en la humanidad, quedamos desconcertados ante un misterio insondable que la mente humana no puede comprender. Mientras más reflexionamos en él, más admirable nos parece. ¡Cuán amplio es el contraste entre la divinidad de Cristo y el desvalido niñito del establo de Belén! ¿Cómo podemos salvar la distancia que hay entre el poderoso Dios y un niño desvalido? Y sin embargo el Creador de mundos, Aquel en quien estaba la plenitud de la Deidad corporalmente, se manifestó en el niño indefenso del establo. ¡Mucho más encumbrado que cualquiera de los ángeles, igual con el Padre en dignidad y gloria, y sin embargo llevando la vestidura de la humanidad! La divinidad y la humanidad fueron misteriosamente combinadas, y el hombre y Dios se volvieron uno. Es en esta unión donde encontramos la esperanza de nuestra raza caída. Contemplando a Cristo en la humanidad contemplamos a Dios, y vemos en él el resplandor de su gloria, la misma imagen de su sustancia (ST 30-7-1896).
(Heb. 2: 14; 3: 3.) La maravillosa condescendencia de Dios.-
La doctrina de la encarnación de Cristo en carne humana es un misterio, "el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades". Es el grande y profundo misterio de la piedad. "Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros". Cristo tomó sobre él la naturaleza humana, una naturaleza inferior a su naturaleza celestial. No hay nada como esto que muestre la maravillosa condescendencia de Dios...
Cristo no aparentó que tomaba la naturaleza humana; la tomó de verdad. Poseyó verdaderamente la naturaleza humana. "Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo". Era el Hijo de María; era de la simiente de David de acuerdo con su ascendencia humana. Se declara que era hombre, enteramente el hombre Cristo Jesús. Pablo escribe: "De tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste [Cristo], cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo" (RH 5-4-1906).
(Ver EGW com. Rom. 5: 12-19; 1 Tim. 2: 5; Heb. 1: 1-3.) Las características humanas de Jesús.-
Jesús era el Comandante del cielo, igual a Dios, y sin embargo condescendió en desprenderse de su corona real, su manto real, y cubrió su divinidad con humanidad. La encarnación de Cristo en carne humana es un misterio. Podría haber venido a la tierra con una apariencia notable, distinta de la de los hijos de los hombres. Su rostro podría haber brillado de gloria y su aspecto haber sido de una gracia extraordinaria. Podría haber presentado un aspecto encantador para el que lo contemplara, pero eso no correspondía con el plan trazado en las cortes de Dios. Debía llevar las características de la familia humana y de la raza judía. El Hijo de Dios debía tener en todo sentido las mismas facciones de los otros seres humanos. No debía tener una belleza que lo destacara entre los hombres. No debía exhibir encantos admirables con los cuales atraer la atención. Vino como representante de la familia humana ante el cielo y la tierra. Debía permanecer como sustituto y garantía del hombre. Debía vivir la vida de la humanidad de tal manera, que refutara la afirmación que había hecho Satanás de que la raza humana le pertenecía para siempre y que Dios mismo no podía arrebatar al hombre de las manos de su adversario (ST 30-7-1896).
La gloria velada de Cristo.-
Si Cristo hubiese venido en su forma divina, la humanidad no podría haber soportado el espectáculo. El contraste hubiera sido demasiado doloroso, la gloria demasiado abrumadora. La humanidad no podría haber soportado la presencia de uno de los puros y brillantes ángeles de gloria. Por lo tanto, Cristo no tomó sobre sí la naturaleza de los ángeles; vino a semejanza de los hombres.
El mundo pudo soportar a su Redentor sólo durante treinta años. Vivió durante treinta años en un mundo todo marchito y estropeado por el pecado, haciendo la obra que ningún otro jamás había hecho ni podría hacer jamás (ST 15-2-1899).
(Gén. 3: 15; Mat. 8: 17; 2 Cor. 5: 21; Heb. 4: 15; 1 Ped. 1: 19.) Perfecta impecabilidad de la naturaleza humana de Cristo.-
Al tomar sobre sí la naturaleza humana en su condición caída, Cristo no participó en lo más mínimo en su pecado. Estuvo sometido a las debilidades y flaquezas por las cuales está rodeado el hombre "para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias". El se compadeció de nuestras debilidades, y en todo fue tentado como lo somos nosotros, "pero sin pecado". El fue el cordero "sin mancha y sin contaminación". Si Satanás pudiese haber tentado a Cristo para que pecara en lo más mínimo, hubiera herido la cabeza del Salvador. Pero como sucedió, sólo pudo herir su talón. Si la cabeza de Cristo hubiera sido herida, habría perecido la esperanza de la raza humana. La ira divina habría descendido sobre Cristo como descendió sobre Adán. Cristo y la iglesia habrían quedado sin esperanza.
No debiéramos albergar dudas en cuanto a la perfecta impecabilidad de la naturaleza de Cristo. Nuestra fe debe ser una fe inteligente que mire a Jesús con perfecta confianza, con fe plena y completa en el sacrificio expiatorio (ST 9-6-1898).
16.
Ver EGW com. Col. 2: 9-10.
18. Manifestación del Padre.-
Lo que es el habla al pensamiento es Cristo con el Padre invisible. El es la manifestación del Padre, y es llamado el Verbo de Dios. Dios envió a su Hijo al mundo, a su divinidad revestida con la humanidad, para que el hombre pudiera soportar la imagen del Dios invisible. El hizo saber en sus palabras, su carácter, su poder y majestad, la naturaleza y los atributos de Dios. La divinidad fulguraba a través de la humanidad con luz suavizadora y subyugante. El era la encarnación de la ley de Dios, la cual es una exacta representación del carácter divino (MS 77, 1899).
19-23.
Ver EGW com. Luc. 1: 76-77. 1106
26-27.
Ver EGW com. Luc. 3: 15-16.
29 (Lev. 14: 4-8; Apoc. 7: 14; ver EGW com. Juan 12: 32). Tiempo de lavar y planchar.-
Recordad que así como estáis en vuestra familia así estaréis en la iglesia. Así como tratáis a vuestros hijos, así trataréis a Cristo. Si fomentáis un espíritu diferente al de Cristo, deshonráis a Dios... Al hombre no lo hace el puesto que ocupa. Cristo formado en lo íntimo es lo que hace que un hombre sea digno de recibir la corona de la vida, que es inmarcesible...
Este es nuestro tiempo de lavar y planchar: tiempo cuando debemos limpiar nuestros mantos del carácter en la sangre del Cordero. Juan dice: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo"... ¿No le permitiremos que los quite? ¿No dejaremos que nuestros pecados se vayan? (GCB 6-4-1903, p. 89).
32-33.
Ver EGW com. Mat. 3: 13-17.
CAPÍTULO 2
12 (Mat. 4: 1-11; Luc. 2: 51; 4: 1-13). Entre la tentación de Cristo y las bodas de Caná.-

Había unas bodas en Caná de Galilea. Los participantes eran parientes de José y de María. Cristo sabía de esa reunión de familia y que allí se congregarían muchas personas influyentes; así que decidió ir a Caná en compañía de sus discípulos que acaba de llamar. Tan pronto como se supo que Jesús había llegado a ese lugar se le envió una invitación especial a él y a sus amigos. Esto era lo que él se había propuesto, y por eso honró la fiesta con su presencia.
Había estado separado de su madre por un tiempo un poco largo. Durante este período había sido bautizado por Juan y había soportado las tentaciones en el desierto. A María le habían llegado rumores acerca de su Hijo y sus sufrimientos. Juan, uno de sus nuevos discípulos, había buscado a Cristo y lo había encontrado en su humillación, demacrado y con las huellas de una gran angustia física y mental. Jesús no quería que Juan fuera testigo de su humillación, y amablemente, pero con firmeza, había hecho que se alejara de él. Deseaba estar solo; ningún ser humano debía contemplar su agonía; no debía invitarse a ningún corazón humano para que simpatizara con su angustia.
El discípulo había buscado a María en su hogar y le había contado lo que sucedió cuando se encontró con Jesús, como también el acontecimiento de su bautismo cuando se oyó la voz de Dios que reconocía a su Hijo, y que el profeta Juan había señalado a Cristo, diciendo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Durante treinta años esta mujer había estado atesorando las evidencias de que Jesús era el Hijo de Dios, el Salvador prometido del mundo. José había muerto y ella no tenía a nadie en quien confiar los pensamientos que guardaba en su corazón. Había vacilado entre la esperanza y las dudas que la dejaban confundida, pero siempre creía, con mayor o menor seguridad, que su hijo era en realidad el Prometido (2 SP 99-100).
19.
Ver EGW com. Mar. 16: 6.
CAPÍTULO 3
3-7.
Ver EGW com. Eze. 36: 25-26.
5-8.
Ver EGW com. 2 Cor. 5: 17.
14-15.
Ver EGW com. cap. 12: 32.
14-17 (cap. 1: 29; Gál. 6: 14; Heb. 2: 14). La eficacia de la cruz.-
La muerte de Cristo en la cruz aseguró la destrucción del que tenía el imperio de la muerte, del que era el originador del pecado. Cuando Satanás sea destruido, no quedará nadie más que tiente para hacer el mal; no se necesitará repetir más la expiación, y no habrá más peligro de que haya otra rebelión en el universo de Dios. Aquel que es el único que con eficacia puede reprimir el pecado en este mundo de oscuridad, evitará el pecado en el cielo. Los santos y los ángeles verán el significado de la muerte de Cristo. Los hombres caídos no podrían tener un hogar en el paraíso de Dios sin el Cordero que fue muerto desde la fundación del mundo. ¿No ensalzaremos, pues, la cruz de Cristo? Los ángeles atribuyen honor y gloria a Cristo, pues aun ellos no están seguros a menos que contemplen los sufrimientos del Hijo de Dios. Los ángeles del cielo están protegidos contra la apostasía por medio de la eficacia de la cruz. Sin la cruz no estarían más seguros contra el mal de lo que estuvieron los ángeles antes de la caída de Satanás. La perfección angelical fracasó en el cielo. La perfección humana fracasó en el Edén, el paraíso de la bienaventuranza. Todos los que deseen seguridad en la tierra o en el cielo deben acudir al Cordero de Dios.
El plan de salvación, al poner de manifiesto la justicia y el amor de Dios, proporciona una salvaguardia eterna contra la apostasía en los mundos que no cayeron, así como también para aquellos [personas] que serán redimidos por la sangre del Cordero. Nuestra única esperanza es perfecta confianza en la sangre de Aquel que puede salvar hasta lo sumo a los que se allegan a Dios mediante él. La muerte de Cristo en la cruz del Calvario es nuestra única esperanza en este mundo, y será nuestro tema en el mundo venidero. ¡Oh, no comprendemos el valor de la expiación! Si la comprendiéramos, hablaríamos más acerca de ella. El don de Dios en su amado Hijo fue la expresión de un amor incomprensible. Fue lo máximo que Dios podía hacer para mantener el honor de su ley y, sin embargo, salvar al transgresor. ¿Por qué no debe el hombre estudiar el tema de la redención? Es el tema supremo en el cual se puede ocupar la mente humana. Si los hombres contemplaran el amor de Cristo desplegado en la cruz, su fe se fortalecería para apropiarse de los méritos de su sangre derramada, y estarían limpios y salvados de pecado (ST 30-12-1889).
1 (Cor. 2: 2; Col. 1: 20.) Luz que procede de la cruz.-
Sin la cruz el hombre no podría relacionarse con el Padre. De ella pende toda nuestra esperanza. Gracias a ella el cristiano puede avanzar con las pisadas de un vencedor, pues de ella procede la luz del amor del Salvador. Cuando el pecador llega a la cruz y mira a Aquel que murió para salvarlo, puede regocijarse con todo gozo, pues sus pecados son perdonados. Arrodillándose delante de la cruz ha llegado al lugar más alto a que pueda ascender un hombre. La luz del conocimiento de la gloria de Dios se revela en el rostro de Jesucristo, y se pronuncian las palabras de perdón: Vivid, oh vosotros, culpables pecadores, vivid. Vuestro arrepentimiento es aceptado, pues he encontrado un rescate.
Por medio de la cruz sabemos que nuestro Padre celestial nos ama con amor infinito y eterno, y nos atrae hacia él con una anhelante simpatía que supera a la de una madre por su hijo descarriado. ¿Podemos admirarnos de que Pablo exclame: "Lejos esté de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo"? Tenemos también el privilegio de gloriarnos en la cruz del Calvario; es nuestro el privilegio de entregarnos plenamente a Aquel que se dio a sí mismo por nosotros. Luego, con la luz del amor que brilla de su rostro sobre los nuestros, saldremos para reflejarla a los que están en tinieblas (RH 29-4-1902).
El amor es más fuerte que la muerte.-
Jesús puso en armonía la cruz con la luz que procede del cielo, pues allí es donde ella atraerá las miradas del hombre. La cruz concuerda directamente con el brillo de los semblantes divinos; por lo tanto, cuando los hombres contemplan la cruz pueden ver y conocer a Dios y a Jesucristo, a quien él ha enviado. Cuando contemplamos a Dios, vemos a Aquel que derramó su alma hasta la muerte. La contemplación de la cruz extiende la vista hacia Dios, y se discierne el odio que él tiene al pecado. Pero mientras contemplamos en la cruz el odio que Dios siente por el pecado, también contemplaremos su amor por los pecadores, que es más fuerte que la muerte. La cruz es para el mundo el argumento irrebatible de que Dios es verdad y luz y amor (ST 7-3-1895).
16. La ciencia de la redención.-
El plan de la redención supera en mucho la comprensión de la mente humana. La gran condescendencia de Dios es un insondable misterio para nosotros. No puede comprenderse completamente la grandeza del plan [de redención], ni la Sabiduría infinita podía idear un plan que lo superara. Y sólo podía tener éxito revistiendo la divinidad con humanidad, convirtiéndose Cristo en hombre y sufriendo la ira que ha causado el pecado debido a la transgresión de la ley de Dios. Por medio de este plan el grande y terrible Dios puede ser justo, y ser aún el que justifica a todo el que cree en Jesús y que lo recibe como a su Salvador personal. Esta es la ciencia celestial de la redención, de salvar al hombre de la ruina eterna, y sólo puede llevarse a cabo por la encarnación del Hijo de Dios en la humanidad, por su triunfo sobre el pecado y la muerte; pero todas las inteligencias limitadas se frustran cuando tratan de examinar a fondo este plan (Carta 43, 1895).
(Gén. 9: 13-17; Apoc. 4: 3.) El arco muestra la justicia de Cristo, su misericordia y rectitud.-
En el arco iris que se extiende por sobre el trono hay un testimonio eterno de que "de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda..." Siempre que se presente la ley ante la gente, que el maestro de la verdad señale al trono cubierto con el arco iris de la promesa, la justicia de Cristo. La gloria de la ley es Cristo. El vino a magnificar la ley y a hacerla honrosa. Preséntese con claridad que la misericordia y la paz 1108 se han encontrado en Cristo, y que se han abrazado la justicia y la verdad...
Así como el arco en la nube se forma con la unión de la luz del sol y la lluvia, así también el arco iris que rodea el trono representa el poder combinado de la misericordia y la justicia. No se debe presentar únicamente la justicia, pues se eclipsaría la gloria del arco iris de la promesa que se extiende por encima del trono; los hombres sólo podrían ver el castigo de la ley. Si no hubiese justicia ni castigo, no habría estabilidad en el gobierno de Dios. Lo que hace completa la salvación es la combinación del juicio y la misericordia. La unión de ambos, mientras contemplamos al Redentor del mundo y la ley de Jehová, nos induce a exclamar: "Tu benignidad me ha engrandecido" (RH 13-12-1892).
CAPÍTULO 4
14. No debemos anhelar las cosas del mundo.-
"El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás -nunca anheléis las conveniencias y las atracciones del mundo-; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna" (Carta 5, 1900).
Un canal.-
Debéis procurar tener un Salvador que viva en vosotros, que os sea como un manantial de agua que brote para vida eterna. El agua de la vida que fluye del corazón siempre ciega el corazón de otros (MS 69, 1912).
Una revelación de la gracia.-
El agua a la que se refería Cristo era la revelación de su gracia en su Palabra. Su Espíritu, su enseñanza, es una fuente que satisface a toda alma... En Cristo está la plenitud de gozo siempre... La bondadosa presencia de Cristo en su Palabra siempre habla al alma, lo representa como el manantial de agua viviente que vivifica al sediento. Tenemos el privilegio de contar con un Salvador viviente y permanente. El es la fuente del poder espiritual implantada dentro de nosotros, y su influencia fluirá en palabras y acciones que vivifiquen a todos los que estén dentro de la esfera de nuestra influencia, creando en ellos deseos y aspiraciones de fortaleza y pureza, de santidad y paz, y de aquel gozo que no causa dolor. Este es el resultado de un Salvador que mora interiormente (Carta 73, 1897).
35. Cristo estaba por encima de todo prejuicio.-
[Se cita Juan 4: 35.] El se refirió aquí al campo de acción del Evangelio, a la obra del cristianismo entre los pobres y despreciados samaritanos. Su mano se extendió para juntarlos en el granero; estaban listos para la cosecha.
El Salvador estaba por encima de todo prejuicio de nación o pueblo. Estaba dispuesto a extender los privilegios de los judíos a todos los que aceptaran la luz que con su venida trajo al mundo. Le causaba profundo gozo contemplar aun cuando fuera una sola alma que lo buscara saliendo de la noche de ceguera espiritual. Lo que Jesús no había revelado a los judíos y había ordenado a sus discípulos que guardaran secreto, fue claramente expuesto ante las preguntas de la mujer de Samaria, pues Aquel que sabía todas las cosas se dio cuenta que ella usaría correctamente su conocimiento y sería el medio de llevar a otros a la verdadera fe (2SP 147).
CAPÍTULO 5
17.
Ver EGW com. Hech. 17: 28.
22 (ver EGW com. 2 Cor. 5: 10). Cristo designado juez.-
El Padre ha entregado todo el juicio a su Hijo. Cristo pronunciará la recompensa de la lealtad. "El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo...; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre". Cristo aceptó la humanidad, y vivió en esta tierra una vida pura y santificada. Por esa razón ha sido designado juez. El que ocupa el puesto de juez es Dios manifestado en la carne (RH 18-6-1901).
Unicamente él es el juez.-
A Cristo le ha sido entregado todo el juicio, porque es el Hijo del hombre. Nada escapa a su conocimiento. No importa cuán elevada sea la jerarquía y cuán grande sea el poder de los apóstatas espirituales, Uno más alto y mayor ha llevado el pecado de todo el mundo. Es infinito en justicia, en bondad y en verdad. Tiene poder para resistir a los principados, a las potestades y a las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Armado y equipado como el capitán de las huestes del Señor, viene al frente en defensa de su pueblo. Su justicia cubre a todos los que lo aman y confían en él. Como General de los ejércitos preside a la hueste, celestial para que esté como un muro de fuego alrededor de su pueblo. Unicamente él es el juez de la justicia de ellos, porque los creó y los redimió a un precio infinito para él. El velará para que la obediencia a los mandamientos de Dios sea recompensada y los transgresores reciban [el pago] de acuerdo con sus obras (Carta 19, 1901).
28-29.
Ver EGW com. Mat. 28: 2-4.
39 (Apoc. 22: 2). Las Escrituras testifican de Cristo.-
El Salvador es revelado en la Palabra en toda su belleza y todo su encanto. Cada alma hallará solaz y consuelo en la Biblia, la cual esta llena de promesas acerca de lo que Dios hará para los que caminan de acuerdo con la voluntad divina. Los enfermos serán especialmente consolados al oír la Palabra, pues Dios al dar las Escrituras dio a la humanidad una hoja del árbol de la vida que es para la sanidad de las naciones. Cualquiera que lee las Escrituras o que ha escuchado su lectura, ¿cómo puede perder su interés en las cosas celestiales y encontrar placer en las diversiones y las fascinaciones del mundo? (MS 105, 1901).
40.
Ver EGW com. cap. 15: 22.
CAPÍTULO 6
35. Un Maestro enviado del cielo.-

"Yo soy el pan de vida", el Autor, Alimentador y Sustentador de la vida eterna y espiritual. En el ver. 35, del cap. 6 de Juan, Cristo se presenta a sí mismo con el símbolo del pan celestial. Comer su carne y beber su sangre significa recibirlo como a un Maestro enviado del cielo. Creer en él es esencial para la vida espiritual. Los que se alimentan de la palabra nunca tienen hambre, nunca tiene sed, nunca desean un bien mas sublime y elevado (MS 81, 1906).
53-57. Comer y beber representa amistad estrecha con Cristo.-
Cristo explicó el significado de sus palabras tan claramente, que nadie tiene por qué tropezar con ellas. Su declaración acerca de comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios debe tomarse en un sentido espiritual. Comemos la carne de Cristo y bebemos su sangre cuando por fe nos aferramos a él como nuestro Salvador.
Cristo usó la figura de comer y beber para representar esa amistad con él que deben tener todos los que al fin participen con el de su gloria. El alimento material que comemos es asimilado, lo que da fuerza y solidez al cuerpo. Asimismo cuando crecemos y recibimos las palabras del Señor Jesús, se convierten en una parte de nuestra vida espiritual, traen luz y paz, esperanza y gozo, y fortalecen el alma así como el alimento material fortalece el cuerpo (MS 33, 1911).
(Apoc. 22: 2.) Una aplicación práctica.-
No es suficiente que conozcamos y respetemos las palabras de las Escrituras. Debemos penetrar en la comprensión de ellas, debemos estudiarlas fervientemente y comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. Los cristianos revelarán el grado hasta el cual hacen esto mediante la buena salud de su carácter espiritual. debemos conocer la aplicación práctica de la palabra a nuestra propia edificación individual del carácter. Debemos ser templos santos en los cuales Dios pueda vivir y caminar y operar. Nunca nos debemos esforzar por ensalzarnos a nosotros mismos por encima de los siervos a quienes Dios ha elegido para que hagan su obra y honren su santo nombre. "Todos sois hermanos". Apliquemos esta palabra a nosotros individualmente, comparando escritura con escritura.
En nuestra vida diaria, ante nuestros hermanos y ante el mundo, debemos ser intérpretes vivientes de las Escrituras, que hagan honor a Cristo revelando su mansedumbre y humildad de corazón. Las enseñanzas de Cristo deben ser para nosotros como las hojas del árbol de la vida. Al comer y digerir el pan de vida revelaremos un carácter simétrico. Por medio de nuestra unidad, apreciando a otros más que a nosotros mismos, debemos dar al mundo un testimonio viviente del poder de la verdad...
Cuando los hombres se someten enteramente a Dios, comiendo del pan de vida y bebiendo el agua de salvación, crecen en Cristo. Sus caracteres se componen de todo lo que el alma come y bebe. Mediante la palabra de vida, que reciben y obedecen, llegan a ser participantes de la naturaleza divina. Entonces todo su servicio se asemeja al ejemplo divino, y Cristo es ensalzado y no el hombre (Carta 64, 1900)
53-57, 63. Comiendo del árbol de la vida.-
"El que come mi carne y bebe mi sangre -dice Cristo-, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Por qué mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre en mí permanece, y yo en él. Como me envió el padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mi... El espíritu es el que da la vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida". Esto es comer el fruto del árbol de la vida (MS 112, 1898).
63.
Ver EGW com. Gén. 3: 24.
CAPÍTULO 7
1-5. Los parientes no comprendían claramente la misión de Cristo.-
[Se cita Juan 7: 1-5.] Los hermanos a los cuales se hace referencia aquí eran los hijos de José, y sus palabras fueron pronunciadas con ironía. Era muy doloroso para Cristo que sus parientes más cercanos entendieran tan indistintamente su misión y albergaran las ideas sugeridas por los enemigos de él. Pero el Salvador no respondió al cruel sarcasmo con palabras del mismo carácter. Se compadecía de la ignorancia espiritual de sus hermanos, y anhelaba darles unas clara comprensión de su misión (MS 33, 1911).
1-53.
Ver EGW com. Exo. 23: 16.
16. Rescatadas del error.-
"Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía sino de aquel que me envió". Mis palabras están en perfecta armonía con las Escrituras del Antiguo Testamento y con la ley pronunciada desde el Sinaí. No estoy predicando una nueva doctrina. Estoy presentando antiguas verdades rescatadas de la estructura del error y colocándolas en una nueva perspectiva (MS 33, 1911).
41, 50-52. Sacerdotes y gobernantes engañados.-
[Se cita Juan 7: 51.] La lección que Cristo dio a Nicodemo no había sido en vano. Intelectualmente su convicción era firme, y había aceptado a Jesús de todo corazón. Desde su entrevista con el Salvador había escudriñado fervientemente las Escrituras del Antiguo Testamento, y vio la verdad colocada dentro de la verdadera perspectiva del Evangelio.
La pregunta presentada por él era sensata, y habría sido bien recibida por los que presidían en el concilio si no hubieran estado engañados por el enemigo. Pero estaban tan llenos de prejuicios que ningún argumento en favor de Jesús de Nazaret, por convincente que hubiera sido, habría influido sobre ellos. La respuesta que recibió Nicodemo fue: "¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta".
Los sacerdotes y gobernantes habían sido engañados de acuerdo con la intención de Satanás, para que creyeran que Cristo provenía de Galilea. Algunos sabían que nació en Belén, pero permanecieron callados para que la falsedad no perdiera su poder (MS 33, 1911).
CAPÍTULO 8
31-38. Algunos son instruidos por Satanás.-
[Se cita Juan 8: 31-37.] Qué verdad tan dura se presenta aquí. Cuántos hay que se jactan de que no están sometidos a nadie, cuando en realidad están sometidos al más cruel de todos los tiranos. Se han entregado para ser instruidos por Satanás, y tratan al pueblo de Dios según las instrucciones de Satanás. ¡Cuántos hay que oyen la palabra de verdad, pero aborrecen al mensaje y al mensajero porque la verdad los molesta en sus prácticas engañosas!
"Yo hablo lo que he visto cerca del Padre -continuó Cristo-; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre". En estas palabras se presentan claramente dos clases: los hijos de la luz, que obedecen la verdad; y los hijos de las tinieblas, que rechazan la verdad (MS 136, 1899).
44 (ver EGW com. Gén. 2: 17; Mal. 4: 1). La obra maestra de Satanás.-
Las fuerzas de los poderes de las tinieblas se unirán con los instrumentos humanos que se han entregado al dominio de Satanás, y se repetirán las mismas escenas que transcurrieron durante el juicio, el rechazo y la crucifixión de Cristo. Al rendirse a las influencias satánicas, los hombres se identificarán con los demonios, y los que fueron creados a la imagen de Dios, que fueron formados para honrar v glorificar a su Creador, se convertirán era la habitación de chacales; y Satanás verá en una raza apóstata su obra maestra de mal: hombres que reflejan su propia imagen (MS 39, 1894).
Cantos diabólicos.-
Cuando un alma es arrebatada de las filas de Cristo, la sinagoga de Satanás canta su triunfo infernal (Carta 12a, 1893).
CAPÍTULO 10
2-5.
Ver EGW com. Mat. 24: 23-24.
4.
Ver EGW com. 2 Cor. 11: 14.
17-18 (Isa. 6: 8; Fil. 2: 6-8; ver EGW com. Mar. 16: 6). Cristo, garantía del hombre.-
Ninguno de los ángeles podría haberse convertido en la garantía de la raza humana: su vida pertenece a Dios; no podían entregarla. Todos los ángeles llevan el yugo de la obediencia. Son los mensajeros puestos por Aquel 1111 que es el Comandante de todo el cielo. Pero Cristo es igual a Dios, infinito y omnipotente. El podía pagar el rescate por la libertad del hombre. Es el eterno Hijo, existente por sí mismo, sobre quien no se había puesto ningún yugo; y cuando Dios preguntó: "¿A quién enviaré?", pudo contestar: "Heme aquí, envíame a mí". Podía hacer el compromiso de convertirse en la garantía del hombre, pues podía decir lo que el ángel más encumbrado no podía decir: tengo poder sobre mi propia vida: "poder para ponerla, y... para volverla a tomar" (YI 21-6-1900).
18.
Ver EGW com. cap. 1: 4; 20: 17.
CAPÍTULO 11
50-51 (cap. 18: 14). Caifás profetizó sin saberlo.-
[Se cita Juan 11: 50-51.] Estas palabras fueron pronunciadas por uno que no conocía su significado. Había perdido el sentido de lo sagrado de los sacrificios y las ofrendas. Pero sus palabras significaban más de lo que sabían él o los que estaban relacionados con él. Con ellas dio testimonio de que había llegado el tiempo para que cesara para siempre el sacerdocio aarónico. Estaba condenando a Aquel que había sido simbolizado en cada sacrificio ofrecido, el Unico con cuya muerte terminaría la necesidad de los símbolos y las sombras. Estaba declarando, sin saberlo, que Cristo estaba por cumplir aquello para lo cual había sido instituido el sistema de sacrificios y ofrendas (RH 12-6-1900).
CAPÍTULO 12
1-8.
Ver EGW com. Mat. 26: 6-13.
3 (Mat. 26: 6-13; Mar. 14: 3-9). Amor y talentos combinados.-
El amor puro y santificado, expresado por la obra de la vida de Cristo, es como un perfume sagrado. Llena toda la casa de fragancia como un frasco abierto de perfume. La elocuencia, un vasto conocimiento de la verdad, la devoción externa y los talentos excepcionales, llegarán a ser tan fragantes como el frasco abierto de ungüento si se combinan con un amor sagrado y humilde. Pero los dones, la capacidad y las dotes más selectas, si están solos, no pueden ocupar el lugar del amor [se cita 1 Cor. 13: 1-3] (MS 22, 1897).
12-15, 19. Multitudes aclaman a Cristo.-
Los dignatarios del templo quedan mudos de asombro. ¡Dónde está el jactancioso poder de sacerdotes Y gobernantes sobre el pueblo! Las autoridades habían anunciado que cualquiera que reconociera a Jesús como el Cristo sería expulsado de la sinagoga y privado de los sagrados privilegios de ella. Sin embargo, aquí está la multitud entusiasta que prorrumpe en hosannas al Hijo de David y recita los títulos que le fueron dados por los profetas. Que los sacerdotes y gobernantes intentaran excluir del mundo los rayos de la gloria del Sol de justicia hubiera sido lo mismo que trataran de privar a la tierra de los brillantes rayos del sol. A pesar de toda la oposición, el reino de Cristo fue confesado por el pueblo.
Cuando los fariseos y gobernantes recuperaron el habla, murmuraron entre sí: "Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él". Pero pronto se liberaron del efecto paralizante del extraño espectáculo que habían contemplado, y trataron de intimidar a la multitud amenazando con acusarla ante las autoridades civiles de levantar una insurrección (3SP 14-15).
32 (cap. 1: 29; 3: 14-15; ver EGW com. Gál. 6: 14). No hubo descanso para algunos.-
Nunca antes fue Jesús tan ampliamente conocido como cuando colgaba de la cruz. Fue levantado de la tierra para atraer a todos hacia él. En los corazones de muchos que contemplaron esa escena de la crucifixión y que oyeron las palabras de Cristo, brillaría la luz de la verdad. Proclamarían con Juan: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Hubo quienes nunca descansaron hasta que, escudriñando las Escrituras y comparando pasaje con pasaje, comprendieron el significado de la misión de Cristo. Comprendieron que el perdón gratuito lo daba Aquel cuya tierna misericordia incluía al mundo entero. Leyeron las profecías concernientes a Cristo y las promesas tan generosas y plenas que indicaban un manantial abierto para Judá y Jerusalén (MS 45, 1897).
Estudiad todo a la luz de la cruz.-
El sacrificio de Cristo como expiación por el pecado es la gran verdad alrededor de la cual se agrupan todas las otras verdades. Para entender y apreciar debidamente toda verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, debe estudiarse a la luz que fluye de la cruz del Calvario y en relación con la maravillosa verdad central de la expiación del Salvador. Los que estudian el admirable sacrificio del Redentor, crecen en gracia y conocimiento.
Presento ante vosotros el grande y magnífico monumento de misericordia y regeneración, salvación y redención: el Hijo de Dios levantado en la cruz del Calvario. Este debe ser el tema de cada discurso. Cristo declara: "Si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo" (MS 70, 1901).
La cruz plantada entre la tierra y el cielo.-
Cuando Cristo vino a este mundo, encontró que Satanás tenía todo como él quería. El adversario de Dios y del hombre pensaba que era sin duda el príncipe de la tierra; pero Jesús se aferró al mundo para arrancarlo del poder de Satanás. Vino a redimirlo de la maldición del pecado y del castigo de la transgresión, para que el transgresor pudiera ser perdonado. Plantó la cruz entre el cielo y la tierra, entre la divinidad y la humanidad; y cuando el Padre contempló la cruz, quedó satisfecho. Dijo: "Es suficiente, la ofrenda es completa". Dios y el hombre pueden reconciliarse. Los que han vivido en rebelión contra Dios pueden llegar a reconciliarse si, cuando ven la cruz, se arrepienten y aceptan la gran propiciación que Cristo ha hecho por sus pecados. En la cruz ven que "la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron" (ST 30-9-1889).
(Gál. 6: 14.) La cruz un centro en el mundo.-
La cruz se levanta sola; [es] un gran centro en el mundo. No encuentra amigos; los hace. Crea sus propios instrumentos. Cristo se ha propuesto que los hombres lleguen a ser colaboradores con Dios. Hace de los seres humanos sus instrumentos para atraer los hombres a sí mismo. Un instrumento divino es suficiente únicamente mediante su acción en los corazones humanos con su poder transformador, haciendo a los hombres colaboradores con Dios (RH 29-9-1891).
39-40.
Ver EGW com. Luc. 7: 29-30.
45.
Ver EGW com. Hech. 1: 11.
CAPÍTULO 13
2 (cap. 15: 1-8; ver EGW com. Luc. 22: 3-5). Judas, un vástago seco.-

Judas... no llegó a transformarse y convertirse en una rama viviente por medio de la unión con la Vid Verdadera. Ese retoño seco no se adhirió a la Vid hasta crecer y convertirse en una rama fructífera y viva. Reveló que era un injerto que no llevaba fruto: el injerto que fibra tras fibra y vena tras vena no se entretejió con la Vida y participó de su vida.
El retoño seco y cortado puede llegar a ser uno con la vid materna únicamente convirtiéndose en participante de la vida y sustancia de la vid viviente, siendo injertado en la vid, colocado en la más íntima relación posible. La ramita se adhiere fibra tras fibra y vena tras vena a la vida vivificadora, hasta que la vida de la vid se convierte en la vida de la rama y produce un fruto semejante al de la vid (RH 16-11-1897).
10-11. Una prueba de limpieza del corazón.-
Cristo dio a entender a sus discípulos que al lavarse los pies no se lavaban sus pecados, sino que la limpieza de su corazón se probaba en este servicio humilde. Si el corazón estaba limpio, este acto era suficientemente esencial para revelar ese hecho. El le había lavado los pies a Judas, pero dijo: "No estáis limpios todos". En ese momento Judas poseía un corazón traidor, y Cristo reveló a todos que sabía que él traicionaría a su Señor y que el lavamiento de sus pies no era un rito para limpiar el alma de su contaminación moral...
Jesus quiso dar una prueba convincente de que entendía perfectamente el carácter de Judas, y que no había excluido de su ministerio aun a aquel que Cristo sabía que estaba trabajando para entregarlo a traición en las manos de sus enemigos. En el ejemplo de Cristo recibimos la lección de que el rito del lavamiento de los pies no debe ser postergado porque haya algunos falsos creyentes que no están limpios de sus pecados. Cristo conocía el corazón de Judas, y sin embargo le lavó los pies. El amor infinito no podía hacer más para que Judas se arrepintiera y para salvarlo de que diera ese paso fatal. Si ese acto de su Maestro, que se humilló para lavar los pies al peor de los pecadores, no le quebrantó el corazón, ¿qué más podía hacerse? Fue el último acto de amor que Jesús podía manifestar en favor de Judas. El amor infinito no podía obligar a Judas para que se arrepintiera, confesara sus pecados y fuera salvado. Se le concedió toda oportunidad. No se dejó de hacer nada que pudiera haber sido hecho para salvarlo de la trampa de Satanás (RH 14-6-1898).
13-17. Una dedicación al servicio.-
El rito del lavamiento de los pies es un rito de servicio. Esta es la lección que el Señor quiere que todos aprendan y practiquen. Cuando este rito se celebra debidamente, los hijos de Dios participan de una santa relación mutua que es ayuda y bendición para ellos.
Para que los suyos no se extravíen por el egoísmo que está en el corazón natural y que se fortalece cuando se busca el bien propio, Cristo mismo nos dio un ejemplo de humildad. No dejaría este gran asunto en manos del hombre. Lo consideró de tanta importancia, que él mismo, Aquel que era igual a Dios, lavó los pies de sus discípulos [se cita Juan 13: 13-17].
Esta ceremonia significa mucho para nosotros. Dios quiere que entendamos toda la escena, y no sólo el acto aislado de la limpieza externa. Esta lección no se refiere únicamente a un acto. Debe revelar la gran verdad de que Cristo es un ejemplo de lo que, por su gracia, debemos ser en nuestra relación mutua. Muestra que la vida entera debiera ser un ministerio humilde y fiel... El rito del lavamiento de los pies ilustra hasta el máximo la necesidad de la verdadera humildad. Mientras los discípulos luchaban por el lugar más elevado en el reino prometido, Cristo se ciñó y cumplió con el oficio de un siervo lavando los pies de aquellos que lo llamaban Señor. El, el puro e inmaculado Cordero de Dios, se presentaba como una ofrenda por el pecado; y mientras comía la pascua con sus discípulos, puso fin a los sacrificios que se habían ofrecido durante cuatro mil años. En lugar de la fiesta nacional que el pueblo judío había observado, por medio de la ceremonia del lavamiento de los pies y la cena sacramental instituyó un servicio conmemorativo que debe ser observado por sus seguidores en todos los tiempos y en todos los países. Deben repetir siempre el acto de Cristo para que todos puedan ver que el verdadero servicio exigió un ministerio abnegado (MS 43, 1897).
14-15 (Mat. 23: 8; 1 Cor. 11: 28). La humildad como principio activo.-
La humildad es un principio activo que nace de una cabal comprensión del gran amor de Dios, y que siempre se demostrará por la forma en que obra. Cuando participamos en el rito del lavamiento de los pies, mostramos que estamos dispuestos a realizar este acto de humildad. Estamos haciendo lo mismo que hizo Cristo, pero no se debe hablar de esto como de un acto de humillación. Es un acto que simboliza el estado de la mente y del corazón.
"Todos vosotros sois hermanos". Como hermanos nos identificamos con Cristo y también mutuamente. Como hermanos somos idénticos con Cristo y, mediante su gracia, mutuamente idénticos. Y mientras lavamos los pies de los seguidores de Cristo, es, ciertamente, como si tocáramos al Hijo de Dios. Hacemos este acto porque Cristo nos dijo que lo hiciéramos, y Cristo mismo está entre nosotros. Su Espíritu Santo cumple la obra de unir nuestros corazones. Llegar a ser uno con Cristo requiere desprendimiento y abnegación a cada paso.
La realización del rito de la humildad demanda un examen propio. Los nobles principios del alma se fortalecen en cada ocasión tal. Cristo vive en nosotros, y eso atrae los corazones entre sí. Somos inducidos a amar fraternalmente, a ser bondadosos, tiernos, corteses en el servicio diario, y nuestros corazones pueden sentir los pesares ajenos (Carta 210, 1899).
(1 Cor. 11: 23-25.) Tomarle el pulso a la conciencia.-
Con este rito Cristo exoneró a sus discípulos de los cuidados y las cargas de las antiguas obligaciones judías relativas a los ritos y a las ceremonias. No tenían más virtud alguna, pues en Jesús se encontraron el símbolo y lo simbolizado [el "tipo" y el "antitipo"] Cristo era la autoridad y el fundamento de todos los ritos judaicos que lo señalaban como la única ofrenda grande y eficaz para los pecados del mundo. Dio este sencillo rito para que pudiera ser una ocasión especial, cuando él estaría siempre presente para inducir a todos los participantes a tomarse el pulso de su propia conciencia, para despertarlos a una comprensión de las lecciones simbolizadas, para revivir su recuerdo, para convencer de pecado y para recibir su arrepentimiento penitencial. El quiere señalarles que el hermano no debe ensalzarse por encima del hermano, que se vean y aprecien los peligros de la desunión y la contienda, pues están en juego la salud y la santa actividad del alma.
Este rito no atañe tanto a la capacidad intelectual del hombre como a su corazón. Su naturaleza moral y espiritual lo necesita. Si sus discípulos no hubiesen necesitado esto, no les hubiera sido dejado como el último rito establecido por Cristo en conexión con la última cena, e incluyéndola. El deseo de Cristo fue dejar con sus discípulos un rito que hiciera a favor de ellos precisamente lo que necesitaban; que sirviera para liberarlos de los ritos y las ceremonias que hasta ese momento habían practicado como esenciales, y que perderían su valor con la recepción del Evangelio. Continuar con esos ritos sería un insulto a Jehová. Comer del cuerpo y beber de la sangre de Cristo consistiría no sólo en tomar parte en el servicio sacramental, sino participar diariamente del pan de vida para satisfacer el hambre del alma, recibiendo su Palabra y haciendo su voluntad (RH 14-6-1898).
34 (ver EGW com. 1 Juan 3: 16-18). Un nuevo concepto del amor.-
¿Por qué fue llamado éste un "mandamiento nuevo"? Los discípulos no se habían amado mutuamente como Cristo los había amado. Aún no habían visto la plenitud del amor que él revelaría en favor del hombre. Aún tenían que verlo muriendo en la cruz por los pecados de ellos. Por medio de su vida y de su muerte habrían de recibir un nuevo concepto del amor. El mandamiento de amarse "unos a otros" tenía que adquirir un nuevo significado a la luz del sacrificio de sí mismo hecho por Cristo. En la luz que brilla desde la cruz del Calvario habían de leer el significado de las palabras: "Como yo os he amado, que también os améis unos a otros" (RH 30-6-1910).
Revelar un amor especialmente tierno.-
[Se cita Juan 13:34-35.] ¿Por qué era este un nuevo mandamiento para los discípulos? Las palabras "como yo os he amado" todavía estaban por cumplirse en la ofrenda que él pronto haría por los pecados del mundo. Los discípulos debían amarse unos a otros como Cristo los había amado. Debían manifestar por los hombres, las mujeres y los niños el amor que moraba en sus corazones, haciendo todo lo que pudieran para la salvación de ellos. Pero deberían revelar un amor especialmente tierno por todos los de la misma fe (MS 160, 1898).
(Cap. 15: 12; Sant. 3: 17.) El amor es un poder permanente.-
Jesús dice: "Como yo os he amado, que también os améis unos a otros". El amor no es sencillamente un impulso, una emoción transitoria que depende de las circunstancias; es un principio viviente, un poder permanente. El alma se alimenta de las corrientes de amor puro que fluyen del corazón de Cristo como de un manantial que nunca falla. ¡Oh, cómo se vivifica el corazón, cómo se ennoblecen sus motivos y se profundizan sus sentimientos mediante esa comunión! Los hijos de Dios, bajo la educación y la disciplina del Espíritu Santo se aman mutuamente, con lealtad, con sinceridad, sin afectación, "sin incertidumbre ni hipocresía". Y esto sucede porque el corazón ama a Jesús. Nuestro afecto mutuo fluye de nuestra relación común con Dios. Somos una familia, nos amamos entre nosotros como él nos amó. Cuando este afecto verdadero, santificado Y disciplinado se compara con la cortesía superficial del mundo y las expresiones vacías de amistad, éstas son como el tamo comparado con el trigo (Carta 63, 1896).
Un amor práctico en acción.-
Amar como Cristo amó significa manifestar abnegación en todo momento y en todo lugar mediante palabras bondadosas y ademanes agradables. No cuestan nada al que los imparte, pero dejan tras sí una fragancia que envuelve el alma. Su afecto nunca puede ser estimado. No sólo son una bendición para el que recibe, sino para el dador, pues se reflejan en él. El amor genuino es un precioso atributo de origen celestial que aumenta en fragancia en la proporción en que se da a otros...
El amor de Cristo es profundo y ferviente, y mana como una corriente incontenible hacia todos los que quieran aceptarlo. En este amor no hay egoísmo. Si este amor de origen celestial es un principio permanente en el corazón, se dará a conocer no sólo a aquellos con quienes estamos más vinculados por amor en una relación sagrada, sino a todos con quienes nos relacionamos. Nos inducirá a prestar pequeñas atenciones, a hacer concesiones, a impartir actos de bondad, a pronunciar palabras tiernas, veraces, animadoras. Nos impulsará a simpatizar con aquellos cuyos corazones anhelan simpatía (MS 17, 1899).
Amaos mutuamente.-
El egoísmo y el orgullo estorban el amor puro que nos une con Jesucristo en espíritu. Si este amor es verdaderamente cultivado, lo finito se combinará con lo finito, y todo se centrará en el Infinito. La humanidad se unirá con la humanidad, y todo se unirá con el corazón de Amor Infinito. El amor mutuo santificado es sagrado. En esta gran obra, el amor mutuo de los cristianos -mucho más elevado, más constante, más cortés, más abnegado de lo que se haya visto- preserva la ternura, la benevolencia y la cortesía cristianas, y envuelve la hermandad humana en el abrazo de Dios, reconociendo la dignidad con que Dios ha investido los derechos del hombre. Los cristianos siempre deben cultivar esta dignidad para la honra y gloria de Dios...
El unigénito Hijo de Dios reconoció la nobleza de la humanidad al tomarla sobre sí y morir en favor de ella, testificando por todos los siglos que "de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Carta 10, 1897).
Un engaño fatal.-
La verdadera santificación une a los creyentes con Cristo mutuamente, con los vínculos de tierna simpatía. Esta unión hace que fluyan continuamente dentro del corazón ricas corrientes de amor semejantes a Cristo, que a su vez refluyen en amor mutuo.
Las cualidades que es esencial que posean todos son las que distinguieron la integridad del carácter de Cristo: su amor, su paciencia, su abnegación y su clemencia. Esos atributos se adquieren haciendo actos de bondad con corazón afectuoso...
El engaño más grande y más fatal es suponer que un hombre puede tener fe para vida eterna sin sentir por sus hermanos un amor semejante al de Cristo.. El que ama a Dios y a su prójimo está lleno de luz y de amor. Dios está en él y en todo lo que lo rodea. Los cristianos aman a los que los rodean como a almas preciosas por quienes Cristo murió. No puede existir un cristiano sin amor, pues "Dios es amor" y "en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardemos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él"...
"Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado". Este es el fruto con que se debe corresponder a Dios (MS 133, 1899).
Pocas posibilidades para Satanás.-
Los poderes de las tinieblas tienen pocas probabilidades contra los creyentes que se aman mutuamente como Cristo los ha amado, que se niegan a fomentar desuniones y contiendas, que se mantienen juntos, que son bondadosos, corteses y tiernos de corazón, que albergan la fe que obra por el amor y purifica el alma. Tenemos que poseer el Espíritu de Cristo, o no le pertenecemos (MS 103, 1902).
Una cadena áurea.-
El amor de Cristo es una cadena áurea que une a los seres humanos limitados que creen en Jesucristo con el Dios infinito. El amor que el Señor tiene por sus hijos supera al entendimiento. Ninguna ciencia puede definirlo o explicarlo. Ninguna sabiduría humana puede sondearlo. Mientras más sintamos la influencia de este amor, más mansos y humildes seremos (Carta 43, 1896).
34-35. Las credenciales de los discípulos.-
[Se cita Juan 13:34-35.] Cuán amplio, cuán pleno es este amor. Los discípulos no entendieron la parte nueva de ese mandamiento. Debían amarse unos a otros como Cristo los había amado. Estas eran sus credenciales de que Cristo se había formado en lo íntimo de ellos, la esperanza de gloria. Después de los sufrimientos de Cristo, después de su crucifixión y resurrección de que proclamara sobre el sepulcro abierto de José: "Yo soy la resurrección y la vida", después de sus palabras a los quinientos que se congregaron para verlo en Galilea, y después de su ascensión al cielo, los discípulos tuvieron alguna idea de lo que abarcaba el amor de Dios y del amor que debían practicar entre sí. Cuando el Espíritu Santo descansó sobre ellos en el día de pentecostés, ese amor fue revelado (MS 82, 1898).
36-38.
ver EGW com. Mat. 26:31-35.
CAPÍTULO 14
2-3.
Ver EGW com. Hech. 1: 11.
6.
Ver EGW com. Rom. 8:34.
8 -10. Dios no puede ser visto en forma corporal.-
[Se cita Juan 14:8-10.] La duda de Felipe fue refutada con palabras de reproche. Quería que Cristo revelara al Padre en forma corporal. Pero Dios ya se había revelado en Cristo. ¿Es posible -dijo Cristo- que no me conozcas después de haber caminado conmigo, oyendo mis Palabras, viendo el milagro de la alimentación de los cinco mil, la curación de la temible enfermedad de la lepra, de traer los muertos a la vida, de haber resucitado a Lázaro, que era cautivo de la muerte y cuyo cuerpo ciertamente se había corrompido? ¿Es posible que no disciernas al Padre en las obras que el hace por mí?...
Cristo grabó en ellos con énfasis el hecho de que sólo podían ver al Padre por la fe. Dios no puede ser visto en forma corporal por ningún ser humano. Sólo Cristo puede manifestar al Padre ante la humanidad. Los discípulos habían tenido el privilegio de contemplar esa manifestación durante más de tres años.
La gloria de Dios brillaba en el semblante de Cristo mientras pronunciaba estas palabras, y todos los presentes sintieron un sagrado y respetuoso temor mientras extasiados escuchaban sus palabras. Sentían que sus corazones se juntaban con él más decididamente, y al unirse con Cristo con un amor mayor, se estrechaban mutuamente. Sintieron que el cielo estaba muy cerca de ellos, que las palabras que escuchaban eran un mensaje del Padre celestial para ellos (MS 41, 1897).
9-11. La autoridad divina de Jesús.-
El Redentor del mundo era igual con Dios. Su autoridad era como la autoridad de Dios. Declaró que no había existido separado del Padre. La autoridad con la cual él hablaba y hacía milagros era expresamente suya, y sin embargo nos asegura que él y el Padre son uno...
Jesús ejerció como legislador la autoridad de Dios; sus órdenes y decisiones estaban respaldadas por la Soberanía del trono eterno. La gloria del Padre se revelaba en el hijo; Cristo manifestó el carácter del Padre. Estaba tan perfectamente relacionado con Dios, tan completamente dentro de su luz circundante, que el que había visto al Hijo había visto al Padre. Su voz era como la voz de Dios (RH 7-1-1890).
11. Preparación para la tormenta de la tentación.-
"Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mi; de otra manera, creedme por las mismas obras". Su fe [de los discípulos] podía descansar segura sobre la evidencia dada por las obras de Cristo, obras que ningún hombre, jamás había hecho ni jamás podría hacer. Podían razonar que la humanidad sola no podía hacer esas obras maravillosas Cristo estaba procurando elevarlos de su fe deficiente a la experiencia que podrían haber vivido viendo lo que él había hecho al dar mayor instrucción y al impartir mayor conocimiento de lo que él era: Dios en la carne humana. Cuán ferviente y perseverante procuró nuestro compasivo Salvador preparar a sus seguidores para la tormenta de la tentación que pronto soplaría alrededor de ellos. Quería que se ocultaran con él en Dios (MS 41, 1897).
15 (ver EGW com. Exo. 20: 1-17; Rom. 3: 31). La obediencia es posible en nuestra humanidad.-
No debemos servir a Dios como si no fuéramos humanos, sino que debemos servirle en la naturaleza que tenemos, la cual ha sido redimida por el Hijo de Dios. Por la justicia de Cristo nos presentaremos ante Dios perdonados y como si nunca hubiéramos pecado. Nunca creceremos en fortaleza si pensamos lo que podríamos hacer si fuéramos ángeles. Debemos volvernos con fe a Jesucristo y mostrar nuestro amor a Dios por medio de la obediencia a sus órdenes (MS 1, 1892).
21. Dios ama al obediente como a su propio Hijo.-
El creyente puede dar el testimonio en su vida y carácter de que Dios ama al instrumento humano que obedece sus órdenes como ama a su Hijo. ¡Cuán admirable es esta afirmación; casi va más allá de la comprensión de la mente finita! (Carta 11a, 1894).
26.
Ver EGW com. Rom. 2:4.
30 (ver EGW com. Juan 1: 1-3, 14). La pureza de Cristo molestaba a Satanás.-
Cristo mantenía su pureza en medio de la impureza. Satanás no podía mancharla ni corromperla. El carácter de Cristo revelaba un perfecto odio por el pecado. Su santidad era lo que despertaba contra él toda la cólera de un mundo relajado, pues con su vida perfecta proyectaba sobre el mundo un continuo reproche, y ponía de manifiesto el contraste entre la transgresión y la pura e impecable justicia de Aquel que no conoció pecado. Esa pureza celestial molestaba al enemigo apóstata como ninguna otra cosa podía hacerlo, y seguía a Cristo día tras día usando en su obra al pueblo que se jactaba de tener una pureza superior y un conocimiento mayor de Dios, poniendo en el corazón de ellos un espíritu de odio contra Cristo y tentando a sus discípulos para que lo traicionaran y abandonaran (ST 10 -5-1899) .
CAPÍTULO 15
1-2. Llevar fruto testifica la permanencia
.-
"Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará".
"En mí". Esto no significa que los que realmente están en Cristo no llevan fruto alguno. Dios nos ha comprado mediante Cristo para que él pudiera ser una propiciación por nuestros pecados. Estamos dentro de los límites de su misericordia, pues su brazo abarca a toda la raza humana con misericordia. Como Cristo ha pagado el precio de todo el servicio que nosotros debiéramos prestarle, somos sus siervos por haber sido comprados. Aunque estamos en Cristo Jesús por su pacto de promesa, sin embargo, si nos colocamos en una posición de perfecta indiferencia, sin reconocerlo como a nuestro Salvador, no llevamos fruto. Si por dejar de ser participantes de su naturaleza divina no llevamos fruto, somos quitados. Las influencias mundanas nos alejan de Cristo, y nuestra parte es la misma que la de las ramas infructíferas: "Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará".
"Todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto". Los frutos que damos testifican si permanecemos en Cristo.
Somos la propiedad de Cristo. "No sois vuestros ... ; habéis sido comprados por, precio". ¿Estamos en él por una fe viviente? Si no damos fruto alguno, los poderes de las tinieblas se posesionan de nuestra mente, de nuestros afectos, de nuestro servicio, y somos del mundo aunque pretendamos ser hijos de Dios. Esta no es una situación segura ni placentera, porque perdemos toda la belleza, la gloria y la satisfacción que es nuestro privilegio tener. Viviendo en Cristo podemos tener su dulzura, su fragancia, su luz. Cristo es la Luz del mundo. Brilla en nuestros corazones. Su luz en nuestros corazones reluce en nuestros rostros. Contemplando la belleza y la gloria de Cristo llegarnos a ser transformados a la misma imagen (MS 85, 1901).
1-5. Se necesita identidad con Cristo.-
Las ramas de la Vid Verdadera son los creyentes que adquieren unidad conectándose con la Vid. La conexión mutua de las ramas y con la Vid las hace que formen una unidad, pero esto no significa uniformidad en todo respecto. La unidad en la diversidad es un principio que prevalece en toda la creación. En la naturaleza hay individualidad y variedad, pero hay unidad en su diversidad, pues todas las cosas reciben su utilidad y belleza de la misma Fuente. El gran Artista maestro escribe su nombre sobre todas sus obras creadas, desde el más elevado cedro del Líbano hasta el hisopo en la pared. Todas ellas declaran la obra de sus manos: desde la encumbrada montaña y el inmenso océano hasta la más pequeña concha a la orilla del mar.
Las ramas de la vid no pueden mezclarse unas con otras, están separadas individualmente; y sin embargo cada rama debe estar unida en compañerismo con todas las otras si están unidas en el mismo tronco matero.Todas ellas obtienen su alimento de la misma fuente, beben de las mismas propiedades vivificantes. Así también cada rama de la Vid Verdadera es separada y distinta, y sin embargo están todas unidas en el tronco materno. No puede haber división. Están todas vinculadas por la voluntad de Cristo para dar fruto dondequiera que puedan hallar lugar y oportunidad. Pero para hacer esto, el obrero [el hijo de Dios] debe ocultar el yo. No debe expresar sus propios pensamientos y su propia voluntad. Debe expresar el pensamiento y la voluntad de Cristo. La familia humana depende de Dios para su vida, aliento y sostén. Dios ha trazado el tejido, y todos somos hebras individuales que deben componer el modelo. El Creador es uno, y se da a conocer a sí mismo como el gran Receptáculo de todo lo que es esencial para cada vida separada.
La unidad cristiana consiste en que las ramas estén en el mismo tronco materno: el poder vitalizador central que sostiene los injertos que se han unido a la Vid. Debe haber una identidad con Cristo, una constante participación de su vida espiritual, en pensamientos y deseos, en palabras y hechos. La fe debe aumentar con el ejercicio. Todos los que viven cerca de Dios comprenderán lo que Jesús es para ellos y ellos para Jesús. A medida que la comunión con Dios vaya dejando su impresión en el alma y vaya brillando en el rostro como una luz resplandeciente, los inmutables principios del santo carácter de Cristo se reflejarán en la humanidad (RH 9-11-1897).
1-8.
Ver EGW com. cap. 13:2.
4. Separación tanto como unión.-
La unión con Cristo mediante una fe viviente es constante; toda otra unión debe perecer. Cristo primero nos eligió pagando un precio infinito por nuestra redención, y el verdadero creyente elige a Cristo como lo primero, lo último y lo mejor en todo. Pero esta unión nos cuesta algo. Es una relación de completa dependencia en la que debe entrar un ser orgulloso. Todos los que forman esa unión debe sentir su necesidad de la sangre expiatoria de Cristo. Deben experimentar un cambio de corazón. Deben someter su voluntad a la voluntad de Dios. Habrá una lucha con obstáculos externos e internos. Debe haber una dolorosa obra de separación así como una obra de unión. El pecado en todas sus formas: el orgullo, el egoísmo, la vanidad, la mundanalidad, deben ser vencidos, si entramos en una unión con Cristo. La razón por la cual muchos encuentran la vida cristiana tan deplorablemente dura, por la cual son tan inconstantes y tan variables, es porque tratan de unirse con Cristo sin separarse de esos ídolos favoritos...
Los creyentes llegan a ser uno en Cristo, pero una rama no puede ser sostenida por otra. La alimentación debe obtenerse mediante una conexión vital con la Vid. Debemos sentir nuestra plena dependencia de Cristo. Debemos vivir por fe en el Hijo de Dios. Este es el significado de la orden: "Permaneced en mí". La vida que vivimos en la carne no está de acuerdo con la voluntad de los hombres, no es para agradar a los enemigos de nuestro Señor, sino para servir y honrar a Aquel que nos amó y se entregó así mismo por nosotros. Un simple asentimiento a esta unión mientras las inclinaciones no se hayan separado del mundo, de sus placeres y disipaciones, sólo anima al corazón para la desobediencia (ST 29-11-1910).
Dios no entra en componendas.-
Hasta que el corazón no se rinda incondicionalmente a Dios, el instrumento humano no permanecer en la Vid Verdadera y no podrá prosperar en la Vid y llevar ricos racimos de fruto. Dios no desea entrar en la mínima componenda con el pecado. Si pudiese haberlo hecho, Cristo no hubiera necesitado venir a nuestro mundo para sufrir y morir. No es genuina ninguna conversión que no cambie tanto el carácter como la conducta de los que aceptan la verdad. La verdad obra por el amor y purifica el alma (Carta 31a, 1894).
4-5.
Ver EGW com. Mat. 11: 29.
5 (ver EGW com. 2 Cor. 4: 3-6). La circulación de la vida.-
Sólo Cristo puede ayudarnos y darnos la victoria. Cristo debe ser completamente todo para nosotros, debe morar en el corazón, su vida debe circular por nosotros como la sangre circula por las venas. Su Espíritu debe ser un poder vitalizador que haga que influyamos sobre otros para que se vuelvan semejantes a Cristo y santos (Carta 43, 1895).
8. Una experiencia cada día.-
[Se cita Juan 1, 5:8.] ¿Qué es llevar fruto? No todo consiste en venir a reuniones una vez por semana y dar nuestro testimonio en las reuniones de oración o en otras reuniones. Debemos hallar día tras día que permanecemos en la Vid, y dando fruto con paciencia en nuestro hogar, en nuestras ocupaciones; y manifestando en la vida el Espíritu de Cristo en cada trato con otros. Hay muchos que proceden como si pensaran que una unión ocasional con Cristo fuera todo lo necesario, y que pueden ser reconocidos como ramas vivientes porque a veces confiesan a Cristo; pero esto es un engaño. La rama debe ser injertada en la Vid y permanecer allí uniéndose con la Vid fibra tras fibra, extrayendo su porción diaria de savia y alimento de la raíz y fertilidad de la Vid hasta que llega a ser uno con el tronco materno. La savia que alimenta la Vid debe nutrir la rama, y esto ser evidente en la vida de aquel que permanece en Cristo, pues el gozo de Cristo será cumplido en aquel que no camina según la carne sino según el Espíritu.
Lo que pretendamos ser no tiene valor a menos que permanezcamos en Cristo, pues no podemos ser ramas vivientes a menos que las cualidades vitales de la Vid abunden en nosotros. Las características de su Maestro aparecerán en el cristiano genuino, y cuando reflejamos las características de Cristo en nuestra vida y en nuestro carácter, el Padre nos ama como ama a su Hijo. Cuando esto se cumpla en los que dicen que creen en la verdad presente, veremos una iglesia prospera, porque sus miembros no vivirán para sí mismos sino para Aquel que murió por ellos, y ser ramas lozanas de la Vid viviente (ST 18-4-1892).
10.
Ver EGW com. Mat. 24:23-24.
11 (Hech. 2: 28). La luz trae alegría.-
Cuando la luz del cielo brilla en el instrumento humano, su rostro expresa el gozo del Señor que mora en lo íntimo. La ausencia de Cristo en el alma hace que la gente sea triste y tenga una mente que desconfía. La falta de Cristo es lo que hace que el rostro sea triste y la vida una peregrinación de lamentos. El regocijo es la nota dominante de la Palabra de Dios para todos los que reciben a Cristo. ¿Por qué? Porque tienen la Luz de la vida. La luz trae alegría y gozo, y ese gozo se expresa en la vida y el carácter (MS 96, 1898).
12.
ver EGW com. cap. 13:34.
22 (cap. 5:40; Luc. 12: 48). No hay remedio para la ceguera voluntaria.-
[Se cita Juan 15:22.] ... Los que tienen una oportunidad de oír la verdad, y sin embargo no se esfuerzan por oírla ni comprenderla, pensando que si no oyen no serán responsables, serán considerados culpables ante Dios lo mismo como si la hubieran oído y rechazado. No habrá excusa para los que elijan caminar en el error cuando podrían haber entendido lo que es la verdad. Jesús, en sus sufrimientos y muerte, ha hecho expiación para todos los pecados de ignorancia; pero no se ha preparado remedio para la ceguera voluntaria...
No seremos considerados como responsables por la luz que no ha llegado a nuestra percepción, sino por la que hemos resistido y rechazado. Un hombre no puede posesionarse de la verdad que nunca se le ha presentado, y por lo tanto no podrá ser condenado por la luz que nunca tuvo. Pero si tuvo la oportunidad de escuchar el mensaje y de llegar a familiarizarse con la verdad, y sin embargo se negó a aprovechar su oportunidad, estará entre aquellos de quienes Cristo dijo: "No queréis venir a mí para que tengáis vida". Los que deliberadamente se colocan donde no puedan tener una oportunidad de escuchar la verdad, serán considerados entre los que han escuchado la verdad y han rechazado persistentemente sus evidencias (RH 25-4-1893).
La luz que ha brillado, condenará.-
Nadie será condenado por no haber prestado atención a la luz y al conocimiento que nunca tuvo y que no pudo obtener. Pero muchos se niegan a obedecer la verdad que les es presentada por los embajadores de Cristo, porque desean amoldarse a las noticias del mundo. La verdad que ha llegado hasta su entendimiento, la luz que ha brillado en el alma, los condenarán en el juicio (RH 25-11-1884).
Juzgados de acuerdo con la luz.-
Los hombres no serán juzgados por la luz que nunca tuvieron. Pero aquellos que han guardado el domingo y que han sido advertidos de este error, pero que no quisieron abrir los ojos para contemplar las cosas maravillosas que emanan de la ley, serán juzgados de acuerdo con la luz que les llegó (RH 13-9-1898).
26-27.
Ver EGW com. Hech. 1:8.
CAPÍTULO 16
24.

Ver EGW com. Hech. 1: 11.
CAPÍTULO 17
Ilustración de la intercesión de Jesús en el santuario celestial.-
Este capítulo contiene la oración intercesora que Cristo ofreció a su Padre poco antes de su enjuiciamiento y crucifixión. Está oración es una lección acerca de la intercesión que el Salvador llevaría a cabo dentro del velo, cuando se hubiera completado su gran sacrificio a favor de los hombres: la ofrecida de sí mismo. Nuestro Mediador dio a sus discípulos esta instrucción de su ministerio en el santuario celestial en favor de todos los que vengan a él con mansedumbre y humildad, despojados de todo egoísmo y creyendo en el poder de Cristo para salvar (MS 29, 1906).
1-6. La oración antes del Getsemaní.-
[Se cita Juan 17:1-6.]... Esta fue la última oración de Cristo con sus discípulos. Fue ofrecida poco antes de que fuera al huerto de Getsemaní, donde sería traicionado y hecho preso. Cuando llegó al Getsemaní, cayó en tierra en una agonía angustiosa. ¿Qué causó su agonía? El peso de los pecados de todo el mundo descansaba sobre su alma. A medida que estudiemos esta oración recordemos que estas palabras fueron pronunciadas poco antes de esa experiencia y de que fuera traicionado y juzgado (MS 52, 1904).
2-3 - Relación de Padre e Hijo.-
El capítulo 17 de Juan habla claramente de la personalidad de Dios y de Cristo y de su relación mutua. "Padre, la hora ha llegado -dijo Cristo-, glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti". [Se cita Juan 17: 23, 3, 5 - 11.] Aquí hay personalidad e individualidad (MS 124, 1903).
3 (ver EGW com. cap. 1: 4; Rom. 11: 33). Conocer a Cristo es practicar sus palabras.-
[Se cita Juan 17:3.] Estas palabras significan mucho. Solo conociendo a Cristo podemos conocer a Dios. El Enviado de Dios nos insta a que escuchemos estas palabras. Son las palabras de Dios, y todos debieran prestarles atención, pues por ellas serán juzgados . Conocer a Cristo de una manera que asegure la salvación final es ser vitalizado con un conocimiento espiritual, es practicar sus palabras. Sin esto todo lo demás no tiene valor (ST 27-1-1898).
14-10. Glorificado en aquellos que creen.-
En la oración intercesora que Jesús elevó a su Padre, afirmó que había cumplido con las condiciones que el Padre había dispuesto como obligatorias, respecto al hombre caído, para que Cristo las cumpliera conforme al contrato hecho en el cielo. El oró: "He acabado la obra que me diste que hiciese. [Es decir, había forjado en la tierra un carácter justo como un ejemplo para que lo siguieran los hombres.] Ahora, pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese". En esta oración prosigue declarando lo que está abarcado por la obra que ha hecho, y que le han sido dados todos los que creen en su nombre. Da tanto valor a esta recompensa, que se olvida de la angustia que le ha costado redimir al hombre caído. Se declara a sí mismo glorificado en los que creen en él. La iglesia debe llevar, en su nombre, a una perfección gloriosa la obra que él ha comenzado; y cuando esa iglesia sea finalmente rescatada en el paraíso de Dios, pensará en el trabajo de su alma se sentirá satisfecho. La hueste redimida será la gloria principal de Cristo a através de toda la eternidad (3SP 260-261).
5. Sea quitado el velo.-
[Se cita Juan 17: 1 - 5.] Cristo no está orando por la manifestación de la gloria de la naturaleza humana, pues esa naturaleza nunca existió en la preexistencia de Cristo. Está orando a su Padre por una gloria que poseía en su unidad con Dios. Su oración es la de un mediador, el favor que suplica es la manifestación de aquella gloria divina que él poseía cuando era uno con Dios. Que el velo sea quitado, dice, y brille mi gloria: la gloria que tuve contigo antes de que el mundo fuera (ST 10-5-1899).
5, 24 (Heb. 1: 6; 1 Juan 2: 1; ver EGW com. Juan 20: 16 .17; Heb. 3: 1-3). Reinstalación pública de Cristo en el cielo.-
La oración de Cristo fue respondida. Fue glorificado con la gloria que tuvo con su Padre antes de que el mundo fuera. Pero en medio de esa gloria Cristo no perdió de vista a los suyos que luchan y se esfuerzan en la tierra. Tiene un pedido que hacer a su Padre. Hace retirar a la hueste celestial hasta que él esté en la presencia directa de Jehová, y entonces presenta su petición en favor de sus escogidos.
"Padre -dice-, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo". Y entonces el Padre declara: "Adórenle todos los ángeles de Dios". La hueste celestial se postra delante de él, y eleva su canto de triunfo y gozo. La gloria rodea al Rey del cielo, y fue contemplado por todos los seres celestiales. No hay palabras que puedan describir la escena que tuvo lugar cuando el Hijo de Dios fue públicamente restablecido al lugar de honor y gloria que dejó voluntariamente cuando se hizo hombre.
Y hoy día Cristo, glorificado y sin embargo aún nuestro hermano, es nuestro Abogado en los atrios celestiales (ST 10-5-1899).
6. Un gran honor.-
Qué gloriosa alabanza: "Han guardado tu palabra". Sería un gran honor que se dijeran de nosotros estas palabras; pero con demasiada frecuencia interviene el yo, y éste lucha por la supremacía (MS 52, 1904).
17. Una satisfacción propia no es santificación.-
"Santificalos en tu verdad; tu palabra es verdad". Un sentimiento agradable, satisfecho de sí mismo, no es una evidencia de santificación. Se conserva un fiel registro de todos los hechos de los hijos de los hombres. Nada puede ocultarse de la mirada del Alto y Sublime, el que habita la eternidad. Algunos avergüenzan a Cristo por la forma en que trazan sus planes, astucias y proyectos. Dios no aprueba su conducta, pues el Señor Jesús no es honrado por el espíritu y la conducta de ellos. Olvidan las palabras del apóstol: "Hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres" (MS 159, 1903).
La prueba de Adán se presenta a todos.-
La ley de Dios es la única gran norma que medirá el carácter de cada hombre en el día de Dios. La oración de Cristo fue: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad". Por lo tanto, la santificación del Espíritu de Dios en el corazón induce a los hombres a caminar en la senda de los mandamientos de Dios. La misma prueba que Dios presentó ante Adán y Eva será presentada a cada miembro de la familia humana. A Adán se le exigió que obedeciera a Dios, y nos encontramos en la misma situación en que él se encontró para tener una segunda prueba, para ver si escuchamos la voz de Satanás y desobedecemos a Dios, o si escuchamos la Palabra de Dios y obedecemos (RH 10-6-1890).
(1 Tes. 4: 3; 2 Tim. 3: 16.) El libro de texto de la santificación.-
La Biblia es la norma por la cual se deben probar las afirmaciones de todos los que dicen que son santificados. Jesús oró para que sus discípulos pudieran ser santificados por la verdad, y dice: "Tu palabra es verdad", entretanto que el salmista declara: "Es... tu ley la verdad". Todos aquellos a quienes Dios dirige manifestarán un alta estima por las Escrituras en las cuales se oye la voz divina. La Biblia será para ellos "útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra". "Por sus frutos los conoceréis". No necesitamos otra evidencia para juzgar la santificación de los hombres. Si tienen temor de no estar obedeciendo toda la voluntad de Dios, si escuchan diligentemente la voz divina, si confían en la sabiduría de Dios y siguen los consejos de su Palabra, entonces, y mientras que no se jacten de una bondad superior, podemos estar seguros de que están buscando alcanzar la perfección del carácter cristiano. Pero no debemos vacilar en declarar que es falsa la santidad de los que siquiera insinúan que ya no necesitan más escudriñar las Escrituras. Están dependiendo de su propio entendimiento en vez de conformarse con la voluntad de Dios (RH 5-10-1886).
Obedeced los requisitos de Dios.-
La verdad, según es en Jesús, es obediencia a cada precepto de Jehová. Es una obra en el corazón. La santificación bíblica no es la falsa santificación de hoy, la cual no anhela escudriñar las Escrituras sino que confía en los buenos sentimientos e impulsos antes que en buscar la verdad como un tesoro escondido. La santificación bíblica es conocer los requerimientos de Dios y obedecerlos. Hay un cielo puro y santo que está reservado para los que guardan los mandamientos de Dios, el cual merece el esfuerzo incansable y perseverante de toda la vida. Satanás está a vuestra diestra y a vuestra siniestra, delante y atrás; tiene un alimento de fábulas preparado para cada alma que no albergue la verdad tal como es en Jesús. El destructor está sobre vosotros para paralizar cada esfuerzo vuestro. Pero hay una corona de vida que ganar, una vida que se compara con la vida de Dios (MS 58, 1897).
La verdad, si es recibida, puede extenderse y desarrollarse constantemente. A medida que la contemplemos, aumentar en brillo; y crecer en altura y profundidad a medida que anhelemos comprenderla. De este modo nos elevará a la norma de perfección, y nos dará fe y confianza en Dios como nuestra fortaleza para la obra que está frente a nosotros (MS 153, 1898).
(Heb. 4: 12.) No con pisadas suaves.-
La verdad es la verdad. No es para que sea envuelta en bellos adornos para que se admire su apariencia exterior. El maestro debe hacer que la verdad sea clara y eficaz para el entendimiento y la conciencia. La palabra es una espada de dos filos que corta por ambos lados. No pisa con pies calzados con zapatos suaves.
Hay muchos casos de hombres que han defendido el cristianismo contra los escépticos, pero que después perdieron su propia alma en los laberintos del escepticismo. Respiraron los miasmas de la incredulidad y murieron espiritualmente. Tenían poderosos argumentos en favor de la verdad y de muchas evidencias externas, pero no tenían una fe permanente en Cristo. ¡Oh, hay miles y miles de aparentes cristianos que nunca estudian la Biblia! Estudiad la sagrada Palabra con oración para beneficio de vuestra propia alma. Cuando escuchéis la palabra del predicador viviente, si él tiene una relación viva con Dios, encontraréis que concuerdan el Espíritu y la palabra. El Antiguo y Nuevo Testamento están unidos con el broche áureo de Dios. Necesitamos familiarizarnos con las Escrituras del Antiguo Testamento. Debe verse claramente la inmutabilidad de Dios; debe estudiarse la similitud de su trato con su pueblo de la dispensación pasada con el de la presente...
Mediante la obra del Espíritu Santo la verdad es afianzada en la mente e impresa en el corazón del estudiante diligente y temeroso de Dios. Y no sólo él es bendecido por esa clase de labor, sino que también son grandemente bendecidas las almas a las cuales comunica la verdad y por quienes un día tendrá que dar cuenta. Los que hacen de Dios su consejero recogen la más preciosa cosecha cuando reúnen los áureos granos de la verdad de la Palabra divina, pues el Instructor celestial está cerca de ellos. El que así se capacita para el ministerio tendrá derecho a la bendición prometida al que conduce a muchos a la justicia (RH 20-4-1897),
20-21 (Mat. 25: 14-15; Mar. 13: 34). Unidad en la diversidad.-
[Se cita Juan 17:20-21.] ¿De qué clase de unidad se habla en estas palabras? Unidad en la diversidad. Nuestras mentes no discurren todas por los mismos cauces, a todos no se nos ha dado la misma obra. Dios ha dado a cada hombre su obra de acuerdo con sus diversas capacidades. Hay diferentes clases de obras que se debería hacer, y se necesitan obreros de diversas capacidades. Si nuestros corazones son humildes, si hemos aprendido en la escuela de Cristo a ser mansos y humildes, todos podemos marchar juntos por la angosta senda que se nos ha señalado (MS 52, 1904).
20-23. No se destruye la personalidad.-
Cristo es uno con el Padre, pero Cristo y Dios son dos personajes distintos. Leed la oración de Cristo en el capítulo 17 de Juan, y encontraréis que se destaca claramente este punto. Cuán fervientemente oró el Salvador para que sus discípulos fueran uno con él así como él es uno con el Padre. Pero la unidad que debe existir entre Cristo y sus seguidores no destruye la personalidad de ninguno de los dos. Deben ser uno con Cristo así como él es uno con el Padre (RH 1-6-1905).
[Se cita Juan 17:20-23.] ­ ¡Qué afirmación maravillosa! La unidad que existe entre Cristo y sus discípulos no destruye la personalidad de ninguno de los dos. Son uno en pensamiento, en propósito, en carácter; pero no en persona. El hombre llega a participar de la naturaleza divina, participando del Espíritu de Dios, conformándose a la ley de Dios. Cristo hace que sus discípulos lleguen a una unión viviente con él y con el Padre. EL hombre es hecho completo en Cristo Jesús mediante la obra del Espíritu Santo en la mente humana. La unidad con Cristo establece un vínculo de unidad mutua. Esa unidad es la prueba más convincente ante el mundo de la majestad y virtud de Cristo y de su poder para eliminar los pecados (MS 111, 1903).
24 (ver EGW com. cap. 20: 16-17). De acuerdo con la promesa del pacto.-
¡Oh, cómo anhelaba la Cabeza divina tener a su iglesia consigo! Participaron con él en su sufrimiento y humillación, y el gozo máximo de Cristo es tenerlos consigo para que sean participantes de su gloria. Cristo demanda el privilegio de tener a su iglesia consigo. "Aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo".Tenerlos con él está de acuerdo con la promesa del pacto y con el convenio que hizo con su Padre (RH 17-10-1893).
CAPÍTULO 18
13.
Ver EGW com. Mat. 26:3.
13-14.
Ver EGW com. Mat. 26:57.
14.
Ver EGW com. cap. 11:50-51.
20-21. Dos formas de obrar.-
[Se cita Juan 18: 20-21.] Jesús quería contrastar su forma de obrar con la de sus acusadores. Este apresamiento a medianoche mediante una turba, esta cruel burla y ultraje aun antes de que fuera acusado o condenado, era el modo de proceder de ellos y no de él. La obra de Cristo era manifiesta a todos. No había nada en sus doctrinas que él ocultara. Así reprochó el proceder de ellos, y reveló la hipocresía de los saduceos (MS 51, 1897).
37. Cristo habló la verdad con la lozanía de una nueva revelación.-
La verdad nunca languidecía en sus labios, nunca sufría en sus manos por falta de perfecta obediencia a sus requerimientos. "Para esto he nacido -declaró Cristo-, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad". Y los grandiosos principios de la verdad salían de sus labios con la lozanía de una nueva revelación. La verdad fue hablada por él con un fervor proporcionado a su infinita importancia y a los resultados trascendentales que dependía de su éxito (MS 49, 1898).
39-40.
Ver EGW com. Mat. 27:15
CAPÍTULO 19
10. Pilato responsable
.-
[Se cita Juan 19:10.] "Tengo autoridad". Pilato mostró al decir esto que se hacía responsable por la condenación de Cristo, por la cruel flagelación y por la forma en que insultaron a Cristo antes de que se probara que había hecho mal alguno. Pilato había sido elegido y nombrado para administrar justicia, pero no se atrevió a hacerlo. Si hubiese ejercicio la autoridad que afirmaba tener y que le daba su cargo, si hubiera protegido a Cristo, no hubiera sido responsable de su muerte. Cristo habría sido crucificado, pero Pilato no habría sido culpable (RH 23-1-1900).
14-15.
Ver EGW com. Mat. 27:22-23.
15. Desaparece la última esperanza.-
¡Cuán grande fue el dolor de Cristo cuando vio que los judíos decidían su destino sin posibilidad alguna de redención! Sólo él podía comprender el significado de su rechazo, traición y condenación del Hijo de Dios. Había desaparecido si última esperanza para la nación judía. Nada podía evitar su condenación. Dios fue desconocido como su Gobernante por medio de los representantes de la nación. En los mundos que no cayeron, en todo el universo celestial, se oyó la blasfema exclamación: "No tenemos más rey que César". El Dios del cielo escuchó su elección. Les había dado la oportunidad de arrepentirse, y no quisieron. Cuarenta años más tarde Jerusalén fue destruida y el poder romano gobernó sobre el pueblo. Entonces no tuvieron libertador. No tenían más rey que César. De allí en adelante la nación judía fue, como Estado, una rama cortada de la vid -una rama muerta y estéril, para ser atada y quemada-, [errante] de país en país por todo el mundo, de siglo en siglo; muerta -muerta en delitos y pecados-, sin un Salvador (YI 1-2-1900).
15-16.
Ver EGW com. Mat 27:25-26.
16. Reacciones ante la condenación de Jesús.-
Jesús, el Hijo de Dios, fue entregado al pueblo para ser crucificado. Con exclamaciones de triunfo condujeron al Salvador hacia el Calvario. Las noticias de su condenación se habían esparcido por toda, Jerusalén causando terror y angustia en miles de corazones, pero creando un gozo maligno en muchos que habían sido reprochados por sus enseñanzas (MS 127, sin fecha).
18.
Ver EGW com. Mat. 27: 38. 1123
19.
Ver EGW com. Mat. 27: 37.
25-27. Juan y María volvieron.-
Cristo, cargando con los pecados del mundo, parecía estar abandonado; pero no fue dejado completamente solo. Juan estuvo cerca de la cruz. María se había desmayado de angustia, y Juan la había llevado a su hogar, lejos de la horripilante escena. Pero él vio que el fin se acercaba, y la trajo de nuevo a la cruz (MS 45, 1897).
30 (ver EGW com. Mat. 27: 45-46, 50). El pacto fue plenamente consumado.-
Cuando Cristo pronunció estas palabras, se dirigió a su Padre. Cristo no estuvo solo al hacer este gran sacrificio. Fue el cumplimiento del pacto hecho entre el Padre y el Hijo antes de que se pusieran los fundamentos de la tierra. Con manos entrelazadas entraron en el solemne compromiso de que Cristo se convertiría en el sustituto y la garantía de la raza humana si ella fuera vencida por las sofisterías de Satanás. El pacto ahora se estaba consumando plenamente. Se alcanzó el clímax. Cristo estaba consciente de que había cumplido al pie de la letra el compromiso que había asumido. En la muerte fue más que vencedor. Se había pagado el precio de la redención (MS 111, 1897).
Se corta el último lazo de simpatía.-
Cuando Cristo clamó: "Consumado es", todo el cielo triunfó. Terminó el conflicto entre Cristo y Satanás acerca de la ejecución del plan de salvación. El espíritu de Satanás y sus obras se habían arraigado profundamente en las simpatías de los hijos de los hombres. Si Satanás hubiese llegado a ocupar el poder, eso hubiera significado muerte para el mundo. El implacable odio que sentía por el Hijo de Dios se reveló en la forma en que lo trató mientras estuvo en el mundo.Todo había sido ideado por el enemigo caído: la traición de que fue objeto Cristo, su juicio y crucifixión. Su odio, consumado en la muerte del Hijo de Dios, colocó a Satanás en el punto donde su verdadero carácter diabólico fue revelado a todos los seres inteligentes que no habían caído en el pecado.
Los santos ángeles fueron sacudidos de horror porque uno que había pertenecido a su número pudiera haber caído hasta el punto de ser capaz de tal crueldad. Se apagó en sus corazones todo sentimiento de simpatía o de compasión que pudieran haber sentido alguna vez por Satanás en su exilio. Que su envidia llegara al punto de vengarse de tal manera de una persona inocente, fue suficiente para despojarlo de su falso manto de luz celestial y para que revelara la horrible deformidad oculta; pero que manifestara semejante maldad para con el Hijo de Dios, quien con una abnegación sin precedentes y un amor por las criaturas formadas a su imagen había venido del cielo y había tomado su naturaleza caída, era un crimen tan atroz contra el cielo que hizo que los ángeles fueran sacudidos de horror, y cortó para siempre el último lazo de simpatía que existía entre Satanás y el mundo celestial (3SP 183-184).
(Mat. 27: 51.) Satanás cayó como un rayo.-
Cuando Cristo clamó: "Consumado es", la mano invisible de Dios rasgó de arriba abajo el fuerte tejido del velo del templo, quedando al descubierto el camino hacia el lugar santísimo. Dios inclinó la cabeza satisfecho. Ahora podían combinarse su justicia y su misericordia; podía ser justo, y sin embargo justificar a todos los que creyeran en Cristo. Contempló a la víctima que expiraba en la cruz, y dijo: "Consumado es. La raza humana tendrá otro juicio". El precio de la redención fue pagado, y Satanás cayó del cielo como un rayo (MS 111, 1897).
38-39.
Ver EGW com. Mat. 27: 38.
CAPÍTULO 20
16-17 (cap. 17: 24; Isa. 13: 12; Mat. 28: 18; Heb. 1: 6). El contrato ratificado.-
[Se cita Juan 20:16-17,] Jesús no quiso recibir el homenaje de los suyos hasta que supo que su sacrificio había sido aceptado por el Padre, y hasta que recibió la seguridad de Dios mismo de que su expiación por los pecados de su pueblo había sido plena y amplia, y mediante su sangre podrían ganar la vida eterna. Jesús inmediatamente ascendió al cielo y se presentó ante el trono de Dios, mostrando en sus sienes, manos y pies las marcas de la vergüenza y la crueldad; pero se negó a recibir la corona de gloria y el manto real, y también se negó a recibir la adoración de los ángeles, como había rehusado el homenaje de María, hasta que el Padre indicó que su ofrenda había sido aceptada.
Además, tenía un pedido que presentar acerca de sus escogidos en la tierra. Anhelaba que estuviera claramente definida la relación que desde allí en adelante tendrían sus redimidos en el cielo con su Padre. Su iglesia debía ser justificada y aceptada antes que él pudiera aceptar el homenaje celestial. Declaro que su voluntad era que donde él estuviera, allí estuviera su iglesia. Si él había de recibir gloria, su pueblo debía compartirla. Los que sufren con él en la tierra finalmente deben reinar con él en su reino. Cristo suplicó en forma sumamente explícita por su iglesia, identificando sus intereses con los de ella y abogando, con amor y constancia más poderosos que la muerte, por los derechos y títulos de ella, ganados por él.
La respuesta de Dios a este pedido se manifiesta en la proclamación "Adórenle todos los ángeles de Dios". Cada comandante angelical obedece la orden real, y el ¡digno, digno es el Cordero que fue muerto, y que vive otra vez como vencedor triunfante!, retumba y vuelve a resonar en todo el cielo. La innumerable hueste de ángeles se postra ante el Redentor. El Pedido de Cristo es concedido: ¡la iglesia es justificada mediante él, su representante y cabeza! Aquí el Padre ratifica el contrato hecho con su Hijo: que en él serán reconciliados los arrepentidos y obedientes que alcanzarán el favor divino por los méritos de Cristo. Cristo garantiza que hará "más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre". Todo poder en el cielo y en la tierra es dado ahora al Príncipe de la vida. Sin embargo, no por un momento olvida a sus pobres discípulos en un mundo pecaminoso, sino que se prepara para volver a ellos y poderles impartir su poder y gloria. De este modo el redentor de la humanidad relaciona la tierra con el cielo y al hombre finito con el Dios infinito, mediante el sacrificio de sí mismo (3SP 202-203).
17 (Juan 10: 18). Todo lo que era Cristo permaneció en la tumba.-
Jesús le dijo a María: "No me toques, porque aún no he subido a mi Padre". Cuando cerró los ojos al morir en la cruz, el alma de Cristo no fue inmediatamente al cielo, como muchos creen. O [de otra manera] ¿cómo podrían ser ciertas sus palabras: "Aún no he subido a mi Padre"? El espíritu de Jesús durmió en la tumba con su cuerpo, y no se fue volando al cielo para existir allí por separado y contemplar a los apesadumbrados discípulos que ungían el cuerpo del cual había volado. Todo lo que comprendía la vida y la inteligencia de Jesús permaneció con su cuerpo en el sepulcro, y cuando salió era un ser completo. No tuvo que llamar a su espíritu para que viniera del cielo. Tenía poder para poner su vida, y para volverla a tomar (3SP 203-204).
21-22. Un anticipo de Pentecostés.-
El acto de Cristo de soplar el Espíritu Santo sobre sus discípulos y de impartirles su paz, fue como unas pocas gotas antes de la abundante lluvia que debía ser dada en el día de Pentecostés. Jesús impresionó en sus discípulos el hecho de que a medida que avanzaran en la obra confiada a ellos, más plenamente comprenderían la naturaleza de esa obra y la forma en que el reino de Cristo sería establecido en la tierra. Fueron nombrados como los testigos del Salvador. Debían testificar lo que habían visto y oído de su resurrección: debían repetir las bondadosas palabras que procedían de sus labios. Estaban familiarizados con su carácter santo. El era como un ángel de pie en el sol, pero sin proyectar sombra alguna. La obra sagrada de los apóstoles era la de presentar el inmaculado carácter de Cristo a los hombres como la norma para sus vidas. Los discípulos habían estado tan íntimamente relacionados con este Modelo de santidad, que en cierto grado se habían asemejado a él en carácter, y estaban capacitados especialmente para hacer conocer al mundo sus preceptos y su ejemplo (3SP 243-244).
23 (Mat. 16: 18-19; 18: 18). El hombre no puede quitar una mancha de pecado.-
Cristo no dio ningún derecho eclesiástico para perdonar pecados ni para vender indulgencias para que los hombres puedan pecar sin incurrir en el desagrado de Dios; ni dio a sus siervos libertad para aceptar un regalo o un soborno para encubrir pecados y que éstos pudieran evitar su divina censura. Jesús encargó a sus discípulos que predicaran la remisión de pecados en su nombre [en el de Jesús] en todas las naciones. Pero ellos mismos no recibieron el poder para quitar una mancha de pecado de los hijos de Adán... Cualquiera que atraiga a la gente a sí mismo como si estuviera investido de poder para perdonar pecados, incurre en la ira de Dios porque desvía a las almas del Perdonador celestial al débil y falible mortal (3SP 245-246).
24-19. La ternura ganó a Tomás.-
En su trato con Tomás, Jesús dio a sus seguidores una lección acerca de la forma en que debieran tratar a quienes tienen dudas acerca de verdades religiosas y destacan esas dudas. No abrumó a Tomás con palabras de reproche ni entabló una controversia con él, sino que se reveló al dudoso con notable condescendencia y ternura. Tomás había asumido una posición sumamente irrazonable al establecer las únicas condiciones para su fe; pero Jesús, mediante su generoso amor y consideración, derribó todas las barreras que Tomás había levantado. La controversia persistente rara vez debilitará la incredulidad, sino más bien hará que se ponga a la defensiva hallando así nuevos argumentos y excusas. Jesús, revelado en su amor y misericordia como el Salvador crucificado, arrancará de muchos labios que una vez estuvieron mal dispuestos, el reconocimiento de Tomás: "¡Señor mío, y Dios mío!" (3SP 222).
CAPÍTULO 21
15-17. Pedro aprendió a enseñar.-
Allí estaba Pedro que negó a su Señor. Después de que hubo caído y se convirtió, Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos". Antes de que resbalaran los pies de Pedro, él no tenía el espíritu de mansedumbre necesario para alimentar a los corderos. Pero después de que llegó a comprender sus propias debilidades, supo como guiar a los extraviados y caídos. Podía acercarse a su lado con tierna simpatía y ayudarlos (HS 121).
(Luc. 22: 31-32.) La restauración genuina llega hasta las raíces.-
Pedro nunca olvidó la triste escena de su humillación. No olvidó que había negado a Cristo ni pensó que, después de todo, ese no era un gran pecado. Todo era dolorosamente real para él extraviado discípulo. Su dolor por su pecado fue tan intenso como lo había sido su negación. Después de su conversión, las anteriores afirmaciones no fueron hechas con la forma y el espíritu antiguos...
Cristo puso a prueba a Pedro tres veces después de su resurrección. "Simón, hijo de Jonás -le dijo-, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas". Esta pregunta que escudriñaba el corazón era necesaria en el caso de Pedro, y es necesaria en nuestro caso. La obra de restauración nunca puede ser completa a menos que se llegue hasta las raíces del mal. Vez tras vez han sido recortadas las ramas, pero ha sido dejada la raíz de amarguras para que resurja y contamine a muchos. Pero debe llegarse hasta la profundidad misma del mal oculto, los sentidos morales deben ser juzgados, y juzgados otra vez a la luz de la presencia divina. La vida diaria testificará si la obra es verdadera o no.
Cuando Cristo le preguntó a Pedro por tercera vez. "¿Me amas?" la sonda llegó hasta lo más profundo del alma. Pedro, juzgándose a sí mismo, cayó sobre la Roca, y dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo".
Esta es la obra que corresponde a cada alma que ha deshonrado a Dios y ha agraviado el corazón de Cristo negando la verdad la justicia. Si el alma tentada soporta el proceso de la prueba y el yo no se despierta a la vida para sentirse herido y maltratado por la prueba, ese cuchillo penetrante revela que el alma está muerta al yo, pero viva a Dios.
Algunos afirman que si un alma tropieza y cae, nunca puede recuperar su posición, pero el caso que tenemos ante nosotros contradice esto. Antes de su negación, Cristo dijo a Pedro: "Tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos". Al confiarle la mayordomía de las almas por quienes había dado su vida, Cristo dio a Pedro la más firme evidencia de su confianza en su restauración. Y se le encargó que alimentara no sólo a las ovejas sino también a los corderos: una obra más amplia y más delicada que la que hasta entonces le había sido asignada. No sólo se le dijo que presentara la palabra de vida a otros, sino que debía ser un pastor de la grey (YI 22-12-1898).
18-19 (Mat. 19:28; 25: 31; Rom. 8: 17; 1 Ped. 4: 13). Un Pedro transformado.-
[Se cita Juan 21:18-22.] Pedro era ahora bastante humilde para entender las palabras de Cristo, y sin hacer más preguntas, el discípulo, una vez impaciente, jactancioso y seguro de sí mismo, se volvió sumiso y contrito. Siguió, sin duda alguna, a su Señor, al Señor que había negado. El pensamiento de que Cristo no lo había negado ni rechazado fue para Pedro una luz, un consuelo y una bendición. Creyó que podía elegir la forma en que sería crucificado, pero sería con la cabeza hacia abajo. Y el [Pedro] que participó tan de cerca de los sufrimientos de Cristo, también participará de su gloria cuando Jesús "se siente en el trono de su gloria" (YI 22 -12 -1898).